Lo que nos deja
Es hora de pensar si no conviene retornar a los principios que hicieron grande al país. De dejar de usar a los pobres como mercancía electoral y erradicar la pobreza a través del trabajo y la educación.
Algo que casi toda la gente reconoce es el prodigioso progreso que tuvo nuestro país a partir de la organización nacional, con la sanción de la Constitución de 1853. La transformación del desierto que era el territorio nacional en una de las zonas más prósperas del planeta fue motivo de admiración del mundo entero.
Esto, que fue obra de la llamada generación de 1880, duró ininterrumpidamente 70 años de permanente avance y ascenso social. Con el advenimiento de gobiernos “populistas”, la situación cambió de forma radical y comenzó un largo período de decadencia –que tampoco nadie sensato niega–, el que, salvo pequeños intervalos lúcidos, dura hasta nuestros días.
Los intentos por revertir las crisis recurrentes de este sistema perverso no dieron buenos resultados, y en muchos casos, el remedio fue peor que la enfermedad.
Ya en el comienzo de la década de 1940, Ramón Cárcano (ministro, diputado nacional, diplomático y dos veces gobernador de Córdoba por el voto popular) advirtió, con la visión de un verdadero estadista, el clima que este cambio estaba produciendo en la sociedad, cuando dijo: “La República exige una reforma precisamente para consolidar los beneficios de la democracia, hoy en peligro (...) El gobierno personal puede ser un episodio afortunado, pero nunca un estado de equilibrio permanente, que nos aproxima a la armonía de la naturaleza, que es la obra de Dios (...) El país está incubando una evolución profunda. Las vibraciones se sienten en todas las clases. Se advierten anhelos, descontentos, protestas, luchas silenciosas y confusas. No es un movimiento preciso contra los gobiernos, los partidos o los hombres. Es mucho peor que todo eso. Es un estado institucional, político y social de males efectivos y desorientación activa, que abre rendijas y uracos para la penetración de todas las extravagancias, en un país que posee sobrados recursos y talentos, para afirmar su bienestar con el propio acierto...” Y concluyó: “Es mejor evitar el naufragio que dedicarse al salvamento”.
Esta advertencia de Cárcano se hizo realidad. El círculo virtuoso de progreso, iniciado por la generación de 1880, se convirtió en la década del 1940 en uno vicioso de decadencia, que la Argentina fue sobrellevando, con algunos pequeños intervalos, en los últimos 70 años.
El peor momento
Pero durante la última década se escribió el capítulo más pronunciado de esta decadencia, pese a contar con todos los elementos jugando a favor de nuestro país.
Hemos desperdiciado 10 años despilfarrando los enormes ingresos que nos proporcionaron nuestras exportaciones, en medidas demagógicas, de corto plazo, improvisadas, sin un equipo y un plan mínimo de crecimiento. Y, lo que es más grave, se deja una pesada herencia para quien deba conducir la inevitable crisis que se avecina.
En materia internacional, nos queda un país aislado del mundo al que por herencia y tradición pertenecemos, y aliados al eje del mal (Corea del Norte, Irán, Venezuela, Ecuador, etcétera). En lo regional, nunca fueron peores las relaciones con nuestros vecinos (Uruguay, Chile, Brasil, Paraguay y Perú).
Nos deja una economía con gravísimos problemas. Por empezar, sin estadísticas oficiales confiables o al menos creíbles; una de las inflaciones más altas del mundo; cepo cambiario; déficit energético; una trama de subsidios que cuestan más de 100 mil millones de pesos; un endeudamiento interno fenomenal; huida de reservas de mil millones de dólares por mes; no hemos logrado salir del default; juicios perdidos contra los fondos holdouts; restricciones a las importaciones y a las exportaciones, y una corrupción en las más altas jerarquías del Gobierno que no reconoce precedentes; vergonzosos índices de pobreza e indigencia; estatización de la YPF que nos permitió el autoabastecimiento petrolero, hoy totalmente quebrada; Aerolíneas Argentinas también estatizada y con igual suerte... En síntesis, una economía devastada.
En materia social, un número creciente de pobres e indigentes; 900 mil jóvenes “ni ni” (ni estudian ni trabajan); una educación pública cada vez más deficiente; gran indisciplina social; leyes que afectan la solidez de la familia; restricciones a la prensa libre e independiente; una Justicia que ha bajado su efectividad y credibilidad en forma alarmante; una sociedad dividida y enfrentada como hacía tiempo no se veía, lo que afecta el noble propósito expresado en el Preámbulo de la Constitución Nacional de propender la “unidad nacional”, y lo que resulta más grave es que todo ello se da en un clima de inseguridad nunca visto en nuestra patria. Con una novedad: nos hemos convertido en uno de los cinco grandes consumidores de droga, fenómeno que hace una década era casi inexistente.
La triste conclusión es que en lugar de una sociedad armónica nos deja una de “barras bravas”.
Pero lo peor que nos deja es una pérdida de los valores por los que se hizo grande este país. El respeto a los mayores, de los hijos a los padres, de los alumnos a maestros, del amor al trabajo digno y una falta de ejemplaridad en los gobernantes que no será fácil reparar.
Es hora de pensar si no conviene retornar a los principios que hicieron grande al país. De dejar de usar a los pobres como mercancía electoral y ocuparse en serio de erradicar la pobreza a través del trabajo y la educación. De permitir el ascenso social e incorporar cada día más argentinos a la clase media, lo que, además de ser un acto de justicia, apareja el beneficio de generar un clima que favorece notablemente a solucionar el grave problema de la inseguridad que hoy nos angustia.
Alguien que con la suficiente autoridad moral se atreva a levantar en el próximo cambio de gobierno estas banderas, sin dudas tendrá el acompañamiento de una gran mayoría de compatriotas, que añoran no volver al pasado sino salir de la decadencia crónica y volver al círculo virtuoso. Esto es: un gobierno progresista, aunque malintencionadamente se lo tilde de conservador o con algún otro adjetivo parecido.
*Abogado.

