La idolatría al palo
Ningún humano debe ser reverenciado hasta el punto de negar su propia y falible humanidad.
H ace no mucho tiempo, revolviendo viejos canastos, encontré en casa algunos pósters de mi temprana adolescencia. Reaparecieron –entremezclados y de golpe– Rocky, la selección nacional campeona del mundial '78 y los cuatro fenomenales músicos de Queen sobre unas polvorientas láminas, gigantes y arrugadas. Supongo que –como cualquiera de nosotros– en aquella tierna época los habré llamado "ídolos", sin tener cabal conciencia de lo que significaba tal desmesura. Eran semidioses, poderosos e incuestionables. Portaban un halo de genialidad maravillosa al que seguramente yo de algún modo esperaba alcanzar. Pasaron los años, y ciertas desmesuras dieron paso a un poco más de conciencia sobre el peligro de la idolatría. En mis primeros atisbos de estudios rabínicos me sorprendía la enorme inversión que la tradición judía asumía para confrontar semejante idea. La veía exagerada, ajena a veces. ¡Si hasta el segundo de los 10 mandamientos se refería a ella, prohibiéndola de cuajo, en cualquiera de sus múltiples presentaciones!De a poco, empecé a darme cuenta. Nunca se trató de lo literal de la existencia de "otros dioses" a los que por supuesto estaba vedado adorar. Se trataba de uno mismo y del riesgo de perderse en perfecciones idealizadas, en delicadísimos endiosamientos de otros seres, un peligroso ejercicio del que nadie está exento, pero del que indudablemente vale la pena correrse a tiempo.Por aquellos tempranos años, un jueves me animé a ir a la Plaza de Mayo, y un poco de costadito, sin que se notara tanto, di la vuelta a la Pirámide un jueves lluvioso junto a unas pocas señoras con pañuelos blancos en sus cabezas. Yo era chico, y la dictadura se estaba yendo. Sin los pósters apropiados, sumé a mi lista de ídolos a Hebe, a Alfonsín y a Maradona. Ya en el seminario, me di cuenta del sentido de la máxima bíblica, de la maravilla de La Torá. Nadie debe ser idolatrado, ningún ser humano debe ser reverenciado hasta el punto de negar su propia y falible humanidad.Gracias a Dios (¡qué frase apropiada para este momento!), me fui decepcionando de cada uno de ellos, a distinta escala y modo, sin dejar de considerarlos ejemplares en sus respectivas áreas de incumbencia. Crecí. Abandoné la idolatría. Creo...* Rabino, miembro de Comipaz

