Debate. Las indigencias de Trump y los trumpistas
La caída de Orbán deja a Milei más solo en su admiración por el personaje vil que habita la Casa Blanca; el presidente norteamericano más cuestionado de la historia.
“Son tan pobres que sólo tienen dinero”. Bob Marley y Cristina Onassis habitaban universos sociales y culturales diferentes, pero coincidieron en la descripción de la indigencia moral, intelectual y cultural de muchos millonarios humanamente despreciables.
Si hoy vivieran, el músico jamaiquino y la hija del magnate griego probablemente coincidirían al describir de ese modo a Donald Trump y su entorno político y social.
Que el millonario presidente de Estados Unidos padece indigencia moral, intelectual y cultural siempre estuvo a la vista, pero había margen para que muchos fingieran miopía.
A esta altura, sólo los ultraconservadores más obtusos pueden seguir viendo en Trump a un estadista que lleva su país hacia una grandeza perdida por culpa del humanismo, las centroderechas y las centroizquierdas de la democracia liberal, y los intelectuales, artistas y científicos preocupados por el presente y el futuro de la humanidad. Pero cada vez son menos.
Aunque su partido tiene raíces que llegan hasta el fascismo, Giorgia Meloni es demasiado inteligente y tiene la soberanía intelectual y el nivel de vuelo propio suficiente para distanciarse del liderazgo impresentable del presidente norteamericano.
Más allá de los extremos
Nada de eso muestran muchos ultraconservadores que estuvieron en Budapest, junto con Javier Milei, para apoyar a Víktor Orbán, el quintacolumnista que Vladimir Putin y Trump tenían en Hungría para sabotear desde adentro a la Otan y a la Unión Europea.
Si no fuera por el líder de Maga y las ayudas que le dio en el FMI, los U$S 20 mil millones que mostró para rescatarlo de un colapso financiero y el mensaje a los argentinos de que si no ganaba Milei las elecciones legislativas, se olvidaran del salvataje, la economía argentina sería aún más inflacionaria y frágil de lo que es.
Pero es posible que si Trump no lo hubiera rescatado de aquellos abismos hacia donde marchaba su gobierno, Milei igualmente lo admirara con cholulismo. Él admira a los multimillonarios (siempre que no sean industriales) y los trata como seres superiores.
También se identifica con los ultraconservadores y con los líderes mesiánicos. En Trump convergen esos rasgos de modo tan visible como su vulgaridad, malicia, inmoralidad y negligencia.
Tales rasgos estuvieron siempre a la vista. No hacía falta verlo apoyar al autócrata húngaro para percibirlas. Tampoco verlo errático en una guerra en la que exhibió negligencia y desconocimiento.
Extraviado en un conflicto complejo, impredecible y peligroso, el mundo lo escuchó decir amenazas genocidas. Cosas que sólo alguien débil y obtuso puede decir con intención de amedrentar a un enemigo que, para colmo, es lo suficientemente dictatorial, oscuro y deleznable como para alimentarse de esas amenazas y fortalecer su posición en el conflicto.
A ese cúmulo de negligencias sumó una metralla de descalificaciones insultantes contra León XIV, el primer papa norteamericano de la historia y un hombre tan humilde como intelectualmente brillante.
Hubo casos en el siglo 20, como el de Josef Stalin cuando preguntó “cuántos tanques tiene el papa” al ministro que le aconsejaba no tomar medidas que disgustaran al pontífice de aquella época. O el dictador Wojciech Jaruzelski cuando entendió que Karol Wojtila, el primer papa polaco, apoyaría a Lech Walesa y al sindicato católico Solidaridad para tumbar el comunismo en Polonia.
Pero es inédito que el gobernante de una democracia enfrente de ese modo a un pontífice. También es raro que el Papa describa a su poderoso atacante como un déspota con “delirios mesiánicos”.
Ninguna persona racional y seria puede ver las estampitas que muestran a Trump como un Cristo milagroso y que el propio presidente difundió, y sorprenderse de que un coro cada vez más grande en Estados Unidos esté clamando por un juicio político que lo expulse del Salón Oval por “incapacidad mental” para gobernar.
Alineamiento acrítico
Habrá siempre un núcleo duro inamovible de fanáticos. Son feligresías abrazadas a sus emociones y sus creencias que siempre rondan el 30% de las sociedades. Desde que ideologización y populismo generaron “grietas” que supuran odio político, esos núcleos duros están en muchas democracias.
En Argentina los tienen Cristina Kirchner y Javier Milei. Mientras unos peregrinan a San José 1111, otros siguen considerando “enemigo” de “la casta” y de la corrupción al gobernante que llenó el Congreso de impresentables; defendió a tipos oscuros como José Luis Espert; procuró hacer juez supremo al turbio Ariel Lijo; tuvo como ministro de Justicia a Mariano Cúneo Libarona; en su entorno se urdió el sistema de sobornos con dinero para atender a discapacitados, y, como bien dijo Diana Mondino, por negligente o por corrupto fue parte de la criptoestafa $Libra, además de defender a Manuel Adorni con la misma energía con que expulsó a personas leales y presentables, como la excanciller Diana Mondino, el cofundador de LLA Ramiro Marra y el exjefe de Gabinete Guillermo Francos.
La caída de Orbán deja a Milei más solo en su admiración por el personaje vil que habita la Casa Blanca; el presidente norteamericano más cuestionado de la historia.
En materia de alineamiento acrítico de presidentes con Trump, Milei comparte con Delcy Rodríguez una estricta obediencia a lo que se les exija desde Washington. Y, por absurdo que parezca, no se trata de una paradoja.
Paradójico es que el magnate neoyorquino sea un indigente intelectual y moral. Alguien “tan pobre que sólo tiene dinero”.



