Justicia y sociedad. La importancia de ser mejores
En el ámbito del derecho y la Justicia, esta exigencia adquiere una dimensión mayor. Ser mejores no es sólo un imperativo profesional: es una responsabilidad institucional y social.
Ser mejores no es una consigna liviana ni una expresión de deseo. Es una toma de posición frente al tiempo que vivimos.
En contextos donde la incertidumbre, la frustración y la tensión parecen imponerse, la mejora debe dejar de ser una aspiración abstracta para convertirse en una obligación concreta: hacer mejor lo que hacemos, en cada lugar que ocupamos.
Y hacerlo, además, con la responsabilidad de marcar un camino. Porque cada decisión, cada conducta y cada tarea asumida construyen ejemplo y muestran qué nivel de compromiso estamos dispuestos a sostener. Pero también proyectan una forma de actuar que puede inspirar a otros.
Si miramos hacia atrás, podemos ver que alcanzamos objetivos importantes e innegables, fruto de un recorrido colectivo muy valioso. Sin embargo, esos avances conviven con desafíos pendientes y con la distancia todavía visible entre lo que hemos logrado y lo que nos falta.
Mejorar implica asumir esa distancia. Reconocer que existe un terreno hacia adelante. Que el desarrollo no es un punto de llegada sino un proceso en permanente construcción. Y que esa construcción implica más que sólo voluntad: requiere método, compromiso y continuidad.
Se trata, también, de entender que no todo puede ni debe ser atribuido a variables externas, o a factores estructurales o coyunturales. Gran parte de lo que aún debemos mejorar depende de nosotros: de cómo decidimos, de cómo trabajamos, de la seriedad de nuestros procesos y de nuestra responsabilidad.
La clave: pasar de la lógica del mínimo esfuerzo a la lógica del máximo compromiso posible.
Ser mejores implica abandonar la justificación permanente, para asumir una responsabilidad activa. Implica dejar de señalar lo que falta y empezar a construir lo que viene. Implica entender que cada acción forma parte de un sistema más amplio, donde la suma de comportamientos define el resultado colectivo.
En el ámbito del derecho y la Justicia, esta exigencia adquiere una dimensión mayor. Ser mejores no es sólo un imperativo profesional: es una responsabilidad institucional y social.
Porque de la calidad de nuestro trabajo dependen derechos, garantías y equilibrios fundamentales. Depende, también, la confianza. Y sin confianza, ninguna institución puede sostenerse en el tiempo.
Ser mejores en nuestro campo implica no conformarse con el cumplimiento formal de la norma. Implica actuar con ética, con rigor, con vocación de servicio; comprender que detrás de cada expediente, de cada intervención, de cada decisión, hay personas y realidades que requieren respuestas a la altura.
Debemos reconocer lo que falta, pero sin caer en el derrotismo. Tener una mirada crítica, pero no paralizante. Asumir que el “antes” nos condiciona, pero no nos determina. Y, sobre todo, entender que el “después” no está dado, sino que se construye. Que ese proceso de construcción exige, fundamentalmente, coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos.
El desafío es claro: elevar la vara. No como una exigencia externa, sino como una convicción interna. Porque cuando una sociedad mejora en la calidad de lo que hace, mejora también en la calidad de lo que es.
Ser mejores no es cambiar todo de un día para el otro. Es hacer mejor lo que ya hacemos. Es dar el próximo paso. Es corregir lo que está mal, profundizar lo que está bien y animarse a ir más allá de lo cómodo. Es entender que el estándar no lo fija la costumbre, sino la aspiración.
Necesitamos hacerlo en conjunto. Porque ninguna mejora individual alcanza si no se convierte en una mejora colectiva.
Ese es el verdadero horizonte. Una comunidad que decide mejorar no desde el discurso, sino desde la acción. Una sociedad que se exige más, que se compromete más y que construye, paso a paso, una mejor versión de sí misma.
Ser mejores, porque debemos. Ser mejores, porque podemos. Y, sobre todo, ser mejores porque es el único camino posible hacia un futuro esperanzador.
Presidente del Colegio de Abogados de Córdoba

