Economía. Medio Oriente: la guerra que puede darle dólares a Argentina y también complicarla
La escalada energética internacional mejora las perspectivas de Vaca Muerta y promete más exportaciones para el país. Pero el mismo conflicto que impulsa ingresos extraordinarios también amenaza con acelerar la inflación, elevar tasas de interés globales y tensionar el equilibrio económico local.
Cada vez que Medio Oriente entra en guerra, el mundo vuelve a mirar el precio del petróleo. Y aunque Argentina parezca geográficamente lejos de los bombardeos entre Estados Unidos, Israel e Irán, la economía local ya comenzó a sentir las consecuencias de un conflicto que alteró mercados, expectativas y flujos energéticos globales.
La diferencia respecto de otras crisis internacionales es que esta vez el país no ocupa el mismo lugar que en los años 70. Durante la crisis petrolera de 1973, Argentina era un importador neto de combustibles y sufrió de lleno el impacto de un petróleo caro, con inflación, desequilibrios externos y crisis fiscal. Hoy, en cambio, Vaca Muerta convirtió al país en exportador neto de energía y eso cambia completamente el tablero económico.
El conflicto iniciado el 28 de febrero volvió a poner en tensión al Golfo Pérsico, región por donde circula entre el 20% y el 30% del petróleo mundial. El resultado fue inmediato: el barril de crudo pasó de niveles cercanos a U$S 65 hasta superar los U$S 100 en distintos momentos de la crisis.
Al mismo tiempo, el gas natural licuado (LNG), clave para Europa y Asia, saltó desde U$S 6 hasta U$S 10 por millón de BTU. La destrucción parcial de instalaciones energéticas en países productores y el temor a interrupciones logísticas en el estrecho de Ormuz alimentaron todavía más la incertidumbre global.
El regreso del petróleo caro
El mundo ya vivió una experiencia parecida hace medio siglo. La Guerra de Yom Kipur de 1973 provocó uno de los mayores shocks petroleros de la historia moderna. Los países árabes restringieron exportaciones y aplicaron embargos a aliados de Israel, generando una explosión de precios que derivó en estanflación mundial: inflación alta con recesión económica.
El barril pasó de U$S 2,75 a U$S 10 en pocos meses. Para las economías desarrolladas fue un golpe devastador. Estados Unidos, Europa y Japón enfrentaron inflación récord y fuertes caídas de actividad.
Argentina también quedó atrapada en esa crisis. La economía dependía de importaciones energéticas y además sufrió restricciones comerciales europeas sobre carnes y cereales. El deterioro externo terminó desembocando en el Rodrigazo de 1975 y en una crisis política y económica de gran magnitud.
Ahora el escenario global es distinto. Estados Unidos dejó de ser exclusivamente un gran importador y pasó a convertirse en uno de los principales productores mundiales gracias al fracking y al shale oil. China, en cambio, asumió el rol de principal demandante global de energía.
El LNG también cambió la dinámica internacional. Europa depende cada vez más del gas natural licuado para sostener industrias, generación eléctrica y abastecimiento residencial. Y justamente ese mercado es uno de los más afectados por la guerra.
Vaca Muerta y la nueva oportunidad
En medio de esa tensión internacional, Argentina aparece con una ventaja inesperada. La producción petrolera nacional ronda actualmente los 850.000 barriles diarios, el nivel más alto desde 1998, mientras el consumo interno se ubica cerca de los 550.000 barriles por día.
La clave de esa transformación se llama Vaca Muerta. El shale oil neuquino ya representa alrededor del 60% de la producción total del país y convirtió a la energía en uno de los sectores más dinámicos de la economía argentina.
El complejo petrolero y gasífero generó en 2025 un saldo comercial positivo cercano a U$S 11.500 millones y podría alcanzar U$S 15.000 millones en 2026.
Si el precio internacional del crudo subiera un 50%, las exportaciones energéticas podrían sumar alrededor de U$S 5.500 millones adicionales respecto de 2025. En un país desesperado por dólares, el dato no es menor.
