Pensar la infancia. Tatuajes en adolescentes

A pesar de su aceptación y difusión masiva, la edad de inicio marca un límite. Las potenciales consecuencias se agravan cuanto menor es la edad.

23 de mayo de 2026 a las 11:44 p. m.
Tatuajes en adolescentes
Tatuaje en los adolescentes.

El 60% de la población argentina tiene al menos un tatuaje en su piel; eso informa un reciente estudio publicado por la Universidad Argentina de la Empresa (Uade).

El dato no sorprende. En tiempos en los que impera la necesidad de expresión, la piel surge como un lienzo infinito para marcas que identifiquen, denuncien, recuerden y hasta griten.

El mayor porcentaje de adultos tatuados en Argentina son mujeres que, además, exhiben mayor variedad de diseños que los hombres, otra muestra del empoderamiento sobre la autonomía corporal, acorde con los cambios socioculturales. Esto no ocurre en otros países.

Tradicionalmente, el tatuaje estuvo asociado al género masculino. En diferentes etnias simbolizaban jerarquías o logros, mientras que luego los tatuajes en prisioneros fueron (y son) credenciales de jerarquía e identificación clandestina; incluso como salvoconducto para la supervivencia en clanes.

También fueron marcas del horror. En campos de concentración y exterminio nazis, se utilizó por primera vez en la historia como método sistemático de deshumanización e identificación forzada.

Hoy, en cambio, los tatuajes se vinculan con el arte del dibujo y del diseño.

A pesar de su aceptación y difusión masiva, la edad de inicio marca un límite. Las potenciales consecuencias se agravan cuanto menor es la edad, al momento de romper la barrera de la piel e introducir tintas.

Al respecto, no existe una ley nacional que regule los tatuajes; sí hay reglamentaciones regionales. De las 24 jurisdicciones de primer orden (provincias y Caba), siete carecen de normas formales (Formosa, Jujuy, Neuquén, Salta, San Luis, Santiago del Estero y Tierra del Fuego).

En la provincia de Córdoba, la ley N° 9.012, reglamentada en 2008, prohíbe tatuar y perforar la piel (piercing) a menores de 14 años. Es posible entre los 14 y 18 años, pero con autorización firmada y en presencia de un mayor.

De esta manera se intenta no sólo evitar complicaciones a temprana edad, sino contener la impulsividad adolescente, característica que podría exponerlos a portar marcas que rápidamente perderán vigencia.

Lo prueba el hecho de que más del 70% de los adultos tatuados confiesa que “lo hubiera hecho más pequeño” (el tatuaje), “hubiera elegido otro sitio del cuerpo” o lo haría “de otra manera”.

Complicaciones habituales

Sin cuidados de asepsia, podrían producirse tanto infecciones bacterianas agudas como otras más severas y de largo plazo: hepatitis C y VIH-sida.

En no pocos casos, la inflamación local o el sangrado se prolongan y deforman el diseño, y algunas personas sufren reacciones alérgicas debidas principalmente a los pigmentos rojos y azules.

El mayor peligro –aunque infrecuente– lo constituye la toxicidad sistémica por la introducción de metales (plomo, cromo, cobalto y níquel) contenidos en las tintas tradicionales.

Eso conduce actualmente a utilizar pigmentos orgánicos, aunque estos no son necesariamente naturales, ya que se sintetizan a partir de carbono.

También pueden generarse cicatrices queloides. Y una complicación poco difundida es la posibilidad de enmascarar lunares, lo que podría impedir la detección oportuna de lesiones cancerígenas.

Queda para comentar una curiosidad: si la persona tatuada requiere un estudio por resonancia magnética, la presencia de tinta causará dolor e inflamación en la zona.

Un consuelo para los insistentes, impacientes y taladrantes adolescentes: existen tatuajes temporales –de henna o calcomanías– que les permiten mirarlos durante semanas y decidir si les gusta que su piel –esa perfecta, maravillosa y extensa protección humana– quede marcada para siempre.