Maltrato infantil. La indiferencia que duele

Lucio, Ángel y muchos de los otros chicos a quienes se les arrancó su vida eran parte de un legajo; tenían familiares, maestros, asistentes sociales, asesores de menores y jueces que se suponía debían cuidar sus vidas. Pero sus expedientes se amontonaron en los juzgados, como tantos otros.

18 de abril de 2026 a las 12:03 a. m.
Marcela Nader
La indiferencia que duele
La muerte de Ángel, el nene de Comodoro Rivadavia que investiga la Justicia por presunto maltrato infantil.

De la indiferencia al horror, hay sólo un paso.

“No es mi culpa; no es mi asunto; no me afecta; no me concierne; no me interesa; no me pasa a mí; no me importa; no es mi caso”. Estas son algunas de las excusas que muchos, y principalmente los cercanos a los involucrados de gravísimos hechos, mencionan para no quedar pegados a asuntos peliagudos en la Justicia de familia, como los que lamentablemente se siguen repitiendo en nuestro país.

Y son precisamente ellos a quienes sí los afectarán estas muertes en el futuro si no hacen nada o si toman una decisión equivocada: jueces, asesores de menores, gabinetes psicológicos, asistentes sociales.

Los supuestos expertos que deciden las vidas de niñas niños y de las personas mayores, y desde hace un tiempo, también sus muertes. O, al menos, no previenen daños irreparables.

La historia reciente tiene cientos de ejemplos trágicos, bochornosos y prevenibles, y seguirá teniéndolos, porque no se aprende de los errores. La indiferencia se practica a diario.

Vidas de todas las edades, de familias enteras, se ven afectadas a diario por una decisión demorada, o tomada apurada, o de manera tendenciosa; juzgando apariencias y no contenidos, como últimamente se demostró por las falsas denuncias, tan difíciles de revertir y de ser reconocidas cuando ya es demasiado tarde y pasaron años; juzgando desde arriba sin profundizar; juzgando sin conocimientos o con conocimiento parcial de las historias de vidas que tienen en sus manos; juzgando sin escuchar a quienes le piden o les ruegan que se los escuche.

El abuelo de Lucio se convirtió en emblema para los miles de abuelos que no tienen voz. La indiferencia hiere lentamente.

Y siempre hay uno de esos expertos que dice: “Me encanta tu ignorancia”, como se le dijo al papá de Ángel cuando él les advirtió de los peligros que corría su hijo. La indiferencia es soberbia.

La indiferencia se disfraza de “no te metas” y a veces les remuerde la conciencia a algunos cuando pasa algo. Pero ese efecto pasa pronto. Porque comienza el desenfreno de cubrirse las espaldas entre los responsables. Y, ahí sí, los empleados judiciales se movilizan rapidito. Y los medios de comunicación pasan horas discutiendo en vacío qué se pudo hacer y no se hizo, pero a ninguno se le ocurre revisar y cambiar una coma en sus rutinas. En prevenir el próximo caso. Cruzando los dedos para que pronto se hable de otro tema. La indiferencia mata.

Lucio, Ángel y muchos de los otros chicos a quienes se les arrancó su vida eran parte de un legajo; tenían familiares, maestros, asistentes sociales, asesores de menores y jueces que se suponía debían cuidar sus vidas presentes y futuras. Pero sus expedientes se amontonaron en los juzgados, como tantos otros.

A ellos se les quitó lo más sagrado: la vida. A los otros chicos –y a sus familiares– a veces sólo se les arranca la infancia.

Licenciada en Sociología