La noche de los chacales
La ciudad se miraba espantada en el espejo y, a la vez, miraba con perplejidad la ausencia de los gobiernos provincial y nacional.
Fue una noche de chacales. Córdoba se miró a sí misma con horror y miró a los gobernantes con perplejidad. De repente, la ciudad se pareció a Puerto Príncipe, sin el mar ni la devastación de un terremoto. Córdoba fue Mogadiscio, sin la guerra civil que feudalizó al Cuerno de África. Como haitianos y somalíes, los cordobeses vimos desaparecer al Estado. Se diluyó en un santiamén, irrumpiendo el hombre lobo del hombre que merodea las páginas del Leviatán. Hasta Jacques Rousseau habría dado la razón a la mirada pesimista de Thomas Hobbes sobre la naturaleza humana, de haber visto esas jaurías de lobos atacando a sus vecinos.Sobre la postal heroica del Cordobazo, cayó una postal moralmente deplorable. Las calles donde valientes obreros metalúrgicos y dirigentes dignificantes como Agustín Tosco habían enfrentado la represión de una dictadura fueron usurpadas por gente envilecida y grotesca que manoteaba lo que podía. No la empujaba el hambre, sino miserias más humanas que materiales. En la metáfora de Robert Louis Stevenson, Córdoba descubrió su " mister Hyde".Fuimos la verificación empírica de la entropía negativa y la tendencia al caos que describió Zygmunt Bauman en La modernidad líquida . También la confirmación de la "teoría de la ventana rota", con la que James Wilson y George Kelling explicaron el contagio del vandalismo.La ciudad se miraba espantada en el espejo y, a la vez, miraba con perplejidad la ausencia de los gobiernos provincial y nacional. La ciudad era un agujero negro, porque no había piloto de tormentas. El timón giraba enloquecido, sin que nadie intentara sujetarlo. Nadie se veía en la cubierta del buque a la deriva.Naufragaba el Gobierno provincial, sin que el Gobierno nacional ofreciera una mano al pueblo que se hundía. Por eso, además de la inoperancia local, sorprendió la negligencia presidencial.La pelota picaba sola en la puerta del arco y nadie supo hacer el gol. El gobernador, como los malos arqueros, había salido torpemente del área sin que algún defensor cubriera la valla, pero el equipo de la Casa Rosada pensó más con el rencor que con las neuronas y terminó perdiendo el mismo partido que perdió José Manuel de la Sota.Quizá nunca quede claro si los funcionarios extraviados en la noche pidieron o no la Gendarmería. Si no lo hicieron, al déficit operativo se sumaría el déficit ético de priorizar una puja política por sobre la seguridad de la gente. Pero ni siquiera en ese caso se justificaría la inacción del Gobierno nacional.El jefe de Gabinete de la administración federal, Jorge Capitanich, justificando no enviar gendarmes a tiempo porque "la Provincia no los pidió", suena tan ridículo como un bañero diciendo que no salvó al nadador que se ahogaba porque este no se lo había solicitado. Estado ausente Cometiendo un gigantesco error de cálculo, el gobernador había viajado al exterior. A renglón seguido, la Policía convirtió a la ciudad en una "zona liberada" y la sociedad quedó huérfana de liderazgos. El Gobierno nacional podía y debía llenar el vacío de poder que se estaba produciendo. Si lo hacía, además de cumplir con el deber, habría logrado otros dos objetivos: conquistar la adhesión de una provincia que le es reacia y sepultar el liderazgo delasotista con el contraste entre su acción y la inacción local.La pelota picaba en la puerta de un arco desguarnecido. Bastaba con que en ese anochecer aterrador la Presidenta o el jefe de Gabinete aparecieran en las pantallas llevando tranquilidad, diciendo que el Gobierno nacional estaba a disposición de las autoridades locales y que la Gendarmería estaba lista para entrar en acción enseguida. Eso habría llevado calma a los indefensos e intimidación a los envilecidos.Los cordobeses esperaban esa señal de autoridad. Los gendarmes hubieran sido recibidos como un ejército salvador. El gobierno kirchnerista tuvo una oportunidad única de derrotar al delasotismo, haciendo lo que una sociedad desamparada necesitaba con urgencia. Pero no hubo cadena nacional para anunciar lo que la ciudad necesitaba escuchar. Nadie apareció diciendo lo que era imprescindible decir. Al contrario, lo que hubo fue más vacío.También el Estado nacional había desaparecido. "La década ganada" parecía desembocar en 2001. Ese híper-estatismo omnipresente se convirtió en el "Estado ausente" que el relato oficialista jura haber erradicado.En lugar de contrastar su presencia con la ausencia del gobernador, Capitanich anunció que viajaba a Paraguay y que no enviaría la Gendarmería. O sea, también él se fue, aumentando el vacío de liderazgo; con el agravante de que a esa altura de la jornada ya estaba claro que Córdoba se hundía en un caos peligroso.Lo único que parece explicar tanta negligencia es la fría decisión de apostar al hundimiento de la dirigencia local en el agujero negro que tragaba la ciudad. Fue la apuesta brutal al derrumbe de un liderazgo "enemigo", por más que sepulte vidas y bienes.Aunque temprano pudieron aparecer Capitanich o la Presidenta, terminó apareciendo muy tarde el gobernador. Entre insólitos aplausos, hubo anuncios que sonaron al "Felices Pascuas, la casa está en orden". En las calles, mister Hyde volvía a ser el doctor Jekyll. Y a Córdoba le crecía un hematoma en el orgullo.

