Kicillof, ajuste y espejismo
Kicillof no era una señal del rumbo elegido, sino el señuelo para hacer un viraje abrupto sin perder el respaldo de una militancia que parece más adicta al discurso del kirchnerismo que a la realidad.
En materia económica, el Gobierno nacional parece un médico que mientras amputa una pierna gangrenada, dice estar masajeando un músculo con desgarro. Lo que hace no tiene que ver con lo que dice hacer. Si las palabras coincidieran con los hechos, debería admitir públicamente que lleva años transitando un camino equivocado y asumir errores gravísimos, como falsear las estadísticas, ignorar el problema inflacionario y mantener subsidios injustificables.Tal admisión implicaría darles la razón a quienes llevan tiempo criticando la deriva económica. Entre tantos, los exministros de Economía Roberto Lavagna, Miguel Peirano y Martín Lousteau.Es raro ver que alguien hace algo totalmente diferente a lo que dice estar haciendo. También es raro usar otras palabras para hablar de lo que, aquí, siempre se llamó "ajuste", "inflación" y "tarifazo".Es sencillamente absurdo y resulta contraproducente, porque impide una explicación coherente y global de las medidas que se toman, los problemas que intentan solucionar y las metas que permitiría alcanzar su implementación.Sin esa explicación, persisten incertidumbres que dificultan los buenos resultados que el Gobierno espera lograr con el giro copernicano que está dando.Entonces, ¿por qué Cristina Fernández no llama a las cosas por su nombre, admite el viraje de la política económica y presenta lo que hace como un programa, para que no parezcan medidas sueltas?Por la misma razón que la llevó a designar a Axel Kicillof en el Ministerio de Economía, en lugar de darle el cargo a un economista más acorde con el nuevo rumbo. Por ejemplo, Mario Blejer.El sinceramiento de las estadísticas, el aumento de los combustibles, la reducción de subsidios y demás medidas de ese tipo no podrían haber sido ejecutadas por alguien como Blejer sin que las bases percibieran el final calamitoso del "modelo" kirchnerista. A semejante viraje tenía que hacerlo alguien de izquierda, para poder sostener el espejismo.Ahora está claro que la Presidenta cambió la dirección de la economía, pero no cambió la dirección del discurso. En las palabras, reina la hiperheterodoxia, pero sobre las acciones gravitan ideas más cercanas a la ortodoxia.Para que la militancia kirchnerista se quede con el espejismo y no con la realidad, Cristina Fernández nombró a un ministro formado en el marxismo y abrazado a una versión radical del keynesianismo.Kicillof no era una señal del rumbo elegido, sino el señuelo para hacer un viraje abrupto sin perder el respaldo de una militancia que parece más adicta al discurso y a la simbología del kirchnerismo que a la realidad. Polarización cultural Por cierto, los votantes de clase baja se guían por el poder adquisitivo de sus ingresos y no por el discurso. Quienes votan al Gobierno, lo hacen por el subsidio o por el trabajo, pero no por la descripción ideológica que el Gobierno hace de sí mismo. El panegírico está destinado a la adhesión político-cultural, algo propio de la clase media. Es en esa franja donde la procedencia política de un ministro importa más que lo que está haciendo.Al iniciar su presidencia, Néstor Kirchner dijo a un grupo de empresarios: "No se fijen en lo que digo sino en lo que hago". Pues bien, el espejismo consiste en decir a la clase media exactamente lo inverso: "No se fijen en lo que hago sino en lo que digo".Hasta aquí, el espejismo actuaba hacia el pasado, ocultando entre otras cosas el protagonismo de Kirchner en la privatización y extranjerización de YPF, así como los elogios y respaldos del matrimonio santacruceño al modelo económico de Carlos Menem y Domingo Cavallo.Pero en esta etapa de giro espectacular, el espejismo consiste en algo más sorprendente aún: la prestidigitación retórica del presente.En ambos casos, se trata de un placebo que sólo surte efecto en un sector de la clase media. Por eso el extraño fenómeno certifica el tipo de polarización generado por el kirchnerismo.En las naciones divididas por una fractura social, es legítimo generar polarización política, porque las oligarquías cuentan con instrumentos para mantener dividida a la mayoría pobre, de modo de retener su poder y privilegios.Hugo Chávez polarizó a partir de la fractura social. Pero la polarización kirchnerista (que en Argentina es llamada "la grieta") no se basó en una fractura social, sino en una fractura cultural que tienen todas las sociedades: la cultura política liberal y la cultura política autoritaria.Sencillamente, las mentes liberales rechazan el verticalismo, el personalismo y el poder excesivo y omnipresente del Gobierno, mientras que las mentes autoritarias dan prioridad a los objetivos que se plantea el poder por sobre las formas con que procura alcanzarlos.Estas culturas políticas tienen sus respectivas izquierdas y derechas, pero la gravitación de ambas se da de forma predominante en las clases medias. Por eso, polarizar sobre la fractura cultural es una forma ilegítima y artera de construir poder.En las clases altas y bajas, las cosas tienden a prevalecer sobre los símbolos. Por mezquindad en unas y por necesidad en las otras, lo que obtienen tiende a importar más que los mecanismos políticos que permiten la obtención. Pero en las clases medias, los símbolos tienen más peso, debido a que hay una mayor gravitación de las culturas políticas. Por eso, es allí donde está el bastión de adhesiones que el espejismo procura sostener.

