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Mauricio Macri

El orden no tiene ideología, es imprescindible en el seno de toda sociedad. Cortar una calle es delito en La Habana y en Miami, y hoy apoyar al Gobierno no implica ser de derecha.

28 de febrero de 2016 a las 12:01 a. m.
Julio Bárbaro | Politólogo
Mauricio Macri

Soy uno de los que públicamente asumió que votó a Mauricio Macri, y con el paso de los días siento cada vez mayor satisfacción por la decisión tomada. Hay un ejercicio que deberíamos realizar cada tanto: intentar imaginar el país que estaríamos transitando en el caso de haber ganado Daniel Scioli. Y lo digo con cierta sensación de asombro: desde su derrota hasta ahora, ni siquiera intentó ser él, demostrar una voluntad de definir su identidad por encima de su apabullante dependencia.Se me ocurre que imaginar el triunfo de Scioli nos lleva a un terreno más cercano al terror que a la democracia. Y no sólo por la indefinición de Scioli, sino por el horror que merecen sus seguidores, esa secta agresiva y retrógrada que ahora se refugia en los medios legados por el "capitalismo de amigos".El peronismo se está sacando al kirchnerismo de encima; puede ser tarde para recuperar su identidad, pero es un aporte a la democracia que estamos recuperando.Tuve ocasión de saludar al presidente Macri y en ese momento le trasmití mi visión del presente: "Tuvimos suerte; el partido al que derrotamos no se convirtió en la minoría sino en el pasado". Y eso es la maravilla: los que afirmábamos que el kirchnerismo era una enfermedad del poder que se curaría con su pérdida teníamos plena razón. Los desertores están apabullando a los apasionados.La vanguardia esclarecida parece avanzar habiendo perdido todo contacto con los votantes. Es una maravilla la idea de habitar en las plazas, una manera inconsciente de asumir que les queda compartir el espacio de los jubilados; si no del trabajo, al menos del poder.El presidente Macri rompió de entrada los rituales de la monarquía derrotada. El diálogo con todos los sectores pareció de pronto descubrir la normalidad oculta detrás de las gruesas paredes del relato.Lo normal nos resultó asombroso, el fanatismo que aparentaba ideologías era sólo la defensa de infinitos espacios de prebendas. Y Sergio Massa salió a acompañar al nuevo gobierno; entre todos estábamos demoliendo ese muro forjado de agresiones que expandían el juego a la par que enfrentaban a los sectores productivos. Y Margarita Stolbizer recupera el lugar de un progresismo democrático. Ha vuelto la política, ese derecho a pensar y a opinar por encima del dogma presidencial y la condena de los obsecuentes. Y el nuevo presidente fue ganando el apoyo de muchos de los que estaban asustados por el miedo a "la derecha", ese invento cristalizado de los ladrones ocultos en supuestas "izquierdas".

Espantan votos

Los grupos de izquierda fueron los que usurparon el poder; en rigor, los que Cristina Fernández convocó después de ser elegida. Juntó votos con la imagen frívola de 
Amado Boudou y luego ejerció el poder con una izquierda inventada con los restos de antiguos marxistas trasnochados.

Por eso el peronismo huye de esos personajes seudorrevolucionarios. Ninguno sirve para juntar votos; casi todos participan de la virtud de espantarlos. Desde La Cámpora hasta Carta Abierta, se continúa con un sectarismo y con los rituales de aquellos a los que la casualidad les entregó un poder que, a la vista queda, no imaginan cómo recuperar.

Evo Morales pierde pese a haber logrado una inflación anual del cuatro por ciento y un progreso que asombra, semejante al de José Mujica en Uruguay o al de Michelle Bachelet en Chile.

La verdadera izquierda puede ser exitosa si es eficiente. Nosotros somos el peor ejemplo de retroceso en cualquiera sea la medición que realicemos. Y la televisión nos muestra a antiguos dogmáticos que, de sólo verlos, uno no sabe si tenerles bronca o si ya es tiempo de tenerles lástima.

Vivimos una crisis que por momentos asusta por sus consecuencias. El Presidente ensaya todas las variables de la política, buena parte de la sociedad lo acompaña, pero, desde detener la inflación hasta terminar con los cortes de calle, todo nos obliga a retornar a un país normal.

Y de todo este caos autoritario no se sale con facilidad. Es por eso que debemos asumir que no es tarea de un partido sino de un sistema, de una nueva democracia.

No existe sociedad en el mundo con una inflación semejante y una libertad para cortar las calles basada en la absurda premisa de “no criminalizar la protesta”.

No soy del PRO, pero tengo conciencia de que sólo el orden nos permitirá salir de la crisis que nos legaron. Luego, en el orden, veremos si somos más de izquierda o más de centro, pero en la anarquía no hay salida para nadie, y mucho menos para los necesitados.

El orden no tiene ideología, es imprescindible en el seno de toda sociedad. Cortar una calle es delito en La Habana y en Miami, y hoy apoyar al Gobierno no implica ser de derecha: implica ser consciente del valor de la democracia y de la libertad. No soy del PRO, pero sé que mi obligación es defender la democracia.

Debemos salir de la simplificación de izquierda y de derecha y asumir que la disyuntiva es democracia o caos, y desde la inflación hasta el corte de calle, desde La Cámpora hasta Carta Abierta, necesitamos salir del infierno del sinsentido e ingresar a la normalidad.

La suerte nos dio una gran mano al permitir el triunfo de Macri; ahora debemos aportar entre todos la cordura necesaria para sostener el sistema. No perder de vista que, más allá de los aciertos y errores, está la democracia. Esa es hoy nuestra principal obligación.