La deuda interna sigue impaga
El kirchnerismo y el menemismo –dos modelos políticos que se interpelaron a lo largo de esta década– no pudieron con la pobreza estructural. Ninguno acabó con la matriz de la desigualdad.
"Mi amigo, espero en usted un compañero que me ayude y quien conozca en mí la sencillez de mi trato y la pureza de las intenciones que Dios sabe no se dirigen, ni se han dirigido nunca, más que al bien general de la patria". Eso escribía un Manuel Belgrano en harapos mientras esperaba por José de San Martín. Ambos ardían entonces –como lo hacen hoy– en la conciencia de los pueblos libres. Tracemos la parábola hacia el presente y sus actores.Mujeres y hombres administradores de la cosa pública son hoy autorreferenciales hasta la exasperación, consagrados a la tarea de domesticar las expectativas del pueblo con razones siempre emotivas, cifras estadísticas camufladas y mucha manipulación en los mensajes de heroísmo militante. Cada quien en su jurisdicción se ve alcanzar alturas que muy probablemente la historia no les tenga reservadas.Diez años de crecimiento, superávits gemelos y políticas de asistencia social como la Asignación Universal por Hijo (AUH) no fueron suficientes para derrotar la pobreza de fondo, cifrada en el orden del 27 por ciento al final del año pasado y que después vendría a lastimar más aún la devaluación de enero.
Dos modelos, un resultado
¿Cómo hace una familia con cinco hijos, cobrando la AUH de 460 pesos, o sea, 2.300 pesos mensuales, si para superar el umbral de la indigencia todavía le son necesarios otros 200 pesos, según datos del último informe de 2013 del Centro de Investigaciones Participativas en Políticas Económicas y Sociales (Cippes)?
En la década de 1990, el desmantelamiento del aparato productivo, sumado a la desarticulación de la estructura estatal, larvó una pobreza del 26 por ciento. Hoy los trabajadores luchan para no caer en ese estado perturbador, infecundo, la mayor de las injusticias humanas.
Sin embargo, los datos de referencia en tiempos políticos pueden confundir mucho más que lo que aclaran.
Al final de aquel período justicialista conservador, el diario
Página/12
publicó un informe confidencial del Banco Mundial según el cual la pobreza superaba el 36 por ciento: 13.400.000 argentinos no conseguían llegar a una canasta básica de alimentos y servicios.
Exprimiendo los datos, se concluía que en la región del Noroeste argentino (NOA), el 56 por ciento de la población se debatía en la pobreza.
El kirchnerismo y el menemismo –dos modelos políticos que se interpelaron a lo largo de esta década– no pudieron con la pobreza estructural. Ninguno acabó con la matriz de la desigualdad.
En la provincia de Córdoba, en tanto, pervive un programa alimentario de emergencia después de 31 años –el Paicor–, mientras crecen la marginalidad y el trabajo “remunerado” en el mercado de la droga para chicos y jóvenes sin futuro ni contención.
En ese ámbito desgraciado, la Policía acentúa el dispositivo cerrojo sobre los sectores emergentes y en emergencia, para desbaratar la imagen que de ella se tiene y fogonear la expectativa electoral del gobernador.
Asociación de lucro
En la ciudad de Córdoba, amigos, militantes de la noche –o lo que sea que quieran ser estos jóvenes radicales que administran la cosa pública– arrasan con las expectativas de los que creen que la política puede ser aún un instrumento de cambio. Sacuden el relato radical de institucionalidad y corrección sin deslices, haciendo de cada oficina municipal un nicho de negocios turbios.
Nadie podría exigirles que se prodiguen como los notables arriba citados o como lo hicieron tantos otros antes y después de ser lo que somos como Nación. Es demasiado pedir para cualquiera.
Se trata, quizá, de desmontar el discurso plagado de intenciones que no tienen correlato en la obra, en la acción política. Poner por encima de las necesidades del pueblo sus propios proyectos de consagración es lo que despega a cualquiera de estos gobernantes con nuestros propios “padres fundadores”.
En la hora sin sombra, sólo el sol nos tiene cautivos. No hay astros en la escena política que marquen un derrotero sin obstáculos para armonizar demandas y recursos. Mirada y escena. Dolor y respuesta. O sí, al menos ese parece ser el desafío popular por delante.
Ahora, que asoma un nuevo compromiso para sostener el rumbo democrático, es bueno recordar que los ciudadanos son dueños de sus decisiones, y allí todo puede pasar, porque la mayor libertad que tutela la democracia es la de equivocarse. Nadie tiene legitimidad alguna para encarcelar esa perspectiva tan básicamente humana.

