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La “década ganada” por los feudos provinciales

La mayoría de los feudos provinciales de esta época también está encabezada por personajes que no se privan de nada, porque sus orígenes se reconocen en las clases acomodadas del interior más profundo.

05 de septiembre de 2015 a las 12:01 a. m.
Gustavo Di Palma*
La “década ganada” por los feudos provinciales

Políticos que viven en la opulencia y votantes hundidos en la miseria, clientelismo y fraude electoral, impunidad y prepotencia que deriva en represión.

Tucumán asomó, en los últimos días, como el rostro más descarnado de una concepción de la política brutalmente esculpida por las prácticas del caudillismo oligárquico, que tres décadas de democracia ininterrumpida no pudieron erradicar.

Algún eslabón perdió la democracia argentina en los últimos 32 años para que haya semejantes signos de involución, extendida en la mayor parte del territorio nacional.

Mal que les pese a los que creen que en la última década el país recibió un baño de progresismo benefactor, la cruda realidad demuestra día a día que el deterioro generalizado de parámetros sociales, políticos e institucionales tuvo una profundidad inusitada por estos años. En semejante escenario, los “barones” del conurbano bonaerense y los “patrones de provincia” se mueven como peces en el agua, según parece.

El fortalecimiento del caudillismo va exactamente a contramano del esquema imaginado por Néstor Kirchner en 2003, al menos si se tienen en cuenta las señales que daba el entonces presidente en la primera fase de este largo ciclo. Su idea era construir consenso a prudente distancia de los actores clásicos de la política criolla, nutridos por lo general en las siempre cálidas aguas del peronismo.

El problema es que el patagónico, a su turno, también engrosó el círculo de poderosos gobernantes que, al amparo del sello ganador del PJ, edifican sistemas de poder que los llevan a suponer que sus provincias son parte de su patrimonio personal.

Nada garantizaba, pues, que su ADN político hubiera cedido lugar a una visión de la cosa pública más afín a una democracia ejemplar. Las circunstancias, tarde o temprano, hicieron brotar de los poros del matrimonio presidencial sus verdaderas inclinaciones, es decir, el tipo de política con la que se sienten más a gusto.

La extrema centralización que se verificó en la última década, hasta el punto de que la organización federal del país se convirtió en una cáscara vacía, sirvió para disciplinar políticamente a los dueños del poder de tierra adentro. Pero las presidencias de los Kirchner, Néstor y Cristina, jamás embistieron contra aquellos que, después de todo, fueron los más fieles acopiadores de votos para sostener su “modelo”.

Los caudillos del siglo XIX son descriptos como líderes que eran dueños de una popularidad espontánea e irresistible. Si bien provenían de cunas patricias y fueron educados en las mejores escuelas, habían desarrollado capacidad para entender el ánimo de la gente común poniéndose a la cabeza de la defensa de los intereses locales frente a las pretensiones de Buenos Aires.

Esas fuentes de prestigio y legitimidad los convirtieron en una institución suprema y así fue como terminaron ejerciendo su autoridad. La habilidad de mando y el carisma eran virtudes que la masa popular admiraba.

El historiador revisionista Felipe Pigna vincula la figura de los caudillos con el “sostén de las ideas republicanas y federales enfrentadas a los intereses de los porteños”. Pero también pone de relieve otra característica: “La mayoría de ellos eran terratenientes que se habían destacado en la defensa de las fronteras, en la lucha contra el indio o participando en las luchas por la independencia. Los ejércitos gauchos que habían creado estaban estrechamente vinculados a la institución que les dio origen y que se fortalecía cada vez más, la estancia”.

Para una definición más abarcadora de los caudillos del interior, a la mirada que rescata sus valores republicanos y federales habría que añadir una definición clásica del historiador José Luis Romero, cuando habla de “democracia inorgánica”: autoritarismo con características vagamente democráticas, antiliberalismo y defensa de los territorios a través de ejércitos personales.

Pese a la inexistencia de pergaminos patrióticos y la ausencia de ejércitos personales (al menos a la antigua, porque hoy son más bien cortes de alcahuetes y militantes rentados), el caudillismo contemporáneo del interior es una réplica fiel, aunque con saco y corbata, de aquella versión discutida en los libros.

Sus modales y métodos, claro está, tienen el tufillo rancio de la oligarquía que dominó la política cuando el siglo XIX se despedía y el XIX estaba en pañales.

La mayoría de los feudos provinciales de esta época también está encabezada por personajes que no se privan de nada, porque sus orígenes se reconocen en las clases acomodadas del interior más profundo.

Son dueños de mucho capital (campos, inmuebles, vehículos, empresas), exhiben títulos universitarios y enorme destreza política para manejar a las masas populares, alejadas siempre de la privilegiada situación de sus “benefactores”. Para los caudillos “modernos”, sus provincias son una extensión de su patrimonio.

Salvo que algún historiador revisionista del futuro crea ver vestigios republicanos y federalistas en esta década por ahora definida como “ganada”, en la mayoría de los feudos del interior lo que más escasea es la división de poderes y la voluntad de hacer valer los intereses del interior sobre las imposiciones del gobierno central.

Las legislaturas y la Justicia de cada provincia caen en el lugar común de ser escribanías de los poderes ejecutivos y no hay necesidad de levantar la bandera de los principios federales: es más cómodo recibir remesas de dinero de la Nación en premio a la fidelidad, para mantener clientelas y concentrar cada vez más poder.

Como si fuera poco, desde 1983 hasta la fecha se produjo un fenómeno más que llamativo: en lugar de simplificarles las cosas a los votantes para hacer cada vez más transparente la democracia, hoy el país tiene el sistema electoral más complejo y estrambótico que se pueda imaginar. “Un quilombo”, como bien lo dijo la BBC en un informe sobre las primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (Paso). Pero para analizar eso se requiere mucha más tinta todavía.

*Periodista, investigador adscripto en el programa Historia Política de Córdoba, Centro de Estudios Avanzados de la UNC