¿Para qué el Consejo Económico y Social?
Ningún futuro gobernante puede ignorar que el diálogo social intenso es una realidad en nuestro país y se concreta en el pleno funcionamiento de las paritarias.
Durante la reunión del Consejo del Salario Mínimo Vital y Móvil, realizada en el Ministerio de Trabajo de la Nación el pasado 20 del julio, la delegación de la Unión Industrial Argentina (UIA) le recordó a la Presidenta, allí presente, la promesa que les habría formulado de crear un Consejo Económico Social (CES) tripartito, de diálogo y concertación social. Los CES gozan de prestigio pedagógico en la Organización Internacional del Trabajo (OIT), aunque hayan perdido su atractivo institucional originario. El profesor holandés Karl Vandaele señala: "Estuvieron de moda cuando hubo un apogeo de políticas y negociaciones centralizadas, referidas a los ingresos, en épocas en las que dominaba el pensamiento económico keynesiano, focalizado en la distribución de los frutos del crecimiento económico a través de aumentos salariales en procura de mayor igualdad de los ingresos".Desde la década de 1980, los gobiernos sólo los prohijaron cuando buscaban acuerdos corporativos necesarios para superar encrucijadas difíciles. Eran consentidos por empresarios interesados y por sindicatos debilitados.También fueron ámbitos de reflexión, de participación y concertación institucional, que compensaban la ausencia de negociación tradicional con la promesa de mantener pleno empleo.Según Jacques Freyssinet, "en economías de mercado abiertas a la competencia internacional, la realización del pleno empleo, objetivo compartido, crea una tensión a la alza de salarios que repercute sobre los precios y genera una espiral inflacionaria".Para combatirla, se ponen en práctica políticas monetarias y presupuestarias restrictivas. Ello permite crear un compromiso tripartito y una política activa a favor del empleo y de los servicios, lo que engendra una conciencia de solidaridad que hace legítima la aceptación de sacrificios necesarios.Los empleadores europeos, desde mediados de la década de 1990, perdieron interés por los CES cuando lograron imponer la por ellos anhelada negociación colectiva descentralizada a nivel de empresas. Esta acarreó a los sindicatos impotencia, pérdida de representación y de representatividad, todo lo cual derivó en una "desindicalización" y en una "empresarización" de los trabajadores, con las consecuentes reducciones salariales.En 1994, la Confederación de Sindicatos Europea (Etuc, por sus siglas en inglés) señalaba: "El conjunto de problemas registrados converge hacia un modelo de fuertes desequilibrios institucionales en el mercado de trabajo y da nacimiento a un clima general de inseguridad, en el que los sindicatos se ven reducidos a jugar un papel defensivo que no encuentra aprobación ni en sus adherentes ni en la opinión pública en su conjunto".Un reciente informe mensual, difundido en junio por el Instituto Sindical Europeo, no puede ser más gráfico. Señala que en los últimos años se ha avanzado en la dirección incorrecta de la desregulación y la descentralización.
Verdadero sentido
Los CES gozan aún en nuestro país de un atractivo especial para empresarios, autoridades y funcionarios, quienes les asignan calidades exageradas, cuasi mágicas.
No hay, sin embargo, demasiado espacio institucional para un CES, superada la crisis de 2000. Es que desde 2003 existe plena y ejemplar concertación, gracias a la vigencia del modelo sindical y a que han podido desarrollarse, de forma regular, año tras año y sin interrupciones, las rondas de negociación colectiva, pruebas más que evidentes de la vigencia de un diálogo social rico en contenido.
Cabe, entonces, preguntarnos: ¿por qué y para qué, ahora, la insistencia en un CES? La respuesta simple sería señalar que los empresarios argentinos, conforme las variables económicas y financieras y su ideología neoliberal, desean modificar las relaciones laborales en razón de que aquí no hay suficiente desregulación ni descentralización negocial. En cambio, hay el inconveniente de sindicatos demasiado fuertes.
Esa fuerza permite la continuidad de la negociación colectiva de actividad, industria, rama o sector, desaconsejada por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, por ser demasiado beneficiosa para los trabajadores. Modificarla sería uno de los objetivos a cumplir a través del CES.
Sin embargo, respecto de su funcionamiento, la actual posición de la UIA no es la misma que en 1996, cuando se intentó crear el tripartito Consejo del Trabajo y del Empleo. La UIA lo rechazó, entonces, ya que entendía que por la vía de ese consejo se les dificultaba gozar de los privilegios que entonces disponían.
No era el tiempo para los débiles. Ellos estaban fuertes y lo rechazaron. Los empresarios, con iguales objetivos económicos, tienen hoy, sin embargo, una actitud contrapuesta. Quienes negaron al CES por corporativo en 1996, ahora lo reclaman para lograr “consenso”, porque la relación de fuerzas no les es favorable para atenuar la puja salarial perjudicial para sus intereses.
Pero los tiempos cambiaron y los sindicatos débiles de ayer se fortalecieron con la política impuesta desde 2003. Será muy difícil que haya un CES, como quiere la UIA, por las mismas razones que esta entidad impidió su creación en 1996.
Negativa
Es indudable que los sindicatos no quieren una contención salarial bajo el disfraz de un diálogo institucional, y han comenzado a advertir a los candidatos presidenciales que rechazarán todo intento por reformar el modelo de negociación colectiva o reducir el poderío sindical para “atenuar” salarios.
Además, la particular estructuración vertical y autónoma de los sindicatos nacionales argentinos sería un obstáculo para cualquier decisión que intente alterar el modelo.
No obstante, la UIA, en su afán de convencer a los candidatos presidenciales, prepararía una puesta en escena de exaltación del diálogo social en ocasión de su Congreso anual de septiembre, al que habrían invitado a todos ellos y, de manera especial, a la máxima autoridad de la OIT, Guy Ryder.
De allí que pueda deducirse que no fue nada casual ni improvisada la solicitud de creación del CES, expuesta en ocasión de suscribirse el nuevo salario mínimo vital y móvil.
Ningún futuro gobernante puede ignorar que el diálogo social intenso es una realidad en nuestro país y se concreta en el pleno funcionamiento de las paritarias y en la actividad de los delegados y las comisiones internas en el lugar de trabajo. Nadie puede invocar falta de diálogo.
Por ello, el gobierno que venga –en caso de que creara un ámbito de análisis y consulta– deberá respetar las paritarias libres con negociación colectiva de actividad, industria, sector o rama, con plena vigencia del modelo.
Lo inadmisible sería sustituirla por una institución que sólo serviría para atenuar la puja salarial a la baja, vale decir, transformando la negociación colectiva en una ficción. La experiencia de los CES es más que suficiente. Nadie aquí puede sentirse sorprendido.
*Abogado laboralista

