Conflicto en Medio Oriente. Trump, Irán y el error de cálculo estratégico
En un mundo interdependiente, el campo de batalla no es sólo territorial: es también financiero, logístico y energético.
Hay guerras que comienzan con una decisión. Y hay otras que comienzan con una ilusión. La ofensiva de Estados Unidos contra Irán parece inscribirse en esta segunda categoría; no como un acto impulsivo, sino como la consecuencia lógica de una lectura equivocada del poder, del enemigo y del propio sistema internacional.
El supuesto inicial era claro, casi clásico en la tradición estratégica estadounidense. Superioridad militar, ataque quirúrgico y decapitación del liderazgo debían conducir al colapso del régimen adversario. Una ecuación que remite tanto a la Guerra del Golfo como a las primeras fases de la invasión a Irak. Sin embargo, como ocurrió en esos casos, el resultado distó de ajustarse al modelo.
Lejos de producir una implosión interna, los ataques estadounidenses consolidaron a los sectores más radicales del régimen, particularmente a la Guardia Revolucionaria, que encontró en la agresión externa la condición perfecta para reforzar su legitimidad. El nacionalismo defensivo operó como mecanismo de cohesión, neutralizando tensiones internas que, en otro contexto, podrían haber erosionado al sistema político iraní.
La lógica bélica iraní
La estrategia de Donald Trump parece haber ignorado una característica central del comportamiento iraní. Su capacidad de resiliencia asimétrica. A diferencia de las potencias occidentales, que tienden a concebir la guerra en términos de victoria decisiva y tiempos acotados, Irán opera bajo una lógica de desgaste, acumulación y adaptación. No busca ganar rápidamente, sino, más bien, no perder en el largo plazo.
El presidente estadounidense no sólo sobreestimó el impacto de la ofensiva inicial, sino que subestimó la capacidad iraní de absorber el golpe y responder de manera indirecta. Porque la respuesta no se limitó al campo militar convencional. Irán activó sus redes regionales, tensionó rutas estratégicas y, sobre todo, operó sobre el sistema energético global.
El efecto fue inmediato. Volatilidad en los precios del petróleo, incertidumbre en los mercados y presión sobre aliados clave de Washington. En un mundo interdependiente, el campo de batalla no es sólo territorial: es también financiero, logístico y energético.
Y allí aparece una paradoja. Estados Unidos puede dominar el plano táctico, golpear, destruir, avanzar y, sin embargo, perder en el plano sistémico. Porque cada acción militar desencadena efectos que exceden el teatro de operaciones y reconfiguran equilibrios globales. En este contexto, actores como China o Rusia no necesitan intervenir directamente para beneficiarse. El simple hecho de que el sistema se vuelva más inestable erosiona la posición relativa de la Casa Blanca.
El tercer error es geoeconómico. No anticipar que la guerra contra Irán no sería un conflicto contenido, sino un shock con reverberaciones globales. Pero quizá el problema más serio no sea ninguno de estos, sino la ambigüedad de los objetivos. A lo largo del conflicto, la administración estadounidense osciló entre distintas justificaciones. Frenar el programa nuclear iraní, degradar sus capacidades militares, forzar un cambio de comportamiento o incluso promover un cambio de régimen.
El resultado es una guerra sin un horizonte claro. Y una guerra sin objetivo definido es, por definición, una guerra imposible de ganar estratégicamente. Puede haber victorias tácticas, incluso contundentes. Pero sin un criterio de éxito, toda acumulación de poder se vuelve estéril.
Distinto juego
Trump no cometió simplemente un error operativo o de inteligencia. Cometió un error de racionalidad estratégica. Aplicó una lógica de coerción directa, basada en la idea de que el poder militar puede moldear rápidamente la conducta del adversario, en un contexto donde predomina una lógica de resiliencia distribuida. En otras palabras, supuso que Irán jugaría el mismo juego que Estados Unidos. Y no lo hizo.
Mientras Washington apostaba por el shock, Teherán apostó por la absorción. Mientras uno buscaba una resolución rápida, el otro aceptaba la prolongación del conflicto. Mientras uno pensaba en términos de superioridad, el otro pensaba en términos de supervivencia. El desajuste entre estas dos racionalidades no sólo explica la dinámica actual del conflicto, sino que también revela algo más amplio. La crisis de la forma en que Estados Unidos ha concebido el uso de la fuerza en el orden internacional posterior a la Guerra Fría.
En este sentido, la ofensiva contra Irán no es un episodio más en la historia de las intervenciones estadounidenses. Es un síntoma de un problema más estructural. La dificultad de adaptar instrumentos de poder tradicionales a un entorno donde los adversarios no buscan ganar, sino resistir; no buscan imponerse, sino erosionar.
En ese marco, la pregunta ya es si la ofensiva era, desde el inicio, estratégicamente viable. Porque en escenarios como el iraní, la superioridad no garantiza control y la destrucción no produce orden. El verdadero error no fue de ejecución, sino de premisa
. Creer que el poder puede imponerse sin comprender la lógica del adversario. Y en el Medio Oriente, como la historia insiste en recordar, las guerras que comienzan como demostraciones de fuerza suelen terminar como demostraciones de sus límites.
Experto en Relaciones Internacionales


