Días contados. Ojo clínico

Estoy hablando con alguien y menciona un lugar. Mi cabeza inmediatamente lo ubica en el mapa. Si no lo tengo o estoy confundida pido referencias. Y ahí sí, me calmo. De lo contrario, consulto con Google maps, y a otra cosa, mariposa.

24 de abril de 2026 a las 11:49 p. m.
Mirta Moore
Ojo clínico
Días contados, ilustración de Juan Delfini.

Lo llaman “ojo clínico”. Es el que tienen por ejemplo los arquitectos, cuando no pueden sustraerse y caen rendidos ante una fachada imponente, un balconcito escondido o una callecita estrecha.

A mí me pasaba sobre todo en mis primeros años de formación con el “ojo geográfico”. Canciones, películas, series, telenovelas. Todo. Todo lo procesaba con ese filtro. Agotador y obsesivo, tal vez.

Lo que me ha quedado de aquella época es la manía por georreferenciar.. Estoy hablando con alguien y menciona un lugar. Mi cabeza inmediatamente lo ubica en el mapa. Si no lo tengo o estoy confundida pido referencias. Y ahí sí, me calmo. De lo contrario, consulto con Google maps, y a otra cosa, mariposa.

Intereses geográficos

Y vuelvo con aquella manía. Y no puedo menos que señalar a algunos programas que abastecieron con creces mis intereses geográficos.

Año 1998. Telenovela Iorana de Chile. Ambientada en la Isla de Pascua. Con esos atardeceres bordados con moais. Una historia creíble y un plus: muchos de los personajes hablaban en rapanui. Gracias a los subtítulos, armé un glosario con los términos más frecuentes. Era tal mi entusiasmo, que escribí una carta felicitando a Televisión Nacional de Chile por la cualidades narrativas y el tratamiento de la imagen. Tuvieron el gesto de responderme con una carta formal y de enviarme un casete con la música de la novela. Detallazo.

De chica me gustaba Daktari, con escenas filmadas en Mozambique. La música de la introducción sonaba a xilofón y marimbas era exquisita. Cuando la mayoría se entretenía con Clarence, el león bizco, yo me detenía en detalles vinculados con la lucha contra cazadores furtivos y el salvataje de animales heridos. Hoy seguramente detectaría más de un estereotipo…

¿Y Hawaii 5-0? Tenía lo suyo, la verdad. Con esos extensos cultivos de ananá, el paisaje volcánico, las carreteras costeras, las olas salvajes. Escuchabas el saludo hawaiano (Aloha), te recibían con collares de flores (los tradicionales leis) . Te enterabas del valor patrimonial de la capa de plumas del Rey Kamehameha I. Detalles implícitos o explícitos. Solo se trataba de agudizar la observación.

¿Y las coberturas televisivas? Sin dudas, la de la erupción del Popocatepetl en México, en diciembre de 2000. Con las cámaras de la televisión azteca apuntando a las laderas del volcán desde ocho puntos diferentes. Información a pantalla dividida. A la izquierda, el cráter del volcán “como estaba ayer” y a la derecha “como amaneció hoy”. Y sorprenderse al escuchar al locutor decir: “¿Ven la imagen de la izquierda? Así vio Hernán Cortés al Popocatepetl. Hemos tenido que esperar más de 480 años para ver al cráter desmoronarse así.” Siglos de latencia, de emisiones esporádicas de gases, pero nunca semejante erupción explosiva.

Gracias a la transmisión en continuado, me entero de que los lugareños llaman al volcán Don Goyo. Y en los diálogos con los periodistas, algunos sostienen que “está enojado, por eso brama”. “Que fuma”. Que para calmarlo le regalan comida y flores. Que al cráter lo llaman ombligo. Que cada 12 de marzo, fiesta de San Gregorio Magno, le llevan tributos como flores, animales, ropa, frutos y granos. Incluso hay familias que le ofrendan al cráter el cordón umbilical de su recién nacido, para que la montaña lo reconozca y no le haga daño…

Mis hijos, que entienden a su madre geógrafa, asumen que por varios días desayunarán, almorzarán y cenarán con el Popocatepetl de fondo. No se animan a preguntar cuándo terminará todo esto. Me conocen.

Lugares soñados

La segunda cobertura televisiva que recuerdo como brillante, fue la del sismo que azotó a la ciudad de Coquimbo en Chile en 2015. En aquella oportunidad, los reportes del renombrado geógrafo trasandino Marcelo Lagos, se destacaban por interesantes y didácticos.

Todos los días aprendía un término nuevo, aportaba una perspectiva de análisis diferente. Impecable.

Más cerca en el tiempo, la erupción del Cumbre Vieja en 2021 en la isla de La Palma, en el archipiélago canario. El proceso volcánico mejor documentado hasta la fecha. Casi 90 días de coladas de lava. Doce coladas que desfiguraron la isla, que formaron un delta lávico. Fue como recibir una lección a tiempo real de geomorfología gracias a la prensa.

Y qué decir de las series ambientadas en el Reino Unido, donde viven mis dos hijos. Cada vez que sigo una, recuerdo mis días de visita en esos paisajes urbanos tan característicos. Cielos nublados, jardines en miniatura, fachadas de ladrillos, ventanas de vidrio repartido pensadas para aprovechar al máximo las escasas horas de sol a pleno… Y los diálogos con acento británico me recuerdan a mi nieta Esmeralda, que habla como las locutoras de la BBC o las actrices de la aclamada serie Downton Abbey.

O las series italianas. La del inefable Comisario Montalbano, ambientada en Sicilia. Cada episodio bajo el sol implacable del Mediterráneo, con escenas que combinan las pesquisas habituales de los inspectores de policía en locaciones encandiladas en horas del mediodía, con la degustación de platos típicos servidos de manera abundante. No faltan los detalles gastronómicos en medio del planteo de hipótesis y la búsqueda de sospechosos.

La serie preferida

Hace poco vi la serie policial Kostas, rodada en Atenas e interpretada por actores italianos. En este caso me llamó la atención la presencia de gatos callejeros, la preparación del café, el consumo del tabaco, los problemas derivados de la inmigración ilegal. La serie empieza con un sismo como para confirmarme otro dato verosímil. En la mayoría de los episodios, la Acrópolis le regala un guiño al espectador.

De todas las series que he visto, la que más me ha interpelado “geográficamente hablando” es El tiempo entre costuras. Ustedes se preguntarán por qué. Porque las locaciones elegidas por la autora del libro coinciden con ciudades que he visitado. Porque la historia contempla un tiempo en Tetuán, Marruecos.

Ver a los personajes caminar por el zoco entre puestos de aceitunas, tapices, especias, todo en medio de un murmullo característico que marida muy bien con ese ambiente cuajado de color y sabor.

La serie también cuenta con escenas rodadas en el Madrid de los años 1930 y 1940, con el precioso Parque del Retiro. Pero lo más curioso es que también contempla secuencias grabadas en Portugal: justo en las ciudades que también he tenido la oportunidad de visitar. Lisboa, con sus calles empinadas, sus tranvías que parecen de juguete y sus tejados a distintos niveles. Para completar Cascais y Estoril, dos destinos turísticos famosos por haber sido históricamente residencia de numerosas familias reales y celebridades.

Cabe aclarar que me falta mucho por recorrer de la península ibérica. Es como si María Dueñas, la autora del libro, hubiera adivinado qué ciudades conozco y haya expresado: ¡Genial! ¡Le voy a dar una sorpresa!