Pensar la infancia. El tiempo en una pluma
Escribir con este instrumento “antiguo” condiciona tiempos diferentes; los necesarios para dibujar letra por letra, para cuidarse de deslices, para que seque la tinta.
–¿Me regalás la pluma? –Acaba de cumplir 6 años; lo atiendo desde que nació y hoy ha venido por un certificado de salud.
Como cada vez (desde que comenzó a hablar), me pide la lapicera. Es una estilográfica, una pluma, un objeto que me identifica.
–Sí –respondo–… cuando seas médico.
En cada consulta repetimos esta escena. Pedido similar, respuesta idéntica y él sobreactúa la frustración.
–Tenés más, insiste.
–Tengo otras; una será tuya.
–¿Ahora?
–Cuando te recibas.
–No quiero ser médico.
–Lo que elijas. Recibite y te doy la pluma.
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Uso estilográficas desde que recuerdo. Las elijo por costumbre, por confianza y también por placer. Hay algo en el trazo sedoso y en su artesanía contenida que conectan con algo más duradero que lo de todos los días.
“Al escribir, la pluma recuerda que es ala y que aún puede volar” dicen que dijo Víctor Hugo.
Escribir con este instrumento “antiguo” condiciona tiempos diferentes; los necesarios para dibujar letra por letra, para cuidarse de deslices, para que seque la tinta.
La pluma parece detener el tiempo a fin de lograr la concentración que demandan muchas decisiones médicas.
Por alguna de estas razones, o por la pura “rareza”, muchos pacientes se fascinan.
Primero inclinan la cabeza intentando descifrar cómo salen letras por esa punta de metal afilado.
Sin excepción, preguntan ¿por qué “pluma”? Les explico y desconfían. ¿Una pluma de pájaro?
A continuación, piden probarla. Varios impulsivos han logrado arrebatarla. Cuando prometo que “esta pluma será para vos”, ceden; desilusionados, pero ceden.
Como generación poco habituada a entender los “no” y sin entrenamiento en esperar, algunos protestan, otros se enojan o, simplemente, se ofenden y cambian de tema.
Lo curioso es que el guion suele repetirse en la siguiente consulta, en la próxima y en la otra, como parte de una rutina. Ellos piden la lapicera, yo respondo que “no por ahora”, los adultos sonríen y todos quedamos con la sensación de haber cumplido nuestro papel en esta obra de final anunciado.
No se trata de una simple negociación o de un juego. Lo que se esconde bajo el simple fluir de la tinta en el papel es la diferente manera de percibir el tiempo.
Los adultos, con un pasado a cuestas y un futuro que nos condiciona, solemos tolerar las esperas, que no son sino ladrillos con los que construimos alguna paciencia.
En cambio, los chicos –al menos hasta los 7 años–, al vivir en el presente absoluto, exigen más velocidad. Su pasado es breve y el futuro no preocupa. Esa inmediatez les impide imaginar la magnitud de una semana, de un mes o de un otoño.
Tal vez en eso se base su privilegio: en que sus días transcurran lentos y sólidos, llenos de descubrimientos y sorpresas; es decir, experimentan la eternidad.
En cambio, pocas sorpresas aparecen en las jornadas de los adultos, habitualmente parecidas, cuando no iguales. Y como “lo que se parece mucho a lo de ayer suele dejar huella débil”, según William James, pionero de la psicología moderna, la fugacidad arrasa.
El tiempo verdadero, bien podría medirse en recuerdos, no en relojes o calendarios.
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Termina mi día de trabajo. Alguien golpea la puerta del consultorio.
–¿Se acuerda de mí? –pregunta un señor alto y con bigote, asomado al umbral.
–La verdad… no recuerdo… perdón.
–Me recibí de médico ayer. Vengo por la pluma.
De nuevo y siempre, el tiempo.

