Pensar la infancia. Salud: cuidar el aire
Hoy nadie parece estar a salvo, sin diferencias entre quienes viven en ciudades y en zonas rurales. La contaminación está afuera y adentro, en el aire ambiente y en el doméstico.
“Lo esencial es invisible a los ojos”, afirmaba Antoine de Saint-Exupéry. Y todos asentían admirados.
Aquel precoz piloto de aviación y, por ende, experto en contaminar no sospechaba que en un futuro cercano algo tan esencial dejaría de ser invisible.
No imaginaba que sólo una de cada 10 personas habría de respirar aire seguro.
Es que hoy nadie parece estar a salvo, sin diferencias entre quienes viven en ciudades y en zonas rurales. La contaminación está afuera y adentro, en el aire ambiente y en el doméstico.
El aire exterior exhibe una profusa mezcla de partículas sólidas y de gases tóxicos, producto de los desechos industriales y de combustión incompleta de madera, petróleo, carbón vegetal, gas natural y querosén.
Otro fuerte contaminante reconocido es el ozono (O3) a nivel del suelo, que no debe ser confundido con la capa de ozono protectora en la atmósfera superior. Resulta de la reacción entre el metano (generado por la digestión del ganado, en vertederos de basura, en la extracción de combustibles fósiles y en humedales naturales) con la luz solar.
Ante este panorama, la Organización Mundial de la Salud decidió asociarse a la Coalición Clima y Aire Limpio (Ccac) para poner en marcha una campaña mundial denominada “Respira la Vida”, cuyo objetivo es reducir a la mitad el número de muertes por contaminación aérea en 2030. Se basaron en datos inquietantes, como que “en Argentina mueren al año 85 niños por enfermedades vinculadas a la contaminación del aire”.
Para tal objetivo, fijaron límites de tolerancia en el número de partículas suspendidas en el aire (polvo, hollín, humo, aerosoles), diferenciando el riesgo según su diámetro: las de 10 micrómetros o más (PM10) llegan a inflamar las vías aéreas altas e incluso la piel, mientras que las “finas” (menos de 2,5 micrómetros: PM2,5) causan mayor daño al alcanzar áreas pulmonares más profundas.
El límite máximo para partículas finas es de cinco microgramos por metro cúbico, y para partículas gruesas, de 15 microgramos por metro cúbico. Como alarmante referencia, la media anual del aire en Argentina es de 13 µg/m3 de partículas finas.
Los niños son considerados los más afectados. Además de experimentar enfermedades respiratorias reactivas agudas, se vuelven propensos a trastornos de largo plazo, como accidentes cerebrovasculares, cardiopatías, cáncer de pulmón y neumopatías crónicas.
Hasta aquí, y ante la innegable necesidad productiva, cada aspecto parece invulnerable. Sin embargo, existe un territorio por cuidar: el aire interior, su calidad en cada hogar.
Esto es posible mediante varias acciones:
Ventilar los ambientes al menos 15 minutos al día.
Evitar texturas que acantonen polvo y ácaros: peluches, alfombras gruesas, y acolchados y almohadas rellenas con plumas.
Combatir la humedad en dormitorios, para prevenir la aparición de moho.
Utilizar productos de limpieza en sus dosis mínimas o con etiquetas ecológicas, para reducir la emisión de tóxicos.
No generar humo de tabaco o sahumerios en espacios interiores, ni quemar residuos que sumen partículas contaminantes.
Reducir el uso de aerosoles, velas aromáticas y ambientadores sintéticos que liberan compuestos orgánicos volátiles.
Limpiar los filtros del aire acondicionado con regularidad mensual y chequear los sistemas de calefacción para evitar intoxicaciones por monóxido de carbono.
Está al alcance de cada familia sostener hábitos que mejoren su aire doméstico, mientras los dirigentes y gobernantes siguen deliberando acerca de políticas serias y duraderas para mejorar la calidad del aire exterior.
Porque –como también afirmaba el autor de El Principito– "los niños han de tener mucha tolerancia con los adultos".
Médico

