Invisibles
Estuve ignorante e ignorado, lejos de las luces que pudieran mostrar quién era yo realmente. Los que decidieron dejarme en sombras estuvieron a poco de lograrlo. Pero todo cambió.
Un niño invisible. A veces siento que nadie me ve. No es algo que pase todos los días, pero sí cuando mis papás no me escuchan o me piden que "espere", que están "ocupados". También cuando llegan cansados de trabajar y, "encima", yo me porto mal. Son esos mismos días en que mi mamá me pide que termine el plato de comida, porque "eso no es comer". O cuando mi papá grita que soy "el peor hijo", porque no cuido mis juguetes.Por suerte, hay otros días en que mis papás sí me miran. Es como si se olvidaran de sus problemas, de lo caro que está todo, de que no tuvimos vacaciones y de pelearse entre ellos. Me miran, me ven y entonces ya no me siento invisible. Otro niño invisible. Muchas noches, cuando salgo a trabajar, me parece que me vuelvo invisible. Camino entre las mesas de un restorán y nadie me ve. Vendo linternas, de esas chinas que se prenden de atrás y que iluminan lejos; 15 pesos valen. Las muestro sin hablar y poniendo cara de "aproveche", pero la mayoría no hace ningún gesto. Algunos las miran pero no me miran. O, por lo menos, no a los ojos. Ya sé que ellos fueron a comer y conversar y que no les gusta que los molesten, pero ¿qué puedo hacer? Yo vivo de esto.Con amigos, pasamos primero por la casa del "Tito" para buscar mercadería; ahí nos dan mate cocido, charlamos un rato y después caminamos hasta la avenida. Nos repartimos las cuadras donde vemos que hay lugares para ofrecer.Hace poco me encontré con una pareja; estaban cenando. Él me llamó con la mano. Me pidieron que les mostrara las linternas y eligieron dos, una de cada color. Mientras las probaban, me di cuenta de que me miraban, directo a la cara. Después me preguntaron cómo me llamaba, cuántos años tenía y si quería comer algo. Les dije que no, gracias, y se preocuparon cuando supieron que había dejado el colegio. Me parece que no preguntaban cosas por lástima sino que, de verdad, querían saber de mí. Pagaron y me siguieron mirando hasta que me fui. Esa noche no fui invisible. Una chica invisible. Ser invisible no es difícil para mí. Lo consigo cada vez que entro al colegio. Apenas llego, parezco disolverme en el aire; hasta podría chocar con todos sin que alguien lo note. A principios de año, no era así, mis compañeras me miraban. Se burlaban, pero me miraban. Algunos, de mis anteojos; otros, de los granos; todos, de mi forma de caminar. Después dejaron de hacerlo y ahí comencé a desaparecer.Los chicos fueron sinceros de entrada; me ignoraron sin siquiera reírse. Eso me dolió más, porque ni fea me decían. Hasta sacaron la foto de fin de curso el día en que falté porque tenía fiebre. La mayoría de los profes sólo me miran un ratito cuando doy lección o me entregan una prueba. No estoy segura si me ven. Pero no todos son iguales; está la profe de Historia. Hace poco me buscó para preguntarme qué pensaba estudiar cuando termine el colegio. Le dije que no sabía. Ella sonrió. Sí, en serio, me sonrió. Pensó un rato y dijo que si me interesaba la materia, ella podía prestarme algunos libros. Cuando estoy cerca de ella, no soy invisible. Un exinvisible. Fui invisible por muchos años. Estuve ignorante e ignorado, lejos de las luces que pudieran mostrar quién era yo realmente. Los que decidieron dejarme en sombras estuvieron a poco de lograrlo. Pero todo cambió. Algo me llevó a hacer el análisis y ahora sé que soy uno de los nietos que estaban buscando. Ya no soy invisible. Nunca más.

