La vida secreta de los adolescentes
Tal vez la vida secreta es la que los adolescentes intentan transitar en sus refugios, a la espera de que sus cuerpos y personalidades tomen forma definitiva.
Hasta hace poco, los mecíamos en brazos, dependían de nosotros para todo, sonreían con devoción... Y hoy, apenas 15 años después, amanecen cada día con esa mirada asesina de guerrero ninja.
Eran una fiesta de gorjeos, carcajadas y besos. Ahora son seres peludos, malolientes y huidizos, que no dejan de declarar nuestra ignorancia sobre cualquier tema.
Son los mismos que cuando cumplieron 3 años nos deleitaban con sus ocurrencias y espontaneidad; hoy, devenidos en adolescentes, aúllan desde las tripas que lo mejor es que los dejemos solos.
El tiempo marca etapas en todas las familias, con ese reloj implacable que significa el inexorable crecimiento de los chicos. Ellos son el tiempo, los cambios, las transformaciones.
Manos gorditas y con olor a aceite de bebé ahora mudaron a garras de uñas pintadas, anillos con calaveras y tatuajes. Mofletes colorados que se inflaban al ritmo de nuestros mimos viraron a huesudos rostros plagados de granos, desprolijas champas de pelo y gestos de rechazo.
Qué decir de esas espaldas, que nunca se enderezan como les pedimos a cada instante; de los cordones desatados, de los peinados cambiantes según el día y el humor, y de la ropa –igual para todos, pero que ellos creen original– con la que provocan de modo cotidiano a sus desalentados progenitores.
Que la adolescencia es territorio de cambios no es novedad. Que los chicos buscan diferenciarse adoptando posturas que sacan de quicio al más plantado tampoco sorprende.
Pero este siglo parece mostrar a padres con menos tiempo disponible para asimilar las tormentas que provoca el desarrollo de un adolescente.
O tal vez no fueron advertidos lo suficiente de que los chicos –para crecer sanos– deben diferenciarse sin piedad, con movimientos bruscos y ampulosos; como si ahora jugaran para el equipo rival.
Salidos de idéntico molde, los adolescentes buscan refugios donde ponerse a salvo de los adultos: de sus miradas y comentarios. Procuran cuevas seguras con acceso restringido sólo a ellos y a sus amigos, porque todos se sienten incomprendidos.
Los cambios son tan violentos que los espejos les devuelven una imagen diferente cada día, motivo suficiente para enojarse con la vida, o al menos con este molesto trayecto de metamorfosis sin pausas. Y los padres, que empeoran todo pidiendo colaboración y respeto.
Uno de los refugios más efectivos para esquivar el mundo adulto son los amigos; si son muchos, mejor. Al inicio, grupos isosexuales; luego, cuando superan prejuicios y timideces, grupos mixtos.
En cofradía, se comunican utilizando un dialecto propio, que resulta de hablar sin mover los labios. Más que palabras, emiten gruñidos sólo reconocibles entre ellos; también bufidos y algún que otro neologismo que varía según la edad: “mortal”, para algo muy agradable; “da”, para expresar lo obvio; “mal”, para lo que está bien, o “y vos, tipo...”, para explicar reacciones ante circunstancias cotidianas.
El resultado es doblemente eficaz: ellos comprenden y se identifican, y los padres, afuera.
Otro escondite elegido por los adolescentes son las redes sociales para adolescentes. Las consideran a prueba de adultos, hasta que son invadidos. Prueba de ello es la migración hacia otros sitios web a medida que los grandes aparecen. Primero usaron Facebook, siguieron por Instagram y, seguramente, pronto elegirán otras redes para su huida de los invasores.
Gabriel García Márquez postuló alguna vez que todos tenemos al menos tres vidas: una pública, otra privada y una vida secreta. Las tres, conviviendo en perfecta armonía, ofrecen múltiples opciones de vincularse desde la que mejor conviene.
Tal vez la vida secreta es la que los adolescentes intentan transitar en sus refugios, a la espera de que sus cuerpos y personalidades tomen forma definitiva.
Y que los adultos comprendan que no son enemigos, sino buena gente buscando encontrarse.
* Médico

