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Migrar, corazón adentro

El dolor por las ausencias y los deseos de ventura por los hijos que se van son una contradicción que confunde el sabor de las lágrimas.

16 de junio de 2013 a las 02:36 p. m.
Migrar, corazón adentro

“No es que no vuelva porque me he olvidado de tu olor a tomillo y a cocina”..., canta Joan Manuel Serrat... Y uno que se fue con esa distancia, que cerca o lejos nos ha vuelto añejos en otro lugar, bajo otro sol que, aunque es posible que siga siendo el mismo, dispara rayos de luz que ya no dan siempre en el mismo corazón.

También es posible que hayan sido tibias la niñez y la adolescencia en un pago más 
o menos chico. Pero, como escrito en un 
designio o acaso en una condena, se en­tiende partir como un destino indiscutible. La vida está en otra parte y hay que ir a buscarla.

A veces sólo se trata de ir a conquistar un título y regresar; otras veces se trata de perderse en el camino de ida y dejar atrás a la patria de la infancia, la que siempre nos definirá, dirá de nuestro lugar en el mundo, pero que se vuelve aquella, sólo aquella.

En este país, bien sabemos lo que significan nuestras migraciones de entrecasa. Somos un país de migrantes. Los pañuelos que levantan los padres, los abuelos, para saludar a sus hijos que parten, tienen un doble bordado en el alma de la tela: el de 
la esperanza de que el progreso está más allá y el de la tristeza de que el progreso 
no esté más acá.

En consecuencia, el dolor por las ausencias y los deseos de ventura por los hijos que se van son una contradicción que confunde el sabor de las lágrimas. Y que no se los devore la ciudad, que vuelvan con las ansias de cada diciembre.

Así nos amontonamos en las ciudades, donde están las oportunidades de trabajo, de estudio, de realización personal según las cuotas de promoción de 
la vida que hemos pagado desde niños.

Somos América latina, Tercer Mundo, y desde hace muchas décadas padecemos la distorsión de que las oportunidades se concentren en las grandes ciudades. El campo alberga cada vez menos manos de obra y hay que buscar otro rumbo. La industria fue capaz de cobijar la existencia de miles de provincianos que en el siglo pasado, primero se mudaron a Buenos Aires y luego a Córdoba, cuando esta capital se convirtió en el centro fabril de un país con ambiciones.

Acaso sea la naturaleza del hombre mudarse; acaso el desarraigo es la clave de la evolución: ser capaces de arrancar las raíces del lugar ancestral y cargarlas consigo para echarlas en otro sitio. La especie, desde que se elevó en dos patas, fue bendecida con la aptitud de caminar.

No es que todo esto que precede esté dicho por el consejo de la primera ministra alemana, Ángela Merkel, en el sentido de que la inmensa legión de jóvenes desempleados que en estos momentos tiene Europa 
(3,6 millones de jóvenes desempleados en la eurozona) no tienen mejor remedio que emigrar de sus lugares de origen si es que albergan la esperanza de conseguir un trabajo. Se supone que Merkel no habla de dejar la eurozona; si no, sería la desnudez de la gran catástrofe.

Lo que está dicho hasta aquí tiene que ver con que los jóvenes suelen encontrarse con un mundo que les pide partir para conservar el equilibrio del pueblo chico. Aunque así se alcanza la deformación demográfica de las grandes capitales, al menos en América. Europa, en tanto la crisis, pide un nuevo manual.

Dice Serrat: “No es que no vuelva porque me he olvidado, es que perdí el camino de regreso, mamá”.