Luchar contra la indiferencia
No caer en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad; en el cinismo que destruye.
Como es habitual, el pasado 1° de enero se celebró la Jornada Mundial por la Paz, que iniciara el beato Pablo VI en 1968. El lema de este año es: "Vence la indiferencia y conquista la paz". El mensaje que el papa Francisco pronunció con motivo de esta jornada comienza con una afirmación que nos muestra la piedra fundamental de todo esfuerzo por la paz: "Dios no es indiferente. A Dios le importa la humanidad, Dios no la abandona".Y la prueba contundente es aquello que hemos celebrado en Navidad: el Dios hecho hombre, es decir, aquel que de ser fuerte y rico pasa a ser frágil y pobre. Le importamos a tal punto de "enloquecer de amor" por nosotros.El Papa nos contagia su comprometido optimismo, exhortándonos "a no perder la esperanza en la capacidad del hombre de superar el mal, con la gracia de Dios, y a no caer en la resignación y en la indiferencia".Para que no parezca un optimismo idealista, reconoce numerosos ejemplos que "representan la capacidad de la humanidad de actuar con solidaridad, más allá de los intereses individualistas, de la apatía y de la indiferencia ante las situaciones críticas".Ya en la bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia, Francisco había llamado la atención en no caer "en la indiferencia que humilla".Nos presenta algunas formas de indiferencia. La primera es la indiferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el prójimo y lo creado. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad, se siente autosuficiente, busca prescindir completamente de él.Luego nos presenta la indiferencia ante el prójimo: "Hay quien está bien informado (...), pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad, pero no se sienten comprometidas, no viven la compasión. Esta es la actitud de quien sabe, pero tiene la mirada, la mente y la acción dirigida hacia sí mismo".En otros casos, dice el Papa, "la indiferencia se manifiesta como falta de atención ante la realidad circunstante, especialmente la más lejana. Algunas personas prefieren no buscar, no informarse y viven su bienestar y su comodidad indiferentes al grito de dolor de la humanidad que sufre".En el mensaje del Angelus del pasado 1° de enero, el Papa además nos decía: "La paz, que Dios Padre desea sembrar en el mundo, debe ser cultivada por nosotros. Y debe ser también 'conquistada'. Esto implica una verdadera lucha, una lucha espiritual que tiene lugar en nuestro corazón".Como afirmaba el papa Benedicto XVI, "existe un vínculo íntimo entre la glorificación de Dios y la paz de los hombres sobre la tierra". En efecto, sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae presa del relativismo, y le resulta difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz.En cambio, si nuestra lucha espiritual va orientada en este sentido, se hará realidad la profecía de la noche de Navidad y nuestras voces podrán unirse a aquellas del coro de ángeles de Belén: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra, paz a los hombres amados por Él" (Lucas 2,14).

