Debate. Sobre “izquierdudos” y “derechópatas” en el país

En Argentina, la política quedó atrapada entre lo que podríamos llamar “izquierdudos” y “derechópatas”. Sobre unos y otros impera la “chantocracia” vigente, el sistema en el que el poder está en manos de chantas expertos en surfear sobre los unos y los otros para mantenerse a flote.

02 de mayo de 2026 a las 10:09 a. m.
Sobre “izquierdudos” y “derechópatas” en el país
El presidente Javier Milei visitó el Muro de las Lamentaciones, el lugar más sagrado para la oración judía, en la Ciudad Vieja de Jerusalén.

"Ser de izquierda, como ser de derecha, es una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”, escribió Ortega y Gasset en el prólogo de la segunda edición de La rebelión de las masas.

Cuando las democracias funcionan porque tienen culturas liberal-demócratas vigorosas, las cosas no son de ese modo. Pero cuando las culturas autoritarias imponen su lógica “iliberal”, aparecen los núcleos duros de apoyo a los líderes ideologizados. Y son versiones “imbecilizadas” de la izquierda y la derecha.

Los núcleos duros son secreciones de los liderazgos ideologizados. Fermentan en el odio político que supuran las grietas y son inmunes a la realidad evidente. Sencillamente prescinden de ver lo que en realidad es, para mantenerse inamovibles en lo que desean que sea.

De izquierdas o de derechas, se afirman en el aborrecimiento al otro. Y no aborrecen al otro porque aman al líder propio, sino que aman al líder propio porque aborrecen al otro.

En este tiempo, liderar es canalizar el odio político en beneficio propio. Los amores políticos se incuban en odios políticos. Sobre esos sentimientos exacerbados cabalgan dirigencias opacas, decadentes y corruptas. Tribus de oportunistas, generalmente mediocres, que usan la función pública como agencia de empleo para financiar “militancia” y también para traficar influencias, usando lo público como si fuera propio.

Mientras las dirigencias devenidas en funcionariados, magistrados judiciales y “ocupa-bancas” legislativas están en esos menesteres, los núcleos duros las defienden atacando con saña a los adversarios y a los críticos. Se auto-perciben “militantes” de doctrinas ideológicas que consideran verdades absolutas.

Atrapados entre dos ideologías

En Argentina, la política quedó atrapada entre lo que podríamos llamar “izquierdudos” y “derechópatas”. Sobre unos y otros impera la “chantocracia” vigente, el sistema en el que el poder está en manos de chantas expertos en surfear sobre los unos y los otros para mantenerse a flote.

Los primeros son los que Jorge Fernández Díaz llama “almas bellas”. Gente que prefiere la autosatisfacción ideológica por sobre el pensamiento crítico y necesita un “otro” que sea espantoso y deleznable. Si ese “otro” es un líder gris y superficial pero no encarna un extremismo maligno, igual lo consideran de ese modo.

Es el caso de la delirante consigna “Macri, basura, sos la dictadura”.

Mauricio Macri es insustancial, superfluo y gris. Una medianía exasperante. Pero no es la dictadura. Funcionaria de la dictadura fue Alicia Kirchner, viceministra en Santa Cruz por decisión de López Rega en 1975, y mantenida en el cargo por los militares hasta el último día de aquel régimen genocida.

Al gritar “Macri, basura, sos la dictadura” dejaron en claro que, si enfrente no tienen un fascista, los izquierdudos se convencen absurdamente de que sí lo es. Ahora, al minoritario pensamiento liberal-demócrata lo enfrenta un engendro fascistoide con rasgos psicopáticos.

Los ultraconservadores que salieron del placar con Trump, Bolsonaro y Milei, son agresivos con todo lo que perciben progresista, describiendo a quienes cuestionan a su líder como “kirchneristas” y acusándolos falsamente de no haber criticado nada de los gobiernos de ese signo político.

Hablan como si todo desquicio, corrupción y sectarismo del actual gobierno debiera disculparse en nombre de estropicios anteriores. Un razonamiento descabellado: como los otros fueron sectarios y corruptos, estos tienen derecho a ser vulgares, histéricos, socialmente crueles, arbitrarios y censuradores, además de sectarios y corruptos.

Ambos caen en lo que Hannah Arendt repudió escribiendo que quienes defienden un supuesto “mal menor” no perciben que están defendiendo un mal.

La derechopatía hace ver normal al Milei que llora a moco suelto en el Muro de los Lamentos y canta un tema melódico de Nino Bravo saltando y vociferando como si fuera un rock metálico de Iron Maiden.

Los derechópatas le creen cuando se “malviniza” porque Trump odia al Reino Unido gobernado por centristas, después de haber alabado a Margaret Thatcher minimizando el crimen de guerra que cometió al hacer hundir el crucero General Belgrano.

Con quienes señalan corrupción, los derechópatas recurren al estratagema de decir que los periodistas deben denunciar en la justicia antes de denunciar en los medios.

Como si ellos le hubieran dicho al Milei que rugía acusaciones tremebundas en programas de panelistas y en el Congreso, que presente sus denuncias en la Justicia antes de gritarlas o tuitearlas.

Superioridad autodeclamada

También hacen lo mismo que quienes respondían con “ah.. pero Macri…” cuando se criticaba al patético gobierno de Alberto y Cristina: para ellos, todo pasado malo justifica presentes peores. El truco de señalar como partidario del liderazgo anterior a quien cuestiona el actual.

Igual que los izquierdudos, los derechópatas posan de moralmente superiores. Peor aún: alcanzan tal nivel de fanatismo que se otorgan el derecho de insultar para silenciar cuestionamientos. Igual que sus líderes, reivindican la crueldad y los delitos aberrantes de una dictadura obtusa y criminal.

De ese modo, todos terminan siendo funcionales a la “chantocracia”, sistema que pone el poder en manos de avivados y oportunistas que fuman bajo el agua, pero son incapaces de generar desarrollo económico y social, con democracia y con la calma que sólo pueden irradiar los liderazgos inteligentes y serios.

Periodista y politólogo