Fraternidad religiosa. Ni poseídos ni desposeídos

Estar desposeído es una tragedia. Pero también lo es lo contrario, vale decir estar demasiado "poseído" por las propias posesiones.

12 de mayo de 2026 a las 06:41 a. m.
Redacción La Voz
Ni poseídos ni desposeídos

En el vértigo de la posmodernidad -y no necesariamente sin querer- nos hemos convertido en engranajes vivientes de una maquinaria que no sabe decir "basta". Corremos tras una productividad extrema y deshumanizante sin entender que el éxito no se mide solamente en la acumulación, sino también en la capacidad de soltar, en la bendición de la entrega.

La Torá, desde hace miles de años, ya nos advertía del doble riesgo de las posesiones. Me explico. Solemos tener en cuenta el concepto de los desposeídos, de aquellos que por distintos motivos -más sistémicos que personales- no acceden a un nivel de vida básico. Los desposeídos de nuestras sociedades son objeto en la tradición judía de un concepto que se denomina "tzedaká", "justicia social". Nadie que pueda ayudar debe estar ajeno al sufrimiento de nuestros prójimos, ni podemos solamente tercerizar en el Estado la preocupación por su mejoría.

En la época bíblica, tres preceptos se conectaban directamente con lo que hoy solemos llamar "asistencia social", tres leyes agrícolas que obligaban a cada uno de los pequeños productores a dejar las esquinas de sus campos, así como las gavillas desatendidas o que involuntariamente quedaban en el suelo para quienes las necesitaran. Hermoso gesto para aquellos que justamente estaban marginados, olvidados o caídos del sistema.

Estar desposeído es una tragedia. Pero también lo es lo contrario, vale decir estar demasiado "poseído" por las propias posesiones. Esos "poseídos" confunden a veces el ser con el tener, y solamente son si tienen. No pueden romper con la inercia de la producción infinita y de forma idolátrica se perciben dueños absolutos, sin percatarse de que en última instancia nada nos pertenece para siempre. Y no es un tema de cantidad, sino de apreciación. Que no se lean estos párrafos como una crítica contra la riqueza, sino todo lo contrario: cuanto mayor riqueza -bien entendida y atendida- es probable un mayor bienestar para la mayoría.

Para este tipo de poseídos, la Torá prescribía el año sabático. La tierra debía descansar en ciclos de siete años, y no precisamente por un tema ecológico (que nada mal viene) sino para darse cuenta de que la propiedad es de por sí esencialmente transitoria, para no pecar de soberbia productiva; y para recuperar el foco que tantas veces perdemos al entender -cada tanto- para qué trabajamos, o más bien para quiénes...

*Rabino, integrante del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)