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La grandeza del país, en manos de los docentes

Se debe escuchar el clamor de los alumnos que rechazan una escuela repetitiva, aprisionada en viejos modelos alejados de su problemática.

09 de julio de 2014 a las 12:02 a. m.
Gladys Seppi Fernández*
La grandeza del país, en manos de los docentes

T al vez la lectura de esta nota provoque en muchos un gesto de pro­testa: "¿Una responsabilidad más para los abrumados docentes?" Aun ante ese riesgo, lo afirmamos: está en manos de cada maestro y profesor la salud del país. Incluso más: de la salud psíquica del docente, de su propio crecimiento personal, depende que cientos de personas sean guiadas hacia una vida más plena y más digna de ser vivida. La grandeza del país en la que todos debiéramos empeñarnos no bien salgamos de la profunda crisis en la que estamos subsumidos no se logra con decretos, órdenes, miedo, ni con discursos vacíos de significación. Tampoco con palmadas sobreprotectoras que prodigan los directivos de los agremiados que aconsejan la férrea defensa de los derechos sin hablar nunca del deber.La grandeza de un país se sustancia en la multiplicación de personas formadas humanamente, en inteligencias despiertas para el hacer y el construir, dispuestas a un permanente desarrollo individual, (lo que quiere decir llegar a lo más que cada uno puede ser).Necesitamos de la suma de capacidades, juicios críticos, crecimiento personal, participación y creatividad; de más individuos amando la vida, su lugar, su sociedad, la Nación a la que tanto se invoca. Los docentes están, o debieran estar, capacitados para educar al individuo desde el momento en que los padres confían a la escuela la formación integral de sus hijos. Y lo hacen porque ellos mismos, la mayoría de los padres, el grueso de la población, no fueron despertados a la construcción consciente de sí mismos.La crisis actual desafía a un cambio urgente y son los docentes, los que transmiten conocimientos, los que están en contacto diario con los chicos, los únicos que pueden orientarlos, ayudarlos a darse cuenta, a despertar sus conciencias. Pero eso exige el despertar de la propia conciencia del docente argentino. Despertar su autoestima, la consideración de su vital tarea, de que es esencial para elevar la vida del país, aunque la sociedad y los gobiernos sigan dormidos.La crisis de la educación argentina es un llamado de atención sobre la necesidad del propio crecimiento. Y una manera de surgir a la posibilidad de crecer es empezar a hacernos cargo de críticas de grandes pensadores como Claudio Naranjo, que señala que "si en educación estamos tocando fondo, hay que reconocer que tenemos la educación que tenemos porque tenemos los docentes que tenemos".

Hacerse cargo

La mirada reprobatoria de grandes pensadores y también la esperanza de mejorar para beneficio de todos, está puesta en la docencia, que ya no debiera justificarse desviándola a las autoridades, al sistema, a la sociedad de consumo, a la rebeldía del alumno actual, (aunque bien sabemos que existen), sino haciéndose cargo de que por estar en contacto con los chicos es quien puede darles un ejemplo constructivo.

Las dificultades están y seguirán estando, pero lo que llega a la escuela desde fuera de ella no puede ser cambiado ni mejorado, porque, justamente, “tenemos la sociedad, los gobernantes, las autoridades que tenemos porque tenemos la escuela que tenemos”. Una cadena de acusaciones sin fin que no vale la pena sostener.

Echarle mano a la realidad con voluntad de cambiar para beneficio de todos es aceptar que corresponde a los formadores del ser humano, a cada maestro o profesor, hacer frente al reto y ponerse a trabajar con una renovada disposición y pensando que un cambio beneficiará en primer término su propia vida, porque despejará su desgano de hoy, su falta de fe siempre decepcionada por el afuera. Le dará alegría a su trabajo y salud a su mente.

Si se abre el entendimiento a la macrovisión del mundo y observa que la humanidad siempre está creciendo en espiral, marchando hacia un orden superior, aunque sea ­entre subidas y caídas y aunque muchos seres no tomen conciencia de estos profundos significados, se empujará el cambio.

La idea de evolución, progresión y superación permite ver que educar no es seguir repitiendo viejas lecciones intransferibles a la realidad; que se debe escuchar el clamor de los alumnos que rechazan una escuela repetitiva, aprisionada en viejos modelos alejados de su problemática, con contenidos sin interés, memorizados y transmitidos sin alma, que solamente cumplen directivas de teóricos de escritorio.

No estamos en la escuela para lograr que las generaciones venideras repitan la nuestra, sino para que, a partir de nuestros yerros y aciertos mejoren, y vayan al encuentro del hombre maduro y superior que la mayoría de la gente de hoy todavía no ha sabido construir en sí misma.

Cada docente debiera hacerse un profundo análisis interior y actuar con libertad de conciencia, pensando que puede, que debe aportar aunque sea un poco más de convicción al cambio que está en camino y que se nos viene encima, atropellándonos o integrán­donos, según lo vea cada uno, sumando o restando. Cada docente debiera decirse: Deseo y apostaré a una docencia digna de ser vivida.

*Especialista en Educación