Un chico en un club es un chico menos en la calle
Un club de barrio o de pueblo sirve para enfrentar algunos flagelos, como la droga, que lastiman a los jóvenes. En los clubes barriales, hay personas que trabajan gratis por la comunidad. El Estado, en todos sus niveles, debe acompañarlos.
Poquito tiempo después de asumir mi mandato en el Congreso de la Nación, comencé a trabajar sobre un proyecto de ley que brindara asistencia técnica y económica a los clubes de barrio y de pueblo, con el fin de facilitar su regularización y contribuir a su mejoramiento.
El proyecto, inspirado en cientos de sugerencias recibidas a lo largo y ancho de toda la provincia, contemplaba, entre otros aspectos, la creación de un registro nacional de clubes, la asistencia profesional necesaria para su regularización y el otorgamiento de subsidios con el fin de acompañarlos en el desarrollo de su proyecto institucional.
No hacían falta tantas explicaciones para comprender en su real magnitud cuál es el rol del club que está a la vuelta de la esquina. Yo crecí en uno de ellos y aprendí que la ecuación –de oro– es simple: un chico en un club es un chico menos en la calle.
Los fundamentos fueron “destacar la implicancia social de este tipo de instituciones, a las que definimos como la tercera pata en la formación y la contención especialmente de los jóvenes, después de la familia y la escuela”.
Con esos elementos, y convencidos de que el club de barrio y de pueblo es, además, una poderosa herramienta para enfrentar algunos flagelos que lastiman a nuestros jóvenes, asumí el segundo desafío: construir el consenso necesario para que este proyecto promovido por un diputado de la oposición (como lo era en ese momento) se convirtiera en ley.
La tarea no fue sencilla, pero alcanzó con ceder parte de mi verdad para sumar parte de la verdad de otros diputados y, entre todos, poder sancionar una ley que se nutrió de experiencias, visiones y matices diferentes.
El trabajo en comisión demandó varios meses, pero valió la pena. Entre aportes que fueron muy importantes y algunas picardías nunca ausentes en la política, avanzamos. El tema, al menos para mí, era demasiado trascendente y no dejaba margen para ninguna chicana.
La grieta
En plena era de la grieta, el deporte, mágico, logró zanjarla.
Fortalecido por este mecanismo, el “Régimen de promoción de clubes de barrio y de pueblo” es, desde el 17 de diciembre de 2014 (la ley N° 27.098), una de las principales herramientas con que la Secretaría de Deportes de la Nación asiste a nuestros clubes y que –para nosotros los cordobeses– implicó la asistencia y colaboración a más de un centenar de instituciones, además de otros 100 trámites iniciados que se concretarán en los próximos meses.
En cada una de estas instituciones, hay decenas de vecinos que trabajan gratis para la comunidad, y el Estado, en cualquiera de sus niveles, tiene la obligación de acompañarlos. Esta ley pretende ser garante de ese vínculo.
La lucha contra flagelos como la marginalidad, el alcoholismo y la drogadicción requiere inexorablemente el ensanchamiento de las bases de contención social. Y la recuperación de los espacios públicos constituye un paso fundamental para lograrlo.
Para quienes no venimos de la política, este tipo de experiencias nos demuestra que muchas de las demandas de la sociedad se pueden resolver con buen criterio, utilizando ese regalo de la naturaleza que es el sentido común, algo que increíblemente muchas veces se retacea en política.
Alcanza con regresar a esos clubes y ver de qué manera la presencia del Estado –más allá de la ayuda económica– significa una inyección de ánimo para toda la comunidad deportiva. Los esfuerzos, el entusiasmo y las ganas se triplican.
Recibir el reconocimiento de los que forman a nuestros chicos es hoy uno de los grandes orgullos que me impulsan a seguir por este camino. El de transformar para bien una realidad difícil y que sólo vamos a poder cambiar con el compromiso y con la voluntad de todos. Por los pibes. Por los grandes. Por Argentina.
* Diputado nacional por Cambiemos

