Edificios de Córdoba. Paradoja histórico-sanitaria con el edificio de María Castaña
El Instituto Antiluético aportó mucho a la sanidad cordobesa desde 1930. Luchó, mediante prevención, diagnóstico y (cuando pudo) curación, contra la sífilis o lúes, sutil sinónimo del azote.
Un paseo por el Centro cordobés puede conducir a inesperados resultados. En Tucumán al 260 está el teatro María Castaña. Si uno levanta la vista (raro hábito en citadinos), descubrirá que el frontispicio destaca “Instituto Antiluético”, flanqueado por símbolos de la medicina.
A cualquier jovato que alguna vez fue estudiante de Medicina, este descubrimiento trae lejanos recuerdos desde no menos ajadas épocas; algunos con nostalgia, otros para el olvido voluntario.
Algo de historia
El Instituto Antiluético aportó mucho a la sanidad cordobesa desde 1930. Luchó, mediante prevención, diagnóstico y (cuando pudo) curación, contra la sífilis o lúes, sutil sinónimo del azote.
En pasadas épocas de machismo explícito, también se denominó “mal de las mujeres”, así como “avariosis”, “mal gálico”, “mal francés”, “mal napolitano” o “mal infamante”.
El último se aplicó a Pedro de Mendoza, aventurero y primer fundador de Buenos Aires. Hijo aristócrata de rica familia, no necesitaba riesgosas empresas, riquezas, honores o prestigio, que ya poseía, pero también portaba el “mal infamante” desde su aventura militar en Italia.
En su culta formación, conoció el libro Syphilis sive morbus gallicus, de Girolamo Fracastoro (1478-1553), quien propuso el origen del mal en Indias Occidentales y sostenía la cura lograda con infusiones de Guayacán, árbol del chaco sudamericano.
Tras haber partido muy enfermo hacia América a sus 35 años, don Pedro empeoró y decidió su regreso sin el buscado remedio. Murió cerca de Canarias en junio de 1537, y su llagado cuerpo fue arrojado al mar.
El antiguo edificio
El citado edificio cordobés y la institución que representaba guardan recuerdos que ya no son tales en el pandemonio de la moderna ciudad y su gente. Sin embargo, conviene recordar alguna realidad no tan antigua, aunque hoy parezca fantasía a las jóvenes generaciones.
Hasta hace pocas décadas, a las parejas (hombre y mujer) que deseaban contraer matrimonio por la vía del democrático, laico y público Registro Civil (las iglesias no exigirían normas sanitarias) se les obligaba a realizar el examen para detectar sífilis (el “certificado prenupcial”).
Sin diferencia de sexo, color, raza o religión, debían concurrir a tal edificio para cumplir la obligación que, es justo reconocerlo, permitió descubrir no pocos casos de enfermedad, a veces con sorpresas y conflictos en sendas familias.
El actual edificio, que hoy alberga un importante difusor del arte teatral, en algún momento de la historia cordobesa fue considerado obsoleto por el gobernante de turno, que resolvió cederlo, dado que la sífilis ya había sido superada, lo que no era del todo cierto.
Los conflictos que siguieron no fueron sólo por aspectos sanitarios, que fungían como liviana excusa, sino por omnipresentes intereses de baja política e insaciable aspiración inmobiliaria. Los desarrollistas pretendían cambiar historia tangible por el ilusorio (y vendible) porcelanato.
Los defensores de lo trascendente resistieron el desalojo, quizá bajo la imaginaria protección de doña María Castaña, y en 2007 lograron que la autoridad política la declarara “de interés cultural, utilidad pública y sujeto de expropiación”.
Se adjudicó en comodato por 10 años, con prórroga de 10 años. Aunque no se llegó al punto final, fue algo por lo que seguir luchando…, porque el año próximo vence dicho convenio.
La sífilis, hoy
Asociado al temor del contagio por VIH, durante los años 1980-1990 disminuyó la sífilis en todo el planeta. Pero la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que hoy existen 12 millones de casos nuevos de sífilis en el mundo: África, 4,5 millones; Sur de Asia y Pacífico, cuatro millones; Latinoamérica y Caribe, tres millones; Europa, 240 mil, y Norteamérica, 100 mil.
La Organización Panamericana de la Salud (OPS) también anunció que en las Américas los nuevos casos en personas de entre 15 y 49 años aumentaron 30% entre 2020 y 2022, para llegar a 3,4 millones. En mujeres embarazadas, la sífilis aumentó el 28% en los dos últimos años, con incremento de sífilis congénita a cinco casos por mil nacidos vivos en 2022, superior a lo establecido por la OMS.
En Argentina, hubo 55.183 diagnósticos de sífilis en 2025, más del 71% de aumento en comparación con el período 2020-2024. Y en la primera semana de 2026, el incremento fue del 109% en relación con igual período del año anterior. Aunque hubo un descenso transitorio durante la pandemia de Covid-19, la incidencia de sífilis incrementó desde 2022 hasta la actualidad, y supera 30 mil nuevos casos anuales.
¿Paradoja o consecuencia?
La pregunta del millón: ¿por qué sucede esto con una enfermedad grave, pero de diagnóstico y tratamiento accesible? ¿Por qué rebrota rápidamente, cuando estaba bastante controlada? Y cuando no la produce una nueva cepa microbiana, ni participan vectores exóticos, ni resistencia bacteriana al antibiótico.
Cualquier estudiante avanzado de medicina sabe que el retroceso de la sífilis no requiere sofisticados sistemas diagnósticos ni tratamientos inalcanzables. Sólo bastaría seguir indicaciones de la OMS y la OPS: 1) prevención (uso de preservativo); 2) diagnóstico temprano; 3) tratamiento oportuno, y 4) mejor conocimiento por parte de la sociedad.
Sin embargo, las tres primeras recomendaciones no alcanzan sin la vigencia del cuarto punto. Porque cuando se incrementa o agrava una enfermedad prevenible y curable, el problema deja de ser individual y pasa a ser un mal colectivo que requiere decisiones y soluciones políticas.
En muchos países del planeta ‒Argentina en particular‒, el aumento de sífilis se asocia al descuido en la prevención, al bloqueo de políticas de salud sexual, a la disminución de testeos regulares y al menor (o imposible) acceso a los insumos preventivos.
Aunque el derecho al acceso gratuito a preservativos está previsto en la legislación, la administración de Javier Milei disminuyó groseramente su provisión.
Con datos oficiales, la Fundación Huésped informó que el Estado nacional no compró preservativos en 2025, distribuyó una cantidad irrisoria y generó escasez en todo el país.
También se sabe que el presupuesto 2026 para Educación Sexual Integral fue reducido el 98% respecto de 2023. Y es en este punto cuando aparentes paradojas se convierten en el resultado de la ignorancia, la irresponsabilidad y la idiotez.
Profesor emérito (UNC); investigador principal jubilado (Conicet); comunicador científico (UNC)

