Debate. El país, infectado de odio y obscenidad

Hasta la homilía del Tedeum, Javier Milei promovía la codicia y alentaba el odio político y social sin encontrar resistencia seria. Infectada de obscenidad, la sociedad escucha en la grieta interna del oficialismo audios del Presidente y una mujer que hablan con pornográfica procacidad.

29 de mayo de 2026 a las 03:59 p. m.
El país, infectado de odio y obscenidad
Milei en el Tedeum en la Catedral de Buenos Aires

Como el niño del cuento danés que gritó lo que la multitud callaba, un arzobispo describió la infección de odio que padece la Argentina, y las dirigencias políticas parecen no advertir su gravedad.

La homilía de Jorge García Cuerva llegó junto a la publicación de la primera encíclica de León XIV, que describe en profundidad los riesgos que implica el desarrollo de la inteligencia artificial (IA) sin regulación humana. Más aún si está en manos de megamillonarios que desarrollan tecnología digital, controlan la democracia porque manejan los algoritmos y ya son el poder detrás del trono de líderes ultraconservadores abocados a reemplazar el Estado de derecho por tecnoplutocracias.

Uno de esos plutócratas es Peter Thiel, a quien Javier Milei le abrió las puertas del país y entregó la política social a Palantir Technologies, su empresa de análisis masivo de datos con capacidad predictiva. O sea, el instrumento que en un futuro cercano será el nuevo Gran Hermano, un totalitarismo manejado por megamillonarios.

Con su condena a la guerra, su reivindicación de la encíclica Rerum Novarum y el llamado a desarmar la IA, León XIV se situó en la vereda enfrentada al megalómano que impera en y desde Estados Unidos.

Democracia postrada

En Argentina, la homilía del Tedeum fue la primera reacción acorde con la gravedad del problema. La falta de reacción política frente a lo inaceptable permite un desfile de obscenidades, que comenzó con el Presidente (que como diputado había usado la perturbadora imagen del “pedófilo rodeado de niños encadenados y envaselinados”) cuando llamó a sus críticos “mandriles”, en alusión a la violación anal.

La lista es larga, con ejemplos que parecen señales de inquietantes turbulencias emocionales, al tiempo que exhibe la patética fragilidad de una democracia cuando la decadencia intelectual y la indigencia moral del oficialismo y todo el arco opositor dejan impune un delito político.

Hasta la homilía del Tedeum, Javier Milei promovía la codicia y alentaba el odio político y social sin encontrar resistencia seria. Infectada de obscenidad, la sociedad escucha en la grieta interna del oficialismo audios del Presidente y una mujer mientras que hablan con pornográfica procacidad.

La sobredosis de desprecio por los vulnerables y los diferentes que inyectó Milei, y sin que la oposición reaccione con el estupor pertinente, fue denunciada por el arzobispo con el tono adecuado: el de la indignación.

Sólo con indignación puede señalarse el ajuste que deja a jubilados y a enfermos en la intemperie, la corrupción que rapiña lo poco que la "motosierra” deja para la atención de discapacitados, y la metralla de groserías y humillaciones que el Presidente y sus lugartenientes disparan a mansalva para censurar críticas y cuestionamientos.

La prensa y la política tampoco reaccionan de manera acorde con la gravedad de las acusaciones delirantes que Milei profiere, sin pensar en las consecuencias. Acusar de “genocida” a una periodista por apoyar la legalización del aborto podría hacerla blanco de fanáticos violentos. Un ejemplo entre miles, porque las cuentas de Milei en las redes son arsenales inagotables de barbaridades.

En la normalidad de la democracia, la imagen del pedófilo y “los niños envaselinados”, la alusión a la violación que grafica con mandriles y las acusaciones exorbitantes y peligrosas que Milei dispara a cada rato habrían generado debates en el Congreso y acciones de la Justicia.

Pero la infección de obscenidad ha postrado la democracia y la ha situado en la etapa crepuscular que también atraviesa en Estados Unidos y otros países que fueron baluartes del sistema liberal-demócrata.

Falta de dignidad

Argentina lleva décadas infectada de sectarismo, arbitrariedad y corrupción. Milei no erradicó esas purulentas infecciones. Les sumó otra: la infección de obscenidad.

La ofensiva contra el pudor, el buen gusto y el sentido común no encontró reacciones equivalentes a su gravedad.

Donde no hay indignación, falta dignidad. O lucidez para entender que algo muy oscuro carcome una sociedad si las dirigencias han perdido el estupor ante lo inadmisible.

El Presidente que defendió sin éxito a personajes truculentos como José Luis Espert se resiste a apartar a Manuel Adorni, un personaje opaco que se niega a explicar cómo pudo acumular tantos viajes y propiedades en tan poco tiempo.

¿Está resignando sus chances de segundo mandato? No. Está confiando en que los algoritmos que manejan sus patrocinadores lo impondrán en la recta final hacia las urnas. Confía en Donald Trump y en “los votos” de Silicon Valley.

Los algoritmos son el instrumento del “fraude patriótico” del conservadurismo actual. El arma electoral de la dark enlightenment; esa “ilustración oscura” que impulsan figuras como Thiel, el ingeniero informático Curtis Yarvin y el filósofo Nick Land.

En 2024, Milei destituyó a Osvaldo Giordano por un voto de la pareja de este en Diputados, y en 2025 expulsó a la embajadora ante la OEA por una crítica a la política cambiaria que hizo el padre de esta, Domingo Cavallo. Dos arbitrariedades que no encontraron lo que merecían: un coro de repudios en la oposición y los medios.

Al oficialismo le falta estatura ética para cuestionarse tales actos, y la oposición carece del estupor acorde a semejantes arbitrariedades.

Sólo se escuchan críticas aisladas, sin organizar una ofensiva contra la obscenidad y la promoción de la codicia y el desprecio. Dos rasgos de identidad mileísta avalados por el poder de los algoritmos.

Periodista y politólogo