Sensatez y audacia
El sentido común funge tantas veces como custodio de un orden de cosas del que sacan provecho unos pocos.
¡Usá un poco el sentido común! Es probable que el contenido de ese reproche sea uno de los más aborrecidos de la adolescencia/juventud en todos los tiempos. También es muy posible que, pese a aquellas sensaciones, les repitamos la frase a nuestros hijos, ya del otro lado del mostrador de la vida. Sentido común es un concepto de complicada aprehensión, porque no siempre parece estar tan claro lo que representa. Y menos todavía si se apela a la consabida y poco feliz sentencia que dice: No hay nada menos común que el sentido común. El fondo de esta frase tiene la intención de exclamar, a través de una pirueta idiomática: Quien no ve las cosas de este modo es un inmaduro. Es así: parece confundirse aquello de que crecer y alcanzar el nivel de uso de razón es como adquirir la capacidad del sentido común; es decir, asumir la manera de entender las cosas de la vida, de la sociedad y del mundo como supuestamente deben ser entendidas según un mandato de la experiencia y la madurez, individual y colectiva. Claro que algunos de esos mandatos pueden ser sólo momentáneos, pues los ejes de lo que se asume como valores o conceptos racionales (o sea, equilibrio, temperancia, objetividad, entre otros sustantivos etéreos y, sobre todo, supuestamente contenidos en tal fórmula) cambian de un momento a otro, a veces en una misma generación. El concepto tiene dos modos de instalarse en las personas, en la dinámica de la vida. Por un lado, se refiere a la sabiduría adquirida por el colectivo para manejarse en la sociedad; por el otro, puede representar todo un escollo. Convengamos que si no hubieran sido capaces de transgredir los dictámenes del sentido común, no hubiesen existido, por ejemplo, los artistas (mencionemos a Los Beatles: John Lennon sería profesor de arte y acaso estaría vivo, ya jubilado, y Ringo Starr tendría una peluquería, como pensaba antes de ser uno de ellos). Tampoco hubiesen existido tantos otros que en la cultura, en la ciencia, en el pensamiento y en otras inspiraciones humanas, en especial la política, salieron a derrumbar los muros de lo establecido, de lo conveniente, de lo sensato. Sobre todo eso: de lo sensato. Es que la sensatez es como una prueba de haber comprendido con qué parámetros se maneja el orden de las cosas en el mundo, el país y aun donde se trabaja. Nada hay más común que el sentido común, pues de esto se trata: de lo que se impone como pensamiento en un instante determinado de la evolución del conocimiento y de los usos de las ideas. Es una avenida que, según nos cuentan, conduce hacia la sensatez. Pero también es eso: el camino que nos cuentan. El sentido común funge tantas veces como custodio de ese orden de cosas del que sacan provecho unos pocos, aunque bien se encargan de contar que, en realidad, es en provecho de todos. Es probable que, al fin, cada vida esté jalonada por episodios con sentido común o sin él, con sensatez o sin ella. Lo que les pasa a los hombres les pasa a los pueblos y, a veces, a los hombres y mujeres que los dirigen. O se acomodan al orden establecido o dan otros pasos. Pasa siempre: todo el tiempo hay que resolver qué camino seguir, y pasa dramáticamente en estos días con la crítica situación frente a los fondos buitre. Es posible que en este momento, como ha sucedido en tantos capítulos de la historia, lo audaz sea igual a lo sensato.

