Debate. El suicidio del libre mercado

Entre el estatismo decadente y la apertura suicida, existe un camino de desarrollo nacional moderno: competitivo, tecnológico, integrado al mundo, pero guiado por una idea clara del poder argentino.

22 de mayo de 2026 a las 12:02 a. m.
Fernando León
El suicidio del libre mercado
Javier Milei y Donald Trump.

Durante décadas, buena parte de Occidente confundió libre comercio con desarme estratégico. Bajo la promesa de una globalización virtuosa, trasladó industrias, cadenas productivas y capacidades tecnológicas hacia China, convencido de que el crecimiento económico empujaría a Beijing hacia una mayor apertura política.

Ocurrió exactamente lo contrario. China utilizó el acceso a los mercados occidentales para convertirse en una potencia industrial, tecnológica y militar de escala global, sin abandonar su modelo autoritario ni moderar sus ambiciones geopolíticas.

Mientras tanto, Estados Unidos y Europa vieron deteriorarse sectores enteros de su producción, perder empleos industriales y crecer dependencias críticas en áreas sensibles para su seguridad nacional.

Ese fue el gran error del liberalismo globalista: creer que el mercado, por sí solo, podía domesticar al poder.

Donald Trump representa la ruptura con esa concepción. No rechaza el capitalismo: rechaza una economía de mercado desvinculada del interés nacional.

Su política de aranceles, relocalización industrial, presión sobre China y defensa de sectores estratégicos responde a una conclusión realista: sin industria, sin trabajadores prósperos, sin soberanía tecnológica y sin control de cadenas críticas, no hay república fuerte.

La discusión de fondo

Esta discusión importa especialmente para la Argentina. Nuestro país no necesita volver al proteccionismo burocrático e improductivo que tantas veces defendió privilegios antes que capacidades nacionales.

Pero tampoco debe abrazar un aperturismo dogmático que entregue su aparato productivo en nombre de una teoría abstracta del mercado.

Entre el estatismo decadente y la apertura suicida, existe un camino de desarrollo nacional moderno: competitivo, tecnológico, integrado al mundo, pero guiado por una idea clara del poder argentino. La experiencia occidental frente a China deja una enseñanza elemental, y es que no todo intercambio comercial fortalece a una nación. Depende de qué sectores se pierden, qué dependencias se crean y quién acumula poder a largo plazo.

En el siglo 21, economía y estrategia son inseparables. Inteligencia artificial, energía, minerales críticos, telecomunicaciones, infraestructura, datos y defensa son al mismo tiempo sectores productivos y activos de poder. La Argentina debe asumirlo sin complejos.

Posee litio, cobre, gas, alimentos, talento científico, territorio, proyección antártica y una posición relevante en el Atlántico Sur.

Pero esos recursos pueden quedar reducidos a materias primas exportadas sin transformación local o convertirse en la base de una nueva etapa industrial, tecnológica y estratégica. Esa es la discusión de fondo.

Argentina debe abrirse al mundo, atraer inversiones y comerciar, pero desde una política nacional que busque escalar en valor, incorporar tecnología, formar recursos humanos, desarrollar proveedores locales y defender infraestructura crítica.

No alcanza con vender minerales. Hay que participar en las cadenas de valor del futuro. No alcanza con exportar energía. Hay que utilizarla para impulsar la producción e industria. No alcanza con hablar de innovación. Hay que convertirla en poder nacional.

La lección de EE.UU.

En este punto, EE.UU. ofrece una lección que la derecha argentina no debería despreciar. La defensa de la libertad económica no exige rendirse ante cualquier forma de globalización.

El mercado es una herramienta extraordinaria de prosperidad, pero no reemplaza la conducción estratégica de una nación. Cuando se separa por completo del interés nacional, puede transformarse en un mecanismo de dependencia.

Trump entendió que comerciar con un régimen autoritario que subsidia empresas, protege sus sectores estratégicos y utiliza la economía como arma geopolítica no es libre comercio: es asimetría estructural. Competir contra eso sin política industrial, sin aranceles selectivos y sin protección de tecnologías críticas no es sofisticación liberal. Es, en el mejor de los casos, ingenuidad suicida.

La Argentina debe evitar ese error. Necesita una visión propia que articule orden macroeconómico, iniciativa privada, recursos naturales, industria, tecnología, trabajo y soberanía. Una visión que comprenda que la inserción internacional no consiste en disolver la nación, sino en fortalecerla.

El acercamiento argentino a Estados Unidos y al mundo libre es correcto. Pero para adquirir profundidad histórica, debe traducirse en una estrategia de poder: cooperación tecnológica, inversión productiva, energía, defensa, minerales críticos, inteligencia artificial e infraestructura confiable.

La Argentina del futuro no puede limitarse a ser proveedora periférica de una nueva globalización. Debe aspirar a ser una nación desarrollada, industrialmente más fuerte, tecnológicamente ambiciosa y estratégicamente relevante. El siglo 21 no premiará a los países que repiten fórmulas.

Premiará a los que comprendan que la libertad económica, para ser duradera, necesita una nación capaz de defenderla. Y que el desarrollo sin soberanía tecnológica, industrial y militar es apenas una ilusión administrada por otros en nombre del “libre mercado”.

Director de la Fundación Diplomacia Ciudadana