La solidaridad, sentimiento primordial
Sabemos que tenemos un país contradictorio, pero bien vale recordar que en 2001, en aquellos barrios señalados por la catástrofe social, emergió un primordial sentimiento de solidaridad.
Solidaridad, asombro, ternura. Era una tarde tibia del otoño recién amanecido de 1991 en la que Glauce Baldovín pronunciaba esas palabras, como si cada una fuera una poesía en sí misma. “Son los tres sentimientos primordiales del hombre”, decía, mientras el humo de un cigarrillo negro le incendiaba la boca. En estos días en los que pretendió instalarse el susto de diciembre de 2001 como un fantasma de regreso, las palabras de la poeta cordobesa vuelven con un sentido especial, aunque las haya pronunciado dos décadas antes de los sucesos en cuestión (las palabras de los poetas siempre tienen sentido). Ya casi es ocioso insistir en que entre los saqueos de entonces y los de comienzos de este diciembre que aún vivimos hay diferencias sustanciales y, aunque no siempre es tan sencillo reducir las cosas, la más notoria es que unos tomaban para comer y otros lo hicieron para saciar apetitos de consumo mucho menos esenciales. Entonces, hace 12 años, hubo represión con casi cuatro decenas de muertos, la mayoría manifestantes sociales o políticos, un presidente que voló y una inesperada comunión entre caceroleros y piqueteros, todos desocupados, obreros y clase media, reunidos y empobrecidos en el final de la catarata a la que habían ido a dar los desasosiegos silenciosos de los ’90. La consigna “Que se vayan todos” sería la expresión más concluyente del malestar con una clase política que se había constituido en una casta pero que, por sobre todo, había logrado echar a perder un país de los más destacados en América latina en cuanto a producción industrial, tecnología, mano de obra capacitada, educación y demás. Estábamos a la deriva, desguarnecidos por un Estado ausente, o mejor, impotente, que era incapaz ya siquiera de ofrecer promesas y menos de cumplirlas. Mientras, en este diciembre, fue la policía –sí, la que reprime cuando otros piden aumentos de salarios– la que se ausentó por voluntad propia y su actitud desató una versión del caos parecida al 2001, pero sólo en las imágenes. En aquel diciembre, el país se nos escurría como arena entre los dedos. Y en ese pánico escénico no sólo contaba el presente, es decir la desocupación, la captura de los ahorros, la pobreza en su mayor crecimiento, sino el futuro de los próximos argentinos, los niños que ya estaban y los que llegarían. Quizá los primeros en darse cuenta de la fatalidad que se avecinaba fueron miles de habitantes de los barrios más humildes que salieron a buscar un poco de mate cocido y pan y abrieron sus puertas para dar a sus pequeños vecinos una chance frente al hambre. Fue una de las grandes hazañas de la solidaridad argentina, que brotó de manera visceral de corazones generosos, aun pobres entre los pobres, que al menos con varias dosis de meriendas calientes hicieron posible que gran parte del futuro quedara en pie. Y, aunque aún no es sencillo mensurarlo, uno tiene casi la certeza de que hemos quedado en pie, de que este país de los sustos de diciembre es otro, muy diferente de aquel que pidió que se vayan todos: no se fueron todos, pero hubo nuevas caras y algunos hicieron política de otra manera. Sin embargo, qué va, hay políticos que siguen entendiendo que no se trata de un servicio, sino de una profesión para rédito propio. Sabemos que tenemos un país contradictorio, pero bien vale recordar que en aquellos barrios señalados por la catástrofe social emergió un primordial sentimiento de solidaridad (como decía Glauce Baldovín) que nos hizo posible llegar hasta aquí y discutir por otras cosas.