El escenario es todavía más relevante para el gas natural licuado. Argentina busca convertirse en proveedor global de LNG mediante proyectos impulsados por YPF junto a ENI y XRG (ADNOC), orientados principalmente a Europa y Asia.
LNG, exportaciones y geopolítica
El LNG pasó a ocupar un lugar estratégico dentro de la economía mundial. Europa necesita garantizar abastecimiento tras años de tensión energética y Asia continúa incrementando consumo industrial y eléctrico.
Allí aparece otra oportunidad para Argentina. Los proyectos de licuefacción previstos en Río Negro permitirían transformar gas de Vaca Muerta en exportaciones masivas hacia mercados internacionales.
Las proyecciones estiman exportaciones potenciales de entre 7 millones y 12 millones de toneladas anuales de LNG durante la próxima década. Con precios internacionales elevados, el ingreso adicional podría superar ampliamente los U$S 1.000 millones anuales.
Incluso se plantea un escenario donde las exportaciones energéticas argentinas podrían acercarse a U$S 30.000 millones anuales, niveles comparables al complejo agroexportador.
La guerra, paradójicamente, acelera el interés global por proveedores considerados estables y alejados de zonas de conflicto. Y Argentina, por ubicación geográfica y reservas energéticas, aparece como una alternativa atractiva para muchos compradores internacionales.
El otro lado del conflicto
Pero no todo es ganancia. El petróleo caro también tiene consecuencias negativas sobre la economía argentina. Y probablemente una de las más inmediatas sea la inflación.
Los combustibles impactan prácticamente sobre toda la estructura de costos de un país. Cuando sube el petróleo aumentan el transporte, la logística, la producción industrial, la electricidad y finalmente los alimentos.
Argentina, además, utiliza esquemas de precios ligados a valores internacionales. Eso significa que un aumento global termina trasladándose tarde o temprano al mercado interno.
La crisis podría agregar entre 0,5% y 1% adicional a la inflación dependiendo de cuánto dure el conflicto y de cómo evolucionen los precios energéticos internacionales.
El problema es especialmente delicado para el gobierno de Javier Milei, que construyó buena parte de su estrategia política sobre la desaceleración inflacionaria y la estabilidad macroeconómica.
Tasas, riesgo país y dólares
El otro gran frente de riesgo aparece en el sistema financiero internacional. Cuando sube el petróleo, las economías desarrolladas enfrentan más inflación y suelen responder con tasas de interés más altas.
Eso ya comienza a observarse en Estados Unidos y Europa. El aumento del precio de la energía amenaza con complicar el proceso de baja inflacionaria que esperaban los bancos centrales.
Para Argentina, un escenario global de tasas elevadas implica más dificultades de financiamiento, mayor presión sobre el riesgo país y menos atractivo para inversiones reales y financieras.
La economía argentina necesita desesperadamente recuperar acceso al crédito internacional. Pero cada punto adicional de tensión geopolítica global complica ese objetivo.
A eso se suma otro riesgo clásico de los países exportadores de recursos naturales: la “enfermedad holandesa”. Un boom exportador energético podría provocar atraso cambiario y perjudicar competitividad industrial y economías regionales.
Oportunidad con riesgos
La guerra en Medio Oriente vuelve a mostrar hasta qué punto la economía global depende todavía de la energía. También deja una enseñanza incómoda para Argentina: muchas veces las oportunidades aparecen envueltas en crisis.
El país puede beneficiarse de precios internacionales altos gracias a Vaca Muerta, pero simultáneamente puede sufrir inflación, volatilidad financiera y desequilibrios macroeconómicos.
Ese doble efecto resume el principal desafío económico de los próximos años: transformar el boom energético en estabilidad y desarrollo económico sostenible y no simplemente en un nuevo ciclo de dólares transitorios.
Porque Argentina ya tuvo otras oportunidades extraordinarias a lo largo de su historia. El problema nunca fue encontrar recursos. El problema casi siempre fue administrarlos.
- Profesor consulto, Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Córdoba.

