Debate. Manuel Adorni nos importa poco

La pregunta es si nos importa, si de verdad significa mucho para nuestra valoración de un gobierno, si es cierto que nos indigna o preocupa en demasía la corrupción.

10 de mayo de 2026 a las 12:01 a. m.
Diego M. Jiménez
Manuel Adorni nos importa poco
Manuel Adorni, jefe de Gabinete.

“Cuando éramos jóvenes no queríamos tener ningún cargo político porque sentíamos que íbamos a perder plata y descuidar nuestra profesión. Ahora, parece que todos quieren agarrar algo. Cambió todo”, me comentó una mañana un viejo político de mi ciudad, que fue concejal durante el gobierno de Raúl Alfonsín.

Se trataba de una decisión que implicaba un costo profesional y familiar, que la vocación no lograba subsanar. Sin embargo, muchas veces se sumergían en el complejo mundo de lo público asumiendo el riesgo que esto implicaba.

La corrupción, siempre al acecho en lugares donde se discute poder y dinero, estaba, pero no a los niveles sistémicos y transversales que observamos en el país en las últimas décadas.

Carlos Nino nos diría que tenemos una inclinación al desapego por el cumplimiento de la ley, casi patológico. Desde esa base, todo lo demás es posible.

Cuánto nos preocupa la corrupción

Cualquiera comentaría que siempre fuimos así y esgrimiría ejemplos a lo largo de nuestro bicentenario destino sudamericano, en el cual ningún gobierno quedaría a salvo. Unos más, otros menos, pero similares en este punto.

¿El expresidente uruguayo Jorge Batlle tenía razón al decir, en el año 2002, que los argentinos somos una manga de ladrones del primero hasta el último? No exageremos, pero tampoco minimicemos el asunto.

La pregunta es si nos importa, si de verdad significa mucho para nuestra valoración de un gobierno, si es cierto que nos indigna o preocupa en demasía la corrupción. No generalices, interrumpiría cualquiera que lea estas líneas. Pero no nos arrebatemos y pensémoslo de verdad. La respuesta está el aire y creo que la sabemos: no mucho.

No es cinismo, es quizá una mirada desromantizada de cómo valoramos a los gobiernos, que vale decirlo, no nos han hecho fácil la vida en estos últimos tiempos, medidos en décadas. Sin embargo, pese a la sucesión de fracasos, no asociamos la corrupción a la decadencia socioeconómica que sobrellevamos cada vez con menos dignidad.

Dicho de otro modo: mientras la economía funciona, o en el caso argentino, parece que funcionara, el asalto a las arcas públicas nos tiene sin cuidado. Cuando una nueva ilusión se desvanece, algo nos preocupa, pero no tanto como para modificar opciones de funcionarios cada dos años. O para hacer trastabillar un gobierno.

Nuestro espejo social

José García Hamilton también lo analizaba en un no tan difundido libro suyo titulado Los orígenes de nuestra cultura autoritaria e improductiva, pero no es necesario leer mucho. Sólo observar, sin ser cientistas sociales y ajenos a sus métodos, la realidad que nos rodea.

Meses con la AFA, años con la causa "cuadernos", décadas con las explosiones de Río Tercero y siglos discutiendo si el préstamo con la Baring Brothers fue el primer crédito mal habido del país.

Sin embargo, los escándalos, por ponerles un mote, no exceden el desagrado de un comentario en una reunión social o la sucesión de noticias prologadas por urgentes que no son tales, como en una serie de streaming con nuevas temporadas y protagonistas.

No cambian nuestras elecciones políticas, no logran tocar el fondo de nuestras motivaciones a la hora de tomar decisiones en la arena pública.

Todo es risible, todo se transforma en un meme creativo o un reel ingenioso que provoca sonrisas, insultos superficiales o reenvíos furiosos a la espera de likes y comentarios. La hipocresía domina este aspecto de nuestra vida social, por eso, para muchos, la primera historia de la película Homo Argentum resultó tan reveladora de nuestra singular idiosincrasia.

Cifras inalcanzables, exceso de metros cuadrados, viajes exóticos, autos novísimos, outfits a la moda y nuevas amistades a la altura de abultadas cuentas no declaradas, conforman el argumento de unas historias repetidas que recorremos en modo scrolling,

Detenidos, estupefactos, con cierto asombro y poca ilusión observamos el escenario político que refleja lo que somos como sociedad, aunque no lo admitamos nunca, fingiendo incredulidad y ofendidos.

Ese espejo, nuestro espejo social, carece de edición amigable para nuestros errores, omisiones e hipocresías. ¿Estamos condenados? quizá, al menos mientras no nos importe demasiado.

Periodista