Noé, el primer fiestero
Si pudiéramos contagiar la idea de la sacralidad de la vida, esa idea revolucionaria que empezará a cristalizarse en las mismas páginas de la Torá, nadie se vendería por tan poco.
Suena irreverente, y un poco lo es. Pero los títulos suelen tener esa cuota feroz de impertinencia con el casi único deseo de atraer la atención de los lectores hacia los párrafos que prosiguen a su desfachatez. De todos modos, si las líneas que siguen no aumentan en relevancia, obviamente serán abandonadas tal como se abandona un barco en pleno hundimiento (aunque, dado el tema que nos toca, habría que hablar de un arca...). Yo sé bien que fue elegido por el Creador para iniciar el segundo intento de humanidad, después de haber fracasado con el primero.La Torá es más que clara al respecto, y el horrendo diluvio descripto en el Génesis no hace más que confirmarlo. Dios estaba harto de tanta violencia humana, así que se arrepiente de su obra y decide dar las cartas de nuevo, para lo cual selecciona a Noé y su familia (su esposa, sus tres hijos y tres nueras) para esta segunda vuelta. Les advierto –por si no lo recuerdan– que esta nueva intentona tampoco le saldrá muy bien que digamos.Pero volvamos a la fiesta, si es válido llamarla así. Sucede al finalizar el diluvio, y es uno de los episodios menos conocidos del texto bíblico, tal vez porque no es muy políticamente correcto para Noé, y mucho menos para quien lo eligió para recomenzar la humanidad. Pero está allí, muy explícito, tres capítulos después de iniciado el diluvio.Sin anestesia, la Torá afirma que lo primero que hizo Noé al salir del arca fue emborracharse y –que como consecuencia de semejante embriaguez– se puso a bailar desnudo frente a sus hijos. Un espectáculo lamentable, que pone en evidencia la poca sustancia de este personaje bíblico para soportar las adversidades que atravesó.No necesito esconder mi muy escaso afecto por este famoso señor que, entre otras tantas faltas de decoro, revela su profundo y dañino egoísmo al no abrir la boca cuando se entera de que la Tierra y todos sus habitantes tienen los días contados.Podría haber dicho algo, una queja al menos, a la usanza de Abraham, quien frente al anuncio divino de la futura destrucción de Sodoma y Gomorra alzará su voz ante el mismísimo Creador para invocar por piedad y por justicia. Se ve que a Noé no le daba el alma para semejantes cuitas. No lo repruebo; no soy quién para hacerlo. Tampoco la tuvo fácil.Estas bocanadas de bronca contra el capitán del arca mitológica se basan en una silenciosa tristeza que me sofoca –como a muchos–al anoticiarme de la innecesaria muerte de cinco jóvenes en otra fiesta, en otro diluvio, tratando de salvarse con otro tipo de brebaje de los dramas y de los egoísmos hoy reinantes. Iguales y a la vez distintos de los de Noé. Pobres chicos, también quedaron desnudos de vida ante sus seres más queridos. En hebreo, "adicto" se dice " majur ", que literalmente significa "vendido". Si pudiéramos contagiar la idea de la sacralidad de la vida, esa idea revolucionaria que empezará a cristalizarse en las mismas páginas de la Torá, nadie se vendería por tan poco. Nadie se vendería. Punto. Y las fiestas serían lo que alguna vez fueron: celebración y regocijo vital.
*Rabino, miembro del Comipaz

