Las diferentes maneras de no estar
Doce meses después, el paisaje infantil no cambió.
Hace un año, desde esta columna se denunciaba, bajo el título “El robo del siglo”, los problemas de salud en escolares agobiados y sin descanso reparador. Los chicos mostraban infecciones, lesiones deportivas, crisis de ansiedad y dolores crónicos como principales síntomas.
Doce meses después, el paisaje infantil no cambió. Los escolares anuncian prematuramente el fin de ciclo escolar con alarmantes trastornos. En este período, se sumaron agravantes, como la reducción de la edad promedio en acceder al primer celular, mayor permisividad paterna para las salidas nocturnas y el incremento en el consumo de alcohol.
Las consultas abruman a una medicina desconcertada con estas nuevas formas de enfermedad infantil. El origen multifactorial resta eficacia a las estrategias disponibles en un consultorio.
Las nuevas epidemias reemplazan a enfermedades clásicas, controladas en su mayoría con buena alimentación, vacunas e inclusión social. Ahora son la soledad infantil, el agobio por multitareas y la atomización funcional de la familia los que generan síntomas que desafían el equilibrio familiar.
Mientras aumenta el número de niños y adolescentes con cefaleas, infecciones recurrentes, gastritis crónicas y ataques de pánico, los colegios no pueden apartarse de la norma ministerial que determina completar los días programados.
Los chicos responden con mecanismos de adaptación que les permite lidiar con la realidad: inventan maneras de estar en el aula sin estar.
Algunos especulan con las faltas, administrándolas en las últimas semanas. Eligen faltar los lunes, porque no pueden remontar la resaca del fin de semana, o los viernes, para superar la salida del jueves. Otros, sin margen de faltas, exageran los síntomas para conseguir el favor paterno de no asistir al colegio, aun cuando esto implique una visita al médico.
Los chicos de primaria, con menor autonomía, no comprenden por qué las evaluaciones llegan cuando más desatentos están. Y cuando el calor les consume las últimas fuerzas.
Muchos siguen cumpliendo el ritual de entrar cada día a la escuela, pero, en realidad, no están allí. Consumen las horas charlando con sus compañeros, chateando bajo el banco o descubriendo manchas en el techo, mientras la maestra intenta explicar temas nuevos.
Los más chiquitos, del nivel inicial, parecen sospechosamente quietos. Las maestras suelen descubrir a más de uno durmiendo en el rincón más fresco del arenero. Los adultos, a su vez, elaboran sus propias formas de adaptación al final del año.
Algunos docentes encuentran también maneras de no-estar, aunque asistan al colegio. Son aquellos que hace tiempo dejaron de estudiar y sus clases son repeticiones idénticas, cada año; son los que perdieron la pasión por educar, y que contrastan con muchos otros maestros que sí la tienen.
Asimismo, algunos padres –no todos– siguen estando ausentes del escenario educativo. Como aquellos que se sorprenden frente al hijo que se “lleva” muchas materias, mirándolo extrañados, como si no vivieran bajo el mismo techo. O los que ven en la escuela sólo una rutina obligatoria sin relación con sus intereses o su futuro.
También hay padres bien intencionados, que se dedican a trabajar tan duro por sus hijos que terminan sin tiempo disponible para ellos.
Tantas ausencias tienen impacto en el fin del año. Se perturba el proceso de aprendizaje, perforado por urgencias ajenas a los colegios.
Los que somos demandados día a día para aliviar síntomas debemos alertar sobre tales ausencias. Porque la ausencia, ese violento acto de no-estar, enferma personas.
Y así corremos el riesgo de perder de vista el objetivo enunciado de manera brillante en la definición de salud: “Salud no es la mera ausencia de enfermedad sino el completo bienestar físico, mental y social”. Y para conseguir bien-estar es imprescindible, primero, estar.
*Médico.

