Manos a la Historia
El revisionismo es un valioso instrumento de dilucidación histórica en tanto y en cuanto no quede al servicio de ideologías o de proyectos políticos. Claudio Fantini.
En el Ministerio de la Verdad, la tarea del señor Winston Smith era reescribir la Historia para que sea funcional al poder. Esa falsificación del pasado, junto con el accionar de la Policía del Pensamiento y con el léxico represivo de la Neolengua, guiada por el principio de que lo que no está en el idioma no debe ser pensado, completaban el totalitarismo que describe la novela 1984 , de George Orwell. Aquella obra maestra de la distopía se asoma en el debate de estos días. Un decreto presidencial creó el Instituto de Revisionismo Histórico y las aguas se parten entre quienes lo defienden y quienes lo cuestionan. Según los defensores, la entidad servirá para rebatir la versión "liberal" de la Historia argentina, desde una mirada "nacional y popular".El problema de esta iniciativa empieza en el propio argumento de los defensores. El revisionismo es un valioso instrumento de dilucidación histórica, en tanto y en cuanto no quede al servicio de ideologías o proyectos políticos. Y justificar el nuevo ente estatal como instrumento "nacional y popular" contra la historia "liberal" no es precisamente una señal en tal sentido. Sobre todo cuando lo crea un Gobierno con tendencia a imponer una visión totalizadora de pasado y presente, que agiganta los aciertos del liderazgo y convierte en virtudes sus vicios y defectos.La cuestión no está en quién dirigirá la entidad, ya que al director designado hoy se lo puede reemplazar mañana. El tema es la verdadera intención de crear un instituto estatal, en el mismo rubro donde ya existen varios: por caso, el Instituto Nacional de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas, creado en 1938 y estatizado por el menemismo.No se trata de tener un gobierno totalitario; el de Cristina Kirchner no lo es. Sin embargo, el relato oficialista y el aparato que lo impulsa tienen tics totalitarios.El tic totalitario no pertenece sólo a la órbita política. Como es posible deducir del pensamiento de Marshall McLuhan, el totalitarismo del futuro puede ocurrir en la dimensión mediática. A eso apunta la metáfora del Truman Show que planteó Peter Weir en una significativa película. Caso Dalmasso. Los tics totalitarios aparecen en los medios de comunicación. En particular, la televisión privada exhibe la tendencia a actuar como el Gran Hermano que describió Orwell. Todas las formas de reality show redundan en el bajo instinto de explotar miserias humanas. La adulación, la ambición, el desprecio y la humillación son instrumentos para mostrar al ser humano en su mínima expresión. Pero el tic totalitario suele aparecer también en el periodismo. En el mismo puñado de días en que estalló el debate sobre el revisionismo estatal de la Historia, se cumplieron cinco años del asesinato de Nora Dalmasso. El tiempo transcurrido confirma la proverbial ineptitud policial y judicial para esclarecer crímenes. También justifica la sospecha de que un poder oculto opera para que jamás se dilucide el caso. Pero lo más significativo fue el tic totalitario que mostró la órbita mediática.Como siempre, los medios entraron en trance detectivesco. En ese terreno fracasaron, igual que fiscales y policías. Pero hicieron algo aun más grave: se asomaron a la intimidad del cadáver y la expusieron.El rating exigía un culpable y, como el asesino no estaba, los medios hurgaron la vida de la víctima. Culparon a Nora Dalmasso de frivolidad, de infidelidad, de lujuria y de otras cosas que televidentes, oyentes y lectores devoraron con obscena voracidad. "Norita" fue víctima de quien la asesinó y luego volvió a ser víctima, esta vez de la indecencia mediática. El primer victimario le quitó la vida y el segundo le quitó la intimidad y la expuso a una audiencia angurrienta de escándalo y morbosidad. Como no estaba el asesino, se juzgó a la víctima con la moralina viscosa que segrega el lado hipócrita de la sociedad. Sucede que, en la órbita mediática, no importa que la persona ultrajada por la divulgación de su intimidad haya sido la víctima y no su victimario. Alguien debe ser juzgado y condenado. Si no es el asesino, será la persona asesinada. Así funciona el sistema de entretenimiento y enajenación. Los que buscan saciar sus apetencias en la dimensión mediática tienen esa deleznable sed de escándalos que el tic totalitario de los medios sabe bien como saciar.En la órbita política, lo que sabe saciar es la sed de sectarismo y convicción absoluta. Lo hace mediante instrumentos ideológicos e históricos.La ideología desvirtúa la revisión histórica. Lo prueba, entre otros muchos ejemplos de izquierda y derecha, el Institute for Historical Review (Instituto para la Revisión Histórica), creado por el fundador del British National Party (Partido Nacional Británico), William McCalden, con el fin de reivindicar el nazismo, negar el Holocausto y generar desprecio hacia los inmigrantes.El revisionismo kirchnerista jamás caería en monstruosidades de ese tipo, por cierto. Pero, desde que llegó al poder, su intelectualidad orgánica y su aparato de propaganda construyeron un relato que visiblemente manipula la historia de las décadas pasadas y del matrimonio Kirchner. Para difundirlo, el Gobierno no vaciló en utilizar los medios públicos de comunicación, con los que también realiza ataques personales a quienes sostienen visiones contrapuestas.Con ese antecedente, es lógico que la creación de un ente estatal con más divulgadores históricos que historiadores evoque el Ministerio de la Verdad, donde el señor Smith reescribía la historia para hacerla funcional al liderazgo.

