La vieja luz de la patria grande
Seguimos siendo americanos, como desde el primer minuto en que brotó la luz de este mundo nuevo.
Hay ciertas palabras, determinados conceptos que emergen entre las nociones, se asoman con fuerza en algún momento de la historia; retroceden, pueden quedar atrapados en la quietud de los susurros durante décadas. Y a veces también sucede que reviven, cuando florecen otras generaciones y salen a su encuentro, con voz, oídos y sensibilidad nuevos. Claro que no siempre se entienden de igual manera, no sólo de una época a otra, sino también en un mismo tiempo. Es que los conceptos también son sensaciones que pasan por el tamiz de cada manera de entender las cosas, de percibirlas, de vivirlas. La experiencia que se ha tenido impregna de subjetividad al significado: por ejemplo, la palabra democracia llega a cada individualidad con matices diferentes. Para algunos de los que padecieron su ausencia, será aquella primavera siempre soñada; para otros que crecieron en ella, el amparo tácito, un sistema casi natural; y así, incluidos aquellos que nunca digirieron ni digerirán que los destinos colectivos asuman la voluntad de las mayorías. “La patria grande” es un concepto de esos que ha cobrado un nuevo impulso y que se repite en estos días. Su origen es sencillo de concebir: en aquella inmensidad americana que se convirtió en latina con la llegada y colonización de los españoles (y de los brasileños en Brasil), se amasó una identidad común que saltó a la arena de la historia con la independencia. Para José de San Martín y Simón Bolívar, los libertadores de la Sudamérica hispana, la patria era una sola, esa grande que andaba metiendo balazos y cañonazos para alcanzar un lugar propio en el mundo. El congreso al que en 1826 convocó Bolívar, en Panamá, tenía el propósito de confederar a los antiguos virreinatos, pero la iniciativa fracasó: a poco de andar el camino independiente, los grupos de poder regionales ya habían encendido la mecha para el gran estallido que hizo de la patria grande un montón de patrias chicas (“Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos”, escribió Jorge Abelardo Ramos). Esos grupos unieron sus intereses a los de las potencias dominantes, una alianza que sembró una inmensa devastación social. Acaso en este regreso de cierta conciencia de la existencia de una patria grande tiene que ver el aciago final que se padeció en la última parte del siglo 20 (dictaduras como sino común, la Guerra de Malvinas como disparador de conciencia de amigos y enemigos), coronado por el gran saqueo neoliberal, que nos deparó un turbio amanecer en el siglo 21. Comenzó a madurar entonces el rescate de la vieja idea de que los americanos no tendríamos oportunidad de alcanzar un porvenir venturoso si no recuperamos la conciencia de nuestra coincidencia geográfica, cultural, de pertenencia y de intereses comunes de un mundo nuevo, todavía muy nuevo, que intenta disputar un rayo de luz a los viejos dueños de las cosas y de las vidas en esta tierra. Por eso el concepto de patria grande alcanza una enorme trascendencia en estos días. Puede ser que haya quienes han llegado a sentir algún hartazgo de tanto oírlo en los días del Mundial, puesto en la escena del fútbol. Pasa también que Argentina, desde aquella negativa porteña de asistir al congreso de Panamá (o quitarle apoyo a San Martín) o de la jactancia de algún ministro de la dictadura que afirmó que éramos los blancos del subcontinente, ha sido objeto de una prédica antilatinoamericana incesante que ha llegado incluso a la subestimación y al racismo. Pero seguimos siendo americanos, como desde el primer minuto en que brotó la luz de este mundo nuevo.

