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Lo que nombra

Entre los gestos que sostienen la espera del nacimiento de un hijo, resalta la elección del nombre.

29 de septiembre de 2013 a las 01:53 p. m.
Enrique Orschanski*
Lo que nombra

Entre los gestos que sostienen la espera del nacimiento de un hijo, resalta la elección del nombre. Tal decisión forma parte de la cuna emocional con que se recibe al bebé. Hay nombres que iluminan y otros que aplastan; nombres que distinguen y otros que confunden. Mirado con detenimiento, el apelativo adquiere trascendencia al ser uno de los pocos distintivos que se llevarán toda la vida.

En algunos chicos, el nombre puede, por su carga emocional, condicionar rasgos de personalidad. Otros hijos, en cambio, redefinen el nombre con autoridad, imponiendo detalles propios.

Los antropónimos, que es así como se conoce a los nombres personales, se forman con un nombre de pila y uno o más apellidos. Los pueblos primitivos contaban con escasos nombres. Cada civilización fue incorporando apelativos locales en la medida en que crecía la comunidad.

Los antiguos romanos, cuando agotaban los nombres conocidos, llamaban a sus hijos con números: Quintus, Octavius o Decius. Otros pueblos señalaban en sus nombres virtudes relacionadas con batallas, trabajo o lugar de asentamiento (topónimos).

El cristianismo original extendió la costumbre de usar nombres hebreos litúrgicos o virtuosos. También estableció la ceremonia para imponerlos, a la que llamó bautismo.

Los nombres de pila, denominados así porque se adjudicaban en la pila bautismal, eran los únicos antropónimos utilizados hasta la Edad Media. Por entonces, cuando era necesario diferenciar a dos personas con igual nombre, se añadía un rasgo relativo al padre, su apodo, profesión, título o procedencia.

Tales características crearon el segundo apelativo, que hoy llamamos apellido. Esta palabra latina comparte origen con apelación: “acto de llamar”.

El uso de documentos notariales o parroquiales se extendió a todas las regiones civilizadas, lo que terminó reforzando el uso del apellido.

Una costumbre para definir el apellido fue agregar al nombre de pila un sufijo que significaba “hijo de”. Martínez eran los hijos de Martín; Ivanovich, de Iván; Petersen, de Peter.

La nominación actual, influenciada por factores sociales, religiosos, ideológicos y de modas, actúa invariablemente sobre la subjetividad individual.

En muchos nombres, se deposita una carga histórica específica, mostrando el lugar que la estructura familia tenía reservado para quienes los reciben.

Asimismo, la elección del nombre tiene mucho que ver con la forma en que se asumen los absolutos cambios que ocurren con el nacimiento.

La acción de nominar conecta a los padres con las raíces de sus respectivas familias, mostrando que a veces no se elige sólo un nombre sino una estirpe, una tradición.

Se puede ligar de modo positivo a un niño a una cadena generacional, o en forma negativa, cuando esa misma apelación le resta originalidad. No es igual llamarse Juan que ser Juan.

Las construcciones de género son determinantes al momento de elegir un nombre. El nacimiento de un bebé cuyo género no coincide con lo esperado puede repercutir en el nombre y originar confusión.

El orden de nacimiento también hace lo suyo. Recibir el mismo nombre de los progenitores, costumbre en muchas familias, conecta con las expectativas paternas. Es otro mandato que demandará un esfuerzo de elaboración y diferenciación de quien, pasivo e indefenso, lo recibe.

Los nombres pueden revivir antepasados, repetir identidades, saldar deudas emocionales y hasta condicionar futuros.

Pensando en la influencia que tiene la nominación inicial en un individuo, ¿distinguimos o condenamos cuando nombramos, aunque siempre se lo haga desde el amor? ¿Otorgamos identidad al nuevo niño o reafirmamos la de otros?

Preguntas para seguir pensando en aquellos que, a través del nombre, hacen resonar ecos de una profundidad no advertida en plenitud. Por fortuna, quedan los apodos, esas libres creaciones cargadas de afecto y auténtica identidad, que alivian el peso del nombre impuesto al nacer, momento en que ningún bebé opina sobre cómo quiere ser llamado.

*Médico.