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¿Por qué Cristina es inmune al “síndrome del pato rengo”?

La buena sintonía que conserva la mandataria con un segmento muy transversal de la sociedad desvela a los que no comulgan con su estilo y esperan, con gran expectativa, los nuevos aires de diciembre.

06 de junio de 2015 a las 12:01 a. m.
Gustavo Di Palma*
¿Por qué Cristina es inmune al “síndrome del pato rengo”?

La mayoría de las encuestas coincide en que la presidenta Cristina Fernández, a esta altura de su mandato, goza de una imagen positiva que se ubica entre el 40 y el 50 por ciento. Es un dato por demás significativo tras ocho años de gestión (12, si se incluye el ciclo kirchnerista completo), lo que sienta un precedente para nada despreciable entre los que, en el futuro, desearían llevar a la práctica un estilo que no es muy afín a preservar las buenas prácticas republicanas.A la luz de las referidas mediciones, a los Kirchner no les resultó una mala opción, pero es claro que algunos nacen con estrella y otros estrellados.

El centro de la escena

Pese a pilotear un gobierno plagado de problemas y episodios de corrupción, con un discurso y una actitud de implacable agresividad frente a los que no comparten su visión de las cosas, y cargando además serias sospechas sobre sus negocios privados, la Presidenta parece inmune al famoso síndrome del “pato rengo”.

Ese fenómeno remite a los gobernantes cuyo poder se debilita cuando su ciclo concluye de manera inexorable, lo que en el caso de la actual mandataria significa que no hay posibilidad de reelección.

La señal más clara de que el temido síndrome no afecta a quien se autoproclamó como una “abogada exitosa” es que ella sigue ocupando el centro de la escena, sin que los candidatos en campaña se muestren eficaces para instalar su propia agenda en los medios y la opinión pública.

Así las cosas, es una verdadera hazaña que haya tres dirigentes ubicados como favoritos para las próximas elecciones presidenciales.

Esa buena sintonía que conserva la mandataria con un segmento muy transversal de la sociedad desvela a los que no comulgan con su estilo y esperan, con gran expectativa, los nuevos aires de diciembre.

Esos sectores observan que el país está abrumado por la corrupción, los raptos autoritarios, la inseguridad, la inflación y las lacras de todo tipo, pero, más allá de esas “minucias”, una porción importante de la sociedad no parece muy convencida de que sea saludable probar otra cosa para los años venideros.

Umbral de tolerancia

En principio, la sensación de bienestar económico y el sostenido aliento al consumo parecen –para muchos argentinos– virtudes de época más valiosas que un ideal de país razonable en términos institucionales, macroeconómicos y morales.

Si el país no está bien, si hay argentinos que sufren, todo se hace menos tortuoso en la medida en que haya otros tantos argentinos que pueden satisfacer sus necesidades materiales.

El costo de la comida, la ropa y los servicios, el incierto futuro de los pequeños ahorristas (que pierden en pesos y sólo pueden comprar migajas de dólares), la falta de créditos a tasas razonables (hoy la clase media está inhibida para acceder a un crédito hipotecario, por ejemplo) o el estancamiento en algunas áreas de actividad que muestran las estadísticas (incluso las oficiales) no parecen ser asumidos como hechos relevantes por la gente.

Ante el espanto de épocas pasadas, esas anomalías hoy se ubican dentro de un notable “umbral de tolerancia”, siempre que quede margen para “tarjetear”, disfrutar minivacaciones, cambiar el auto o comprarse un plasma. Siempre que haya algo de trabajo para ir “tirando”, según el lenguaje popular, el ejercicio de sobrevivir sobre la base de gratificaciones inmediatas no parece poca cosa.

Esa naturaleza individualista-materialista de una buena cantidad de argentinos es lo que mejor sabe explotar Cristina Fernández, sin dudas una gran erudita en lo que concierne a placeres del feliz mundo capitalista. Muchos de esos argentinos, incluida la propia Presidenta, se sienten paradójicamente identificados con las solidarias ideas progresistas, cuando no con el mismísimo Che Guevara.

“La víscera más sensible del hombre es el bolsillo”, dijo alguna vez Juan Domingo Perón. Si algunos dudan sobre el ADN político de Néstor y Cristina, esa frase del fundador del movimiento peronista debería ayudarles a cambiar de idea.

Será por eso por lo que la actual mandataria no alcanza a comprender por qué la critican exponentes de la clase media que tienen un excelente pasar económico o productores rurales que se benefician con la devolución de las retenciones: “No me extraña que (Eduardo) Buzzi haya cobrado, porque sé que es un pequeño agricultor, pero sí me extraña que haya criticado el programa”, deslizó con cierta ironía en una oportunidad por cadena nacional, escrachando así a un dirigente de la Federación Agraria Argentina.

Bienestar e ideal

Hace algunos días, el periodista Jorge Lanata esbozó una respuesta a esos desvelos de Cristina, en su programa de Radio Mitre Buenos Aires: “A mí me fue bien económicamente con Menem y lo critiqué; me va bien ahora y critico a este gobierno. De lo contrario, estaríamos con la teoría del Mercedes Benz estacionado en una villa miseria”.

De esa manera, el popular conductor de

Periodismo para todos

(PPT) trató de explicar que de nada sirve que a uno le vaya bien si el país –o, al menos, el ideal de país que uno tiene– no coincide en líneas generales con ese bienestar.

Respecto de la crisis del modelo económico kirchnerista, todo parece muy relativo. Mientras Margarita Barrientos dice que cada vez más gente necesitada asiste a su comedor Los Piletones (Buenos Aires), la mayoría de los fines de semana largos los puntos turísticos del país tienen su capacidad hotelera saturada.

Un signo de la complejidad que tiene la sociedad argentina, quizá más extrañamente compleja en estos tiempos. Un signo de complejidad que, a la luz de los hechos, es el sustento del, por ahora, inoxidable poder kirchnerista.

* Periodista, investigador adscripto en el programa Historia  Política de Córdoba, Centro de Estudios Avanzados de la UNC