Integración. Puro amor: Jack y su papá
Descubrieron que la música era un vehículo de comunicación para esos otros niños a quienes los expertos desestiman, porque no caminan, ni hablan, ni hacen algo determinado a determinada edad, y anuncian sus sospechas a padres aterrorizados, sin prepararlos ni acompañarlos.
Los descubrí por casualidad, cuando un algoritmo –basado en vaya una a saber qué– decidió que me interesaría escuchar una canción de un chico de 15 años y su papá. Confieso que no estaba mirando el video y, por la hora, sin dudas estaba leyendo el diario (sí, el de papel que recibo religiosamente todos los domingos) con la tablet como acompañante musical de fondo.
La voz del muchacho era casi angelical. Ayudaba que la canción era una melodía suave, casi íntima. Miré de reojo la imagen y vi un primer plano de un chico que movía sus manos y, más atrás, una figura que tocaba la guitarra.
La canción era El tiempo en una botella, que en cualquier idioma nos llega hasta el alma y encapsula un momento mágico entre un padre –o una madre– y su hijo; y queremos guardarlo para cuando la Luna está triste y nosotros debemos acompañarla.
Dejé el diario, cambié de anteojos y miré mejor. Sí, el chico estaba armando con legos algo que parecían barcos, mientras cantaba. No miraba de frente a la cámara, no se daba vuelta a ver a quien lo acompañaba con la música. Armaba sus barquitos y cantaba, sin perder una sílaba. Atrás, el papá, totalmente confortable, tocaba la guitarra y tampoco miraba la cámara. Simplemente acompañaba.
Me intrigó que en un mundo donde muchos se pelean por atraer la atención de todos con cualquier artilugio, estos dos no miraran a la cámara, ni te pidieran suscripción, ni te dijeran nada sobre ellos. Excepto el nombre en el video: Jack y su papá.
Al terminar, la tablet por supuesto tenía más canciones para mí. Probé una y otra vez con canciones diferentes: Rainbow connection, Fragil, de Sting, y muchas más; y el algoritmo me devolvía a ambos personajes, Jack y su papá, haciendo exactamente lo mismo. En la misma cocina. Uno jugando con sus legos y con una voz dulce y armoniosa, y su papá atrás, acompañando con su música.
Ese espectro
Decidí averiguar quiénes eran y descubrí un programa donde la presentadora, una famosa cantante, entrevistaba al padre y a su hijo en pleno éxito de cliqueos y algoritmos.
Me pareció que había algo particular en la forma en que el muchacho estaba sentado, y su silencio a las primeras preguntas –que muy hábilmente contestó el papá– me sugería que quizá Jack pertenecía al espectro, ese al que los doctores les encanta enviar a los chicos y adolescentes a quienes no pueden definir. Para evitar problemas con palabras como normales o especiales –para no herir susceptibilidades–, los envían, decía, a ese gran espectro que no es más que una ancha fila de ángeles con alas de distintos tamaños.
En el medio de la entrevista, Jack finalmente habló y contó cómo un día le cantó a su abuela una canción. Sus padres, para entonces, se convencieron de que los problemas de verbalidad de Jack no eran tan graves como lo habían diagnosticado, ni tan absolutos y finales como ellos mismos se habían imaginado.
Descubrieron que la música era un vehículo de comunicación para esos otros niños a quienes los expertos desestiman porque no caminan, ni hablan, ni hacen algo determinado a determinada edad, y anuncian sus sospechas a padres aterrorizados, sin prepararlos ni acompañarlos.
Conocer la historia de Jack confirmó mis sospechas de siempre: cuando las familias –padres, abuelos, tíos, primos, amigos–, la escuela y la comunidad, activamente y sin vergüenza, sin señalamientos ni rótulos, acompañan a uno de esos niños o niñas, se destapan botellas de tiempos perdidos sin estimular ni tratar, y se llenan más botellas de recuerdos encapsulados de amor. Y esos ángeles entre nosotros pueden finalmente mostrar sus alas y sus voces. Como Jack y su papá.
Licenciada en Sociología

