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Mayo, a la luz de los sindicatos

Las campañas contra la precariedad laboral deben ser una constante que posibilite contrarrestar el flagelo que tiene en algunos sectores del Estado a sus principales propiciadores.

30 de abril de 2014 a las 12:02 a. m.
Lucio Garzón Maceda*
Mayo, a la luz de los sindicatos

Hoy los sindicatos argentinos con personería gremial –en su inmensa mayoría– suelen definirse como sindicatos de negociación colectiva o de mercado, dialoguistas y participacionistas, con gestión de importantes servicios, tales como salud, formación profesional, formación académica, mutualismo, viviendas, seguros, etcétera.

Pese a que perdieron las participaciones en la seguridad social y las asignaciones, siempre piensan recuperarlas. Hay una fracción reducida de quienes se definen, además, como reformistas.

En las décadas de 1960 y 1970, eran mayoría los reformistas, y los participacionistas, una minoría criticada. En la actualidad, la situación parece haberse invertido.

En aquellos años, la negociación colectiva, la gestión de mutuales, de obras sociales y de entes de la seguridad social eran medios para acumular poder; ahora parecen ser exclusivos fines, tanto en los públicos como en los privados.

Reforzar la participación

Los sindicatos crecieron durante los últimos 10 años gracias al proceso ininterrumpido de negociación colectiva anual. Ese crecimiento, aparte de aumentar disponibilidades en los servicios, hoy permite a muchos ayudar a sus obras sociales, desfinanciadas por la retención indebida que puso en práctica el gobierno de Carlos Menem y mantenida hasta el presente.

Pese a esa bonanza, se advierte a veces –fenómeno registrado también en muchos países desarrollados de Europa y en Estados Unidos– una relativa “ajenidad” del trabajador, debilitado en su participación solidaria activa, al apreciar equivocamente a su organización gremial como una asociación benefactora que le provee de convenios, bienes y servicios, individualismo que impediría comprometer la contraprestación solidaria indispensable.

Parece haberse debilitado la creencia “en el dogma fundado en la razón”, que señalaba Gino Giugni. Ante ello, algunos sindicatos han comenzado, como en las décadas de 1960 y 1970, a coparticipar ya no sólo en el lugar de trabajo, sino también en la vida cotidiana de los trabajadores, ayudándolos a resolver la problemática familiar y comunitaria, muchas veces abandonada a las esferas de los punteros políticos.

Más acción

Los sindicatos deben dejar de ser tan sólo un poder de presión económica y asumir un movimiento más amplio de acción reformista hacia la sociedad, y liberarse del residuo neoliberal escondido en algunos recovecos.

Deben comprometerse más con los cambios de fondo que esperan ansiosamente los que trabajan ocho horas diarias con sueldos escasos –los “trabajadores pobres”– y los millones de precarizados, clandestinos y excluidos, pobres de solemnidad, cuya existencia nos agravia y nos condena.

Deben ser el instrumento esencial para dar término a la reproducción de generaciones (ya van casi tres) de los apartados del conocimiento y, por supuesto, de la consecución de un trabajo decente y del goce de los frutos de la sociedad de la abundancia.

Los sindicatos no deben hacer oír su voz sólo en épocas de paritarias sino de forma permanente, con proposiciones programáticas, perfeccionando y aumentando sus capacidades, sin olvidar que los empleadores dan sólo aquello que se les saca con presión y lucha. “Quienes suponen que los sindicatos obtienen aumentos de salarios por la sola persuasión moral nos hacen acordar de aquellas personas que nos cuentan que los tigres se alimentan de naranjas”, decía Henry Georges a fines del XIX, en carta abierta al papa León XIII.

Deberes

Es preciso lograr convencimientos, hoy ausentes, de parte de la comunidad, en defensa de un modelo que, sin perjuicio de retoques reglamentarios secundarios, ha dado excelentes resultados.

Con premura, el sindicalismo debe afianzar su presencia programática y evitar reformas de parte de oportunistas, congraciados con electores críticos y antagónicos.

Las campañas contra la precariedad laboral en todas sus manifestaciones deben ser una constante que posibilite contrarrestar el flagelo que tiene en algunos sectores del Estado a sus principales propiciadores.

Debe hacerse realidad el desarrollo de la inspección del trabajo jerarquizada, presente y eficiente en todo el país, situación ausente en muchas provincias que toleran la precariedad a cambio de un desempleo abierto.

Los sindicatos deben estar advertidos sobre algunas propuestas que, encubiertas bajo la bandera del diálogo social, procuran implementar consejos económicos pasados de moda, sólo útiles como chaleco 
contra la fuerza reivindicatoria.

Los sindicatos deben seguir siendo, de manera democrática, los "administradores del desorden", como decía Charles Wright Mills, y no transformados en gestores light de salarios.

La inexistencia de una sola y única central sindical nacional –motivada por diferencias ajenas y circunstanciales– los debilita. Debe consagrarse a tiempo, en definitiva, la plena autonomía del sindicalismo unitario y reiniciar su marcha hacia la consagración de un programa de acción que amplíe los reclamos salariales en pos de reformas económicas, sociales y culturales, impositivas y de servicios públicos.

Condición ejemplar

Sindicatos hay en todas partes, pero con poder real, en muy pocas. Recordemos que un partido puede denominarse, en sus documentos, organización política de la clase obrera y ser, en los hechos, una asociación de pompas fúnebres o una sociedad de socorros mutuos.

Una reciente reunión de la Conferencia Europea de Sindicatos, realizada en Portugal, enfatizó la necesidad de hacer pública la condición ejemplar de los sindicatos en tanto representantes de intereses generales y no de intereses particulares, lo que marca una gran diferencia entre los entes empresariales corporativos y sus aliados.

En esa oportunidad, coincidente con lo que hemos afirmado tantas veces –y reiteramos hoy–, convergieron en la necesidad de ganar influencia frente a las instituciones de la comunidad, para así contrarrestar la capacidad de presión ejercida por los lobbies empresariales y algunos gobiernos.

Se trata de restablecer la credibilidad de los sindicatos ante la sociedad, rescatar la plena autonomía de ideas y acción de sus organizaciones –que son algo más que meras asociaciones– frente a todos, con respuestas inteligentes y progresistas que permitan, según Umberto Romagnoli, elaborar “un ordenamiento autosuficiente, originario y soberano”.

Estas son algunas de las urgencias, junto con las antes enunciadas, que tienen hoy los sindicatos y que deben asumir en ocasión de este 1º de Mayo, de reflexión, organización unitaria y solidaridad.

*Abogado laboralista.