¿Quién gobierna la memoria?
En un instante fulminante, la autenticidad y simpleza de algunos actos del habla pueden condensar un universo disperso de razones y emociones. Es sólo un momento, no otro.
La oración de Gettysburg representa un hito moral para la democracia universal. Apenas si habían pasado cuatro meses y medio desde la cruenta batalla en ese lugar de Pensilvania, Estados Unidos, cuando en un día destemplado –el 19 de noviembre de 1863–, el presidente Abraham Lincoln se apeó del tren, no muy lejos del polvoriento cementerio de la ciudad. En las inmediaciones, durante tres jornadas, unos 8.500 soldados del ejército de la Unión habían muerto o desaparecido, sin contar los casi 15 mil heridos que quedaron con marcas de acero y restos de plomo en sus cuerpos. Ese día, entonces, un nutrido grupo de veteranos, militares y gente común, fue testigo de un evento político extraordinario.Lincoln fue un estadista de talla. Sus palabras, claro es, se manifestaron punzantes y medidas. Supo siempre lo que quería y supo decir lo que quería. Por ejemplo, hablando de Henry Clay, hizo notar que ese viejo referente no sólo amaba a su país porque era su país, sino que lo había hecho porque su patria era un lugar para vivir en libertad.Su decisión para preservar la unión fue tan inquebrantable que en Hampton Roads, en 1865, llegó a deslizarle a Alexander Stephens un papel con su firma al pie y, en el centro de la hoja, la palabra "Unión". Cuando el interlocutor confederado alzó la vista, Lincoln replicó: "Ponga usted ahora lo que quiera".
En el principio era la acción
Ahora bien, ¿existe acaso una economía de la memoria? ¿Puede exigírsele al común de las personas un uso eficiente de sus recuerdos? Creo que no. Al menos no lo es para quienes tenemos convicciones democráticas y republicanas.
El rescate de algunos hechos pretéritos suele ser ingobernable. Por más poderosas que sean las fuerzas que distorsionen la conciencia civil, buenos y malos recuerdos van tejiendo nuestra identidad colectiva.
Es más, si bien es cierto que la historia está dominada por los hechos, y diría incluso que actos y hechos –nimios o trascendentes–van definiendo el pulso de nuestras vidas, sin embargo, en algunas situaciones, algo curioso suele sucedernos.
De tanto en tanto, los éxitos y los fracasos que siguen el mecánico compás de la clepsidra abandonan su impersonal vértigo para someterse a la tranquila cadencia de las palabras precisas. Algo de eso pasó ese día.
Una pregunta oportuna: ¿qué características tienen, entonces, los discursos que resisten el olvido? Mi impresión es que, en un instante fulminante, la autenticidad y simpleza de algunos actos del habla pueden condensar un universo disperso de razones y emociones. Es sólo un momento, no otro.
Por caso, en la ocasión, el senador Edward Everett –excongresista, secretario de Estado, gobernador de Massachusetts y presidente de la Universidad de Harvard– había desarrollado un largo y tedioso discurso cargado de giros retóricos, citas eruditas e histriónicas exhortaciones. Pocos recuerdan esa intervención.
Las crónicas, en cambio, relatan que tras abandonar el atril, Lincoln se sintió abrumado por el denso silencio que reinaba entre la multitud. Nadie aplaudió. Tal silencio, habrá pensado, era un gesto de desaprobación por la modestia y brevedad de sus palabras. Apenas 270. Más aun, había estado tan concentrado que ni siquiera reparó que una quieta emoción y perplejidad dominaba los corazones de la audiencia.
De repente, los límites profanos entre vivos y muertos, el presidente y su pueblo, desaparecieron.
¿Habría ido demasiado lejos cuando tronó: “No somos nosotros quienes pueden consagrar, dedicar, bendecir este campo ya bendito”?
La figura de Abraham Lincoln –junto a Jefferson o Jackson–, integran el firmamento de los más destacados líderes populares de los Estados Unidos. Ni siquiera la muerte trágica pudo minar su legado.
Luchó incansablemente para introducir las reparadoras enmiendas 13 y 14 en la Constitución norteamericana. Un repaso de sus discursos –como el mensaje presidencial de 1861– permiten enterarnos por qué sus convicciones políticas todavía son fértil simiente para la democracia y el igualitarismo.
Epílogo
Algunas palabras quedan grabadas en el alma de los pueblos. Este soberbio discurso, como otros pocos (la célebre oración de Pericles por los atenienses muertos en la guerra del Peloponeso o la despedida que hiciera Ricardo Balbín a Juan Perón en el Congreso de la Nación) parecen tener la extraña capacidad de purificar el alma humana. No sólo respecto de los muertos invocados por el sacrificio reconocido, sino también en relación con la audiencia que se hace cargo de su fragilidad existencial. Quienes habían regado con su sangre el campo de batalla merecían homenaje.
Pero había también otras ideas menos obvias. Porque, claro, aquella no sólo había sido una esforzada victoria militar contra las bravas huestes del general Lee, sino que tal victoria era también un jalón de esperanza.
Las palabras de Lincoln, luego, vinieron a poner de manifiesto que tras el amasijo de sangre y huesos, la causa republicana, antiesclavista y democrática, era patrimonio del pueblo.
Y así, en Gettysburg, pasó lo inefable. Algo que hace que el recuerdo del discurso desplace el recuerdo de los acontecimientos evocados por el discurso. Algo que, por fortuna, hará también que este artículo sea prontamente olvidado.
A mediados del siglo XIX, ante la nueva vacilación de la república francesa –luego de la Constitución de 1848–, toda Europa sufría la amenaza de las fuerzas reaccionarias. La palabra “democracia” en absoluto era un concepto con buena reputación. La potente voz que salió de la fina y barbada boca de Lincoln, empero, vino a nombrar el invisible vínculo moral que ata a la unión nacional con la democracia.
Y, de repente, todos alcanzaron a comprender algo inaudito: que aunque nunca lo hubieran sospechado, el sacrificio de esos muertos estaba dando nacimiento “al gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”.
Al estar compartiendo las palabras con su líder, al formar parte del recuerdo útil –ese o el nuestro–, el común de las personas se declararon dueñas de la memoria de su propia libertad.
*Profesor de Derecho Constitucional en la Universidad Nacional y en la Católica de Córdoba

