Economía y política. John Maynard Keynes y el presente

El economista inglés combate con argumentos el pesimismo de su tiempo acerca del futuro (vivía en los años de inicio de la Gran Depresión de los años 1930), algo muy parecido a la sensación que siente mucha gente en nuestros días.

14 de abril de 2026 a las 12:04 a. m.
Diego Miguel Jiménez
John Maynard Keynes y el presente
¿Y cuál es ese problema económico persistente y fundamental? La lucha por la subsistencia, que ha sido el dilema acuciante del género humano. (Pexels)

La velocidad del cambio tecnológico, la irrupción de la inteligencia artificial en todos los ámbitos de la vida, la dificultad social de procesar las transformaciones que vivimos, cuyos efectos asimétricos producen nuevos problemas y dilemas que exigen respuestas, nublan nuestro entendimiento.

Al mismo tiempo, en los medios y en las redes, en el mundo editorial y del pensamiento, no dejan de crecer análisis, explicaciones, advertencias y pronósticos de toda índole acerca de lo que ocurrirá con nuestras vidas en un tiempo relativamente cercano. En un futuro que ya es presente.

En 1930, John M. Keynes escribió un breve ensayo titulado “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”, que puede iluminar la comprensión de lo que nos sucede, a la vez que suma más elementos al debate contemporáneo.

“Estamos sufriendo no el reumatismo de la vejez, sino los dolores crecientes que acompañan los cambios excesivamente rápidos”, escribe. Además, afirma, padecemos una nueva enfermedad: el paro tecnológico. Que significa desempleo, debido al descubrimiento de nuevos medios para economizar el uso del factor trabajo “sobrepasando el ritmo con el que podemos encontrar nuevos empleos para el trabajo disponible”.

Esto es algo temporal, argumenta, y en el largo plazo supondrá que la humanidad estará resolviendo su esencial problema económico.

Una nueva realidad

¿Y cuál es ese problema económico persistente y fundamental? La lucha por la subsistencia, que ha sido el dilema acuciante del género humano.

Si este se resolviese –Keynes pensaba que podía ocurrir en 100 años, según el ensayo al que nos referimos–, la humanidad se vería privada y a salvo de su preocupación por obtener los bienes y alimentos necesarios para su supervivencia. Aparecería, entonces, otro tema a resolver: ¿cómo usar el ocio que la ciencia y la multiplicación del capital habrán ganado, para vivir sabia y agradablemente bien?

Continúa: "No hay país ni persona, creo, que pueda considerar la era del ocio y de la abundancia sin temor. Porque hemos sido preparados demasiado tiempo para luchar y no para disfrutar”.

Ese mundo, que según el economista inglés alumbrará, será uno en donde estaremos menos ocupados por nuestra subsistencia, con menos horas de trabajo semanales; en donde ocuparemos nuestro tiempo libre con arte, ocio productivo y hobbies.

Una nueva realidad que cambiará nuestra valoración de las cosas y en la que ya no veremos la acumulación de riqueza como algo virtuoso en sí mismo. Sólo será vista como un medio para fines menos pueriles que el consumo y el lujo.

¿Tendrá razón?

Pero no es ingenuo, y por esa razón lanza esta advertencia: “¡Cuidado! Todavía no ha llegado el tiempo de todo eso… La avaricia, la usura y la cautela deben ser nuestros dioses todavía durante un poco más de tiempo, pues sólo ellos pueden sacarnos del túnel de la necesidad económica y llevarnos a la luz del día”.

Keynes combate con argumentos el pesimismo de su tiempo acerca del futuro (vivía en los años de inicio de la Gran Depresión de los años 1930), algo muy parecido a la sensación que siente mucha gente en nuestros días.

Confía en que el control del crecimiento de la población, la evitación de las guerras y conflictos al interior de los países, la confianza en las virtudes de la ciencia y la tecnología, sumadas a la tasa de acumulación del capital, harán su trabajo tarde o temprano. Para, finalmente, arribar a una sociedad mejor, luego de las inestabilidades de un cambio inexorable, pero beneficioso. ¿Tendrá razón?