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La culpa es mía

Tenemos una escuela ­dependiente, obediente y, por lo mismo, poco creativa, poco ­resuelta a hacer lo que debe ­hacer para crecer, para su superación.

10 de junio de 2015 a las 12:01 a. m.
Gladys Seppi Fernández*
La culpa es mía

Sabemos que la educación argentina necesita muchos ajustes, los que se hacen más perentorios a medida que el descuido que emana desde las autoridades educativas hacia educadores, padres y alumnos va relajando las cuerdas que la deberían mantener orientada a fines claros, un norte, metas pensadas, comprometidas y comprometedoras. Uno de los aspectos más diluidos, borrados y no tenidos en cuenta en la educación de nuestro país –que, sin embargo, es y debe ser considerado fundante, básico, esencial al hombre– es lograr la autonomía del educando, impulsarlo a su independencia, al responsable manejo de sus decisiones.Ser y obrar como una persona independiente habla de responsabilidad y realización del propio desarrollo, de madurez, que es a lo que apunta cada una de las etapas por las que el ser humano transita.Además, si el paso por la escuela pudiera lograr de forma gradual personas que se conocen a sí mismas, que se inquieren, se preguntan, se cuestionan, buscan a su debido tiempo, en la alta niñez y la adolescencia, su identidad, su ser propio y único sentido vital –lo que lo distingue–, se sumaría al crecimiento de la especie humana, el ser en todos.¿Lo han pensado así quienes dirigen la educación? ¿Se busca formar seres que se encuentren a sí mismos en el gran concierto de las voces múltiples del mundo, del país, del barrio, de su propia familia, y se hagan cargo de su destino individual? ¿Se ha pensado en sujetos que maduren su ­personalidad y que puedan responder desde sí –y no desde la opinión ajena– los ­mandatos de otros, del padre, maestros, líderes sociales?Si, como vemos, los adultos argentinos actúan siempre culpando a los demás de su "mala suerte", de sus desgracias personales, de su pobreza, de lo que les sucede, los resultados negativos se irán agudizando y la pobreza, la desgracia personal, la mala suerte, irán en aumento.¿Qué tiene que ver la escuela con este déficit formativo de tantos habitantes de nuestro país? Simplemente que ella misma está inmersa en el vaciamiento generalizado de fuerzas para crecer desde su lugar y con autonomía.Tenemos una escuela dependiente, obediente y, por lo mismo, poco creativa, poco resuelta a hacer lo que debe hacer para crecer, para su superación.La escuela está subsumida en la misma realidad que envuelve a todos los que no se han vuelto seres conscientes, y esto se refleja de modo dramático en las mediciones internacionales que evalúan nuestro rendimiento educativo.Educar a un ciudadano autónomo, responsable y creativo debería ser la meta más urgente y destacada en nuestro país, lo que exigiría cuestionarnos y hacernos preguntas tales como: ¿por qué crecen más y nos superan otras personas y otros países? ¿No será que se hacen cargo, que se responsabilizan, que no culpan a los demás (como nos sucede a nosotros) de sus errores sino a sí mismos, lo que les permite ver, aceptar y corregir sus fallas?Sin embargo, una acendrada concepción nos sigue haciendo creer que hay que dejarlo pasar, olvidarse y que el tiempo dirá y lo solucionará.Así nos va.Además, la realidad nos avisa que somos malos lectores de lo que dicen y enseñan los buenos libros, porque al negarnos a leer, nos negamos a las experiencias que nos pueden ampliar la mirada hacia una cosmovisión sin tranqueras.A pesar de las buenas ventas de libros para el pasatiempo y la ­evasión, es necesario que la educación logre lectores reflexivos que puedan pensar y actuar con criterios propios y creativos.Lamentablemente, ­en el hogar y desde muy niños, se aprende a culpar a los padres; en la escuela, a pedir los fáciles aprobados, y en la sociedad, a exigir una vida fácil, mate en mano, charla con el vecino y televisión prendida durante horas. Total, siempre habrá a quién echarle la culpa.

*Escritora, especialista en Educación