La última carta y por qué deberías escribirla hoy
En vida deberíamos dar, si hay tiempo, todas nuestras posesiones. En vida deberíamos decidir qué pasará con nuestros cuerpos. En vida deberíamos explicar a cada uno quién recibirá qué y dárselo en la mano, en vida y nosotros mismos.
A muchos les pasa que se mueren sin querer. Sin tiempo a decirlo todo. Sin tiempo a revelar verdades o secretos a sus seres queridos. Sin tiempo para preparar a los suyos para una vida sin ellos. Sin tiempo de abrazar a su madre o a sus hijos.
Muchos otros tienen el tiempo suficiente para pensar en la muerte, porque las dolencias y los doctores los van preparando. Estas personas tienen un tiempo especial. A veces ese es el momento para las despedidas, para largas charlas, para decisiones que harán más o menos llevadera la vida de los otros. Para reconciliarnos o para mirarnos sin decir nada, porque las miradas lo dicen todo. Para saber a quién le importas, porque tiene el coraje de visitarte, y quién no viene porque espera ansioso tu partida.
A nadie le gusta pensar en la muerte. Todos esperamos vivir hasta viejos. Y en la vejez, pues veremos qué se hace.
Una de mis mejores amigas se murió joven, con 50 años recién cumplidos y con cuatro hijos muy jóvenes. Se aferraba a la vida con pasión, pero también preparaba a los demás, a su esposo, a sus hijos y a sus amigos para el después. Mi última charla con ella fue en la Costanera, a la orilla del río; algunos de nuestros hijos más chicos estaban con nosotras.
No hablamos de la muerte. Hablábamos de cosas mundanas, compramos unos chipaquitos a un vendedor ambulante, nos acordamos de alguna picardía en nuestros inicios como maestras. Luego volvimos a su casa y en la puerta nos despedimos por última vez. Ambas lo sabíamos, aunque prometimos vernos en mi próximo viaje, como siempre. Nos es siempre difícil despedirnos para siempre de nuestros seres queridos.
Meses más tarde su hija mayor encontró una carta de su mamá, casi al descuido, donde entre otras cosas más importantes le mencionaba con qué ropa quería ser enterrada. Lo sorprendente fue que la habían vestido exactamente así.
Desde entonces he pensado que todos deberíamos escribir cartas de despedida; a nuestros hijos, a nuestros amigos. Decirles lo que se nos ocurra en ese momento, algo trivial, algo serio, contarles algo que quizá no saben o recordarles algo para que nos rescaten de su memoria para cuando el alma duela. Explicarles cómo se abre esa bendita puerta que sólo una sabe abrir, porque ellos necesitarán hacerlo y uno ya no estará allí para ayudarlos.
Mi madre repite siempre “En vida, hermano, en vida”, como en el poema que hace 20 años está pegado en la heladera de su cocina. Ese que habla de hacer todas las cosas hoy y no mañana, de entregar las flores hoy y no llevarlas a una tumba, y otros consejos afines.
En vida deberíamos dar, si hay tiempo, todas nuestras posesiones. En vida deberíamos decidir qué pasará con nuestros cuerpos. En vida deberíamos explicar a cada uno quién recibirá qué y dárselo en la mano, en vida y nosotros mismos. ¿La alternativa? Nuestra muerte será un problema a futuro, seremos una molestia, seremos una pregunta sin respuesta. Nuestro nombre se repetirá sin amor, sin cariño. Seremos objetos y no recuerdos. Seremos propiedades y no memoria. Y ya no podremos hacer nada. Y nuestras decisiones las tomarán otros, nuestros deseos se desoirán. La vida que vivimos se reducirá a entradas en un expediente de juzgado.
En vida, con las palabras escritas o en un video en estos tiempos que corren (y no saben muy bien adónde van), dile a quien quieras lo poco o mucho que esté en tu alma. Pero díselo tú mismo, con tu letra, con tu voz.

