Soñando con dormir
Con mucha frecuencia, los padres reclaman por las dificultades que tienen los lactantes y niños para conciliar y mantener el sueño.
Con mucha frecuencia, los padres reclaman por las dificultades que tienen los lactantes y niños para conciliar y mantener el sueño.
Excluyendo situaciones originadas en enfermedades físicas, la mayoría de los trastornos se relaciona con hábitos inadecuados para distribuir vigilia y sueño.
En las primeras semanas, los bebés no reconocen el contraste entre el día y la noche. Acostumbrados a nueve meses de oscuridad en el útero, el súbito cambio del nacimiento despierta sus sentidos y los obliga a adaptarse al nuevo ritmo.
Suplicantes, los padres esperan recuperar la pausa nocturna perdida. Tal adaptación incluye instalar hábitos durante el primer año de vida, con una primera enseñanza que consiste en diferenciar los dos momentos del día: uno, ruidoso, brillante y activo; otro, tranquilo, oscuro y para dormir.
Si los padres disponen de tiempo para mostrar esta diferencia, es probable que los bebés sincronicen ciclos biológicos y duerman mejor.
La programación genética humana, de miles de años de antigüedad, determina que todas las personas disponen de un período de sueño suficiente para reponerse y crecer. Sin embargo, dicha programación no consideró que la luz natural tuviera la influencia actual tan determinante, al punto de alterar el equilibrio biológico.
De hecho, el sueño se origina con la oscuridad. Con la caída del sol, el cuerpo humano libera una hormona conocida como melatonina, que induce el adormecimiento natural. La melatonina de nuestros chicos no se libera hasta que apagamos la última fuente lumínica.
Sobreestímulos
Además de devolverles este ciclo vital básico, los chicos no deberían recibir estimulantes físicos o químicos que impidan el adormecimiento. En casi todas las familias abundan estímulos sencillos, como hiperactividad diurna, consumo de gaseosas y dulces y, en especial, sobreexposición a estímulos visuales. La Sociedad Argentina de Pediatría recomienda de modo enfático evitar pantallas en menores de 2 años. Si tales factores fueran reducidos, probablemente el cuerpo infantil se entregaría con docilidad a un mejor descanso.
Una clave en torno del sueño nocturno es que padres e hijos tengan la capacidad de separarse naturalmente, para concretar un verdadero descanso.
Dormir implica alejarse durante unas horas del mundo consciente, separarse de aquello que nos aporta seguridad. Dormir, bajo este paradigma, es arriesgarse.
Lo que los chicos requieren para aceptar tal riesgo es la seguridad de que al despertar encontrarán lo que dejaron: vínculos fundantes. Se entregan al sueño sólo si saben que la separación no es definitiva, si sienten que no serán abandonados.
Pero de noche se demanda lo que no se recibió de día. Cuando los chicos perciben que no han incorporado suficiente “padre y madre” durante el día, reclamarán por ellos a la hora de dormir. Con llantos prolongados, con desgastantes rituales, pesadillas y deambulación nocturna. El amanecer suele encontrar a cada uno agotado y en diferente cama.
Los trastornos del sueño son verdaderas pandemias sociales, documentadas en reclamos paternos, irritabilidad infantil y ojeras de ambos. Sería un buen comienzo que cada familia recuperara ciclos naturales de sueño y vigilia volviendo a mirar el cielo. Que redujera el uso de pantallas al atardecer y el consumo de bebidas cola.
Quedaría por resolver lo más importante. Saber si los padres quieren o pueden separarse de sus hijos durante la noche, cuando no han podido disfrutarlos lo suficiente durante el día. Vencidos por el cansancio laboral y con algo de culpa por la ausencia, ¿cómo resuelven los padres este dilema?
Más allá de respuestas individuales, todo proyecto familiar debería repensar la calidad de tiempo compartido durante los primeros años de los chicos. Colmarlos de padres es permitirles separarse de noche. Asegurarles que cuando despierten ellos estarán, siempre. Para que luego, cuando otros crecimientos los requieran, recuerden que la libertad incluye muchas (sanas) separaciones.

