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Mirada de otro

Siempre la mirada del otro puede ser un buen espejo. El problema se produce cuando suscribimos alguna mirada sin pensar demasiado de quién viene.

16 de febrero de 2014 a las 02:09 p. m.
Mirada de otro

“Hace un siglo, cuando Harrods decidió instalar su primer emporio en el extranjero, eligió Buenos Aires. En 1914, la Argentina se destacó como el país del futuro. (…) Su PBI per cápita era más alto que el de Alemania, Francia o Italia. Se jactaba maravillosamente de sus fértiles tierras para agricultura, su clima soleado, (…) una población educada y el baile más erótico del mundo”. Así comienza la narración de la supuesta “declinación argentina” que la publicación conservadora inglesa The Economist señala en una mirada de un siglo que le ha dedicado a nuestro país en su reciente edición, y que tanto revuelo ha causado. Y empieza con un detalle accesorio –una tienda– entre lo tan afortunados que eran para los ingleses los negocios en y con nuestro país, en esos tiempos en los que éramos “su” granja, es decir, sus proveedores de granos y carne, mientras ellos aún se daban aires de primera potencia mundial, de gran imperio planetario, por acción de la fuerza o por la seducción de las libras capaces de corromper a las clases dominantes de cada lugar. Ese punto de partida de la mirada revela, desde ya, cierto resentimiento y nostalgia: dejamos de ser su Margarita. Es cierto, alguna vez competimos con Estados Unidos por ser el primer faro del continente, pero en que hayamos quedado muy atrás mucho tuvo que ver la influencia inglesa, que arregló con los pocos propietarios de las inmensas tierras un país productor de materia prima (mientras que Estados Unidos, con su guerra interna, le dio el poder a la industria), que impuso sus productos para arruinar a las economías del interior y que además hizo un trazado de ferrocarriles que no tenían otra función que conducir al puerto, sin importar la conexión entre los argentinos. Además, ¿es necesario seguir aclarando que los maravillosos números que marcaron nuestro devenir en el primer centenario sólo eran el disfrute de unos pocos? ¿Que aquello de la población educada que describe la revista inglesa en realidad sólo era la de una ínfima minoría, mientras que las mayorías desamparadas no tenían ni escuelas ni derechos frente a la opresión del patrón? ¿Que el promedio de vida rondaba los 30 años? Entre otras cosas, este país empezó a tener en cuenta a sus propios hijos cuando pudimos quitarnos el pie de los ingleses de encima, acaso por su propia debilidad que devino de la segunda gran guerra del siglo 20. Y The Economist es entonces que habla de “los Perón” que protegieron industrias ineficientes (la siderurgia y la metalurgia fundaron las bases de un país distinto) y alaba los frigoríficos de principios de siglo que permitían mantener la carne para darles de comer a los ingleses. El artículo critica al Gobierno actual y a los populismos, moneda corriente de la mirada de los supuestamente graduados en instituciones, y acaso haya algunos puntos del artículo sobre los que es necesario pensar para tener en cuenta, pero hay pasajes muy burdos, muy de los ojos con que nos tiene que mirar una publicación liberal inglesa que no dice que somos tan brutos que quemamos la mejor carne del mundo, es decir, nuestro asado. (Y además dice que tenemos al mejor jugador de fútbol del mundo y que la influencia negativa argentina llega a Italia y hasta Turquía, lo que se puede tomar hasta como un elogio). Allá ellos. Siempre la mirada del otro puede ser un buen espejo. El problema es cuando suscribimos alguna mirada sin pensar demasiado de quién viene (¿los ingleses nos van a explicar el peronismo?), sobre todo cuando ese otro tiene razones para vernos mal. ¿Hace falta contarlas?