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Un cuento chaqueño

Hay más de 600 esculturas en las calles de Resistencia, pero no están a la intemperie sino al amparo de un pueblo que ya las siente parte de su esencia.

27 de julio de 2014 a las 12:01 a. m.
Un cuento chaqueño

Conmueve la inmensa multitud que sube hacia al norte por la avenida Wilde, en busca de la costa del río Negro; lleva paso de domingo luminoso: ansiosa por saborear una buena oferta de la vida pero sin apuro.

Emociona su destino: van camino a la Bienal, a ver cuáles de los artistas que vinieron de afuera, de otras partes del mundo, se llevan los premios.

Los chicos y los grandes ya eligieron, echaron votos de a puñados en las urnas. Ahora falta contarlos. Pero, sobre todo, falta saber qué dice el jurado, que también vino de muy lejos. Entonces, habrá aplausos bien fuertes y hasta alguna lágrima furtiva. ¿Por qué no, si la gente cuando siente intensamente las cosas no puede con sus ojos?

Y también habrá fuegos de artificio, muchos, como para que a los niños se les petrifique el cuello de tanto mirar estrellas de colores.

Pero lo mejor de todo pasará al día siguiente, cuando amanezca otra vez y con la cara al sol de la ciudad de Resistencia haya un manojo de esculturas recién hechas que se quedarán a acompañar los días de la vida y acaso el paso de las generaciones bajo el cielo común.

Lo de Resistencia es un dulce cuento chaqueño. Nos relata una de esas historias de la Argentina profunda, de un país tan fresco que hay muchas de sus cosas que son recién forjadas.

“La ciudad de las esculturas”, como se da a conocer, tiene algo más de un siglo (fue fundada en 1878) y a poco de andar se trazó un rasgo de identidad tal vez insospechado.

¿Cuánto tarda el corazón en ver la luz de la belleza?, preguntábamos a finales de la década de 1980 cuando Resistencia había convocado a desnudar troncos de urunday para revelar el arte de las formas (el primer concurso nacional fue en 1988; los siguientes se fueron ampliando y enriqueciendo hasta tomar la actual forma de Bienal Internacional).

Entonces, la gente acercaba mate y tibiezas a la plaza 25 de Mayo; ahora lo hace en el predio junto al río.

Las semillas de las esculturas como patrimonio común comenzaron a ser sembradas a mediados del siglo pasado por Aldo Boglietti, el creador del Fogón de los Arrieros, un hogar tibio que recibía a los artistas y, a cambio del cobijo, les pedía una obra.

Luego, tomó la posta un escultor nacido en las entrañas de la ciudad, Fabriciano, que después de cosechar premios en el mundo, les regaló a los resistencianos su mejor inspiración: los encuentros de escultores.

Con el grupo que lo apoyó, formó la Fundación Urunday, que tomó a su cargo la tarea.

El crecimiento fue vertiginoso, pero para que fuera así hubo que tomar decisiones audaces, como la de abandonar la seguridad de la tradición que daba la madera como materia del arte y pasar al mármol e inclusive al acero. Es decir, atreverse a ser más universales sin perder la esencia. Así, un día se sumó la Unesco a sostener el proyecto.

En un caso más que original, durante los días de julio aparecen afiches que dicen “la Bienal es Chaco” y en algunos se ve a Fabriciano caminando junto al gobernador, como suele suceder con las figuras brillantes de una sociedad.

Y la dimensión del prestigio de Fabriciano quizá se parezca a la de la sencillez de sus modos: “Hacer del arte un bien de todos es un acto de amor”, dice. Su impulso contagió a la cordobesa ciudad de Marcos Juárez, que realiza su primera bienal internacional.

Hay más de 600 esculturas en las calles de Resistencia, pero no están a la intemperie sino al amparo de un pueblo que ya las siente parte de su esencia.