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Injusticia por manos propias

No, no y no. Siempre un “no” debe ser tan definitivo y terminante para condenar estos hechos que nos muestran lo peor de nosotros.

06 de abril de 2014 a las 02:02 p. m.
Injusticia por manos propias

“Un ladrón menos, 50 asesinos más”. Es una de las frases que gira y gira por las redes sociales en medio de este gran debate (muchas veces opereta) nacional que desataron los episodios de intentos de linchamiento contra ladrones de poca monta. Algunos, “exitosos”, como el que sucedió en Rosario, donde un arrebatador de cartera fue arrancado de la moto en la que iba como acompañante y fue pateado en el asfalto hasta dejárselo servido a la muerte, que se lo llevó en un hospital, dos días después. Y la frase tiene sentido, claro. Si hay necios que no entienden que la punta de sus zapatillas puede matar, o acaso lo saben a conciencia (por lo que deberían ser encarcelados por mucho, mucho tiempo), o que no entienden que si el más elemental y rústico sentido de justicia que manejan es ojo por ojo, y que en estos casos es ojo por muerte, estamos en uno de nuestros peores momentos como sociedad. No, no y no. Siempre un “no” debe ser, como ahora, tan definitivo y terminante para condenar estos hechos que nos muestran lo peor de nosotros (¿cuánto tendrá que ver en estos gestos la miseria de la Policía, que nos dejó solos en diciembre?) Mientras, las declaraciones de varios políticos sobre su versión del asunto más bien se parecen a La conjura de los necios (aquella novela de John Kennedy Toole). Es penoso ver a algunos líderes de la oposición tratar de sacar partido (juntar votos) del mal humor de la sociedad. La pregunta es cómo pretenden aspirar a que la sociedad se derrumbe para tener su tiempo, como si tuvieran capacidad de erguirla de nuevo. Mauricio Macri, por ejemplo, que pretende ser presidente dentro de un año y medio, ha dicho que se siente tranquilo porque su hija está en el exterior. Un argentino así, ¿a dónde puede conducirnos? Recuerda la frase de aquel presidente de final del siglo 20 y principios del siglo 21: “¡Qué ganas que tengo de irme a la mierda de este país!” No hay manera de justificar los linchamientos. Se los discute y se los condena (como lo hizo la Iglesia Católica) como actos de justicia por mano propia, aunque son episodios de injusticia por mano propia. No se condice el delito con la condena sangrienta de la patada en el piso, más la cobardía que da el hecho de atacar en multitud a un indefenso. Eso es alevosía y algunos estamos esperando que algunos de los pateadores vayan a la cárcel para intentar recomponer la brújula de la convivencia y la justicia en este país. Lo que sucede en estos días está lejos de ser algo que estalló ahora. Hace años, en esta misma columna, uno entendía que desde hacía varias décadas inmensos sectores habían quedado al margen de la sociedad de la que habían sido echados desde la dictadura hasta la década de 1990, y se preguntaba si ya era posible que algún proyecto político los reintegrara. De todos modos, no hay manera de pensar un futuro mejor sin justicia social. Se ha hecho mucho por la inclusión, como recuperar millones de puestos de trabajo, como la asignación universal por hijo. Pero ni la marginación social ni el delito han dejado de estar presentes. El sentimiento de inseguridad agobia, claro. Mientras, si hay un ratero que entra por una puerta de la cárcel y sale por la otra, pensemos que sucede lo mismo con los grandes delincuentes que le roban el futuro a toda la sociedad y a los que ningún vecino puede agarrar del cuello.