Los chicos, ante el terror
¿Quién podría interponerse –con virtuosa capacidad– entre la realidad y los adultos, para que el terror no gane? ¿Para volver a confiar?
H. G. Wells afirmaba, con autoridad, que cada generación ha sentido vivir en la época más violenta de la historia. Y que las calamidades del presente consiguen idealizar un pasado que mostraba aparente paz y concordia entre los pueblos.
En nuestra época, este concepto se repite; muchas personas piensan que nunca antes hubo tanta violencia. Sin embargo, en términos estadísticos no se conoce un período con menor conflictividad desde el final de la Segunda Guerra Mundial.
Los medios abundan en mostrar acciones terroristas y las respuestas bélicas de los agredidos. También agresiones callejeras, robos, secuestros y asesinatos, lo cual crea un panorama general que parece invadido por el delito.
La violencia se amplifica en las redes con elocuencia audiovisual, por lo que una bomba se convierte en cientos; los robos, en miles, y las víctimas, en millones.
Esa reproducción incesante confirma la teoría de Wells: el ciudadano actual está convencido de vivir en peligro permanente y con violencia inédita.
Los niños –en especial los adolescentes– son testigos inevitables de esta realidad. Observan cada noticia en tiempo real, al punto de naturalizar las agresiones y no conmoverse con los sufrientes, a menos que sean cercanos.
Nacer y crecer en esta época diferencia a los chicos de sus mayores, quienes –tras haber atravesado otros conflictos, mundiales, regionales y locales– esperaban llegar al siglo 21 y encontrar un mundo pacificado y amigable.
Las nuevas generaciones, en cambio, demuestran con cruda naturalidad que conocen y comprenden lo que les toca vivir.
Los más pequeños suelen preocuparse más por los conflictos hogareños que por los globales. Una sonrisa tranquilizadora de sus padres disuelve cualquier relato estremecedor sobre la tragedia en Mánchester.
Esta cosmovisión los protege de alguna manera, limitando sus temores a las peleas con amigos, el granizo que rompió el techo o la prueba del lunes.
Una verdadera tragedia para ellos sería ver discutir a los padres, porque les inquieta más ser abandonados que la destrucción planetaria. (Parafraseando a Ernesto Sabato: “Habrá siempre un hombre tal que, aunque su casa se derrumbe, estará preocupado por el universo; y habrá siempre un niño tal que, aunque el universo se derrumbe, estará preocupado por su casa”).
Al crecer, los chicos amplían su visión sobre personas, territorios y dimensiones hasta entonces ignorados. Durante la adolescencia, amplían su conciencia social, ayudados por la influencia de los teléfonos inteligentes.
En su primer celular, descubren otro tamaño del mundo; aunque en realidad este sólo aporte datos y no necesariamente información. La diferencia radica en que los textos, números, fotos y videos son meros recortes de la realidad que, si no son puestos en contexto, no llegan a convertirse en verdadero material de conocimiento.
La mayoría de los chicos lee datos, pero no los procesa; necesitan de adultos que jerarquicen y pongan en perspectiva las noticias que los acechan.
De la mano de un padre, abuelo o docente, un enfrentamiento podría ubicarse en tiempo y espacio; los secuestros, en su contexto y veracidad; y los bombardeos, en su enfoque historiográfico adecuado.
Porque sin esta ayuda, muchos adolescentes podrían creer que la realidad se limita a ese mar de atrocidades que ven en HD y no percibirían que, por un recital que terminó en tragedia, ocurren otros cientos en paz. Que por cada niña ultrajada, hay miles que van y vuelven de sus casas sin haber sido agredidas. Que por muchos corruptos que ensucian la imagen dirigencial, hay otros honestos que trabajan para mejorar la vida de los demás.
Adultos interpuestos entre las noticias y los chicos ayudan a transitar las actuales infancias entre noticias y rumores, pero...
¿Quién podría interponerse –con virtuosa capacidad– entre la realidad y los adultos, para que el terror no gane? ¿Para volver a confiar?
* Médico

