La economía iba para un lado; la política, para el otro
Los estados no pueden focalizarse sólo en la calidad institucional, descuidando la calidad de vida. No son incompatibles, pero una es prioritaria. Mario Riorda.
"Antes de Lula, parecía que la economía iba para un lado y el pueblo para el otro. Cuando se encontraban, el pueblo era siempre atropellado". Así lo relata un spot de la candidata Dilma Rousseff, en Brasil, país que mañana elegirá al sucesor del actual presidente. Y continúa: "El país aprendió a crecer con inclusión social y distribución de la renta". Fuerte similitud tiene ese relato con otros discursos oficialistas de Latinoamérica, incluyendo el de la Argentina. Ninguno está exento de fuertes polémicas y tensiones. Días atrás, Cristiano Rattazzi –presidente de Fiat Argentina–, manifestó que "lo fundamental es administrar bien el país y no hacer política todo el tiempo". A mi entender, refleja un discurso que duró 20 años: el de gobiernos débiles frente a la economía. Gobiernos que gerenciaban la calidad institucional y modernizaban las estructuras administrativas según recomendaciones de los organismos multilaterales. El Estado no estaba para resolver las brechas sociales, sino para mirarse a sí mismo. La política transforma. Al leer esa legítima concepción, creo necesario advertir que la administración no transforma. Sólo la política transforma y tiene el imperativo de hacerlo todo el tiempo. Que se esté cerca o lejos de los oficialismos, que se piense a la política con otro estilo, es otra cosa. Pero es complicado volver a subestimar el peso del Estado como instrumento de redistribución. El mercado y la administración tecnocrática han demostrado que lo bueno para la economía no es necesariamente bueno para la mayoría ciudadana. El politólogo Mangabeira Unger afirma que suelen plantearse como antinomias la política transformadora antiinstitucional versus la política institucional antitransformadora. Comparto y es preocupante ese reduccionismo. Creo firmemente en la voluntad transformadora, en la de las personas más que en la de las instituciones (que, a fin de cuentas, también son personas). Pero también defiendo los controles y los límites. Son necesarios para todo. La institucionalidad tan declamada por estos días representa eso: procesos, reglas de juego claras y también límites y controles. Me cuesta comprender las posturas políticas que buscan frenar acciones ejecutivas sólo por la especulación electoral, que buscan cambiar el voto por el veto. Argentina, inmersa en una región que se plantea cuestiones similares, ve que el debate político –reclamado como necesario para una democracia de alta intensidad– está mostrando quién es quién y qué objetivos, ideologías y creencias hay detrás de cada postura. El país de hoy tiene algo menos de hipocresía que el país de ayer: discusiones ideológicas explícitas no son necesariamente un mal presagio. Sin inocencia, el mercado es el primero que se da cuenta de ello y no se lo ha visto reaccionar en forma negativa. La política importa y está recuperando terreno. Los votos dirán regularmente qué tipo de política prefieren los argentinos. En una sugestiva columna periodística, Alejandro Rozitchner instaba a la "sedición de los moderados, el movimiento de las personas que quieren simplemente que las cosas sean lo que son". Más bien, creo que las cosas son lo que queremos que sean. Pero no todos tienen la posibilidad de disfrutar de lo que quieren ser. Pregunten a la gran cantidad de pobres que forman parte de la ciudadanía latinoamericana si están cómodos siendo pobres; si son pobres por convicción. A pesar de que no son pocas las personas que siguen pensando esto, el razonamiento obvia a quienes están a la intemperie de la protección social. Para quienes así piensan, ser felices es sólo una cuestión dada o de propósitos personales. Leer la historia es el mejor modo de darse cuenta del error de esas premisas. Ideologías o gestión. Todo un lado del espectro ideológico plantea la idea de remover de modo realista y posible los obstáculos que hacen a las personas más desiguales, mientras que otro sector cree que no hace falta ideología porque los órdenes naturales son inspiradores para el desarrollo y todo nos viene dado; sólo hay que aprovecharlo. Sostienen que la gestión es lo que vale y no las ideologías. Que con calidad institucional y modernización, sólo restan soluciones. El spot de Rousseff sigue: "Cada avance social es un avance económico y cada avance económico es un avance social". Es el mensaje de las transformaciones sociales que evidencian Brasil, Bolivia y Argentina, sólo por citar tres ejemplos regionales. El impacto de la redistribución del aumento del gas en Bolivia está habilitando un empoderamiento ciudadano del que no se tiene memoria, destinado por ley a diferentes colectivos sociales. La inversión social respecto del producto interno bruto (PIB) no tiene precedentes en la Argentina (más de 10 por ciento) ni en Brasil. El gasto per cápita de ambos países es el más alto de América latina, con 1.094 y 589 dólares, respectivamente. Ambos registran en la región la mayor transferencia de ingresos al sector social con la asignación universal por hijo (0,9 por ciento del PIB) y el Plan Bolsa Familia (0,8). La reducción de la pobreza adquiere parámetros de tendencia en ciclos económicos expansivos y consolidados. Desde mi concepción, los estados no pueden focalizarse sólo en la calidad institucional, descuidando la calidad de vida. No son incompatibles, pero una es prioritaria. La administración, por más eficiente y colmada de calidad institucional que esté, no es garantía de transformación. Ese es el terreno de la política. De la que más le guste a usted, pero de la política.

