Manzana Jesuítica. La iglesia más antigua de Argentina y mucho más
La degradación del espacio público, el descuido y la falta de apropiación ciudadana contrastan con el valor simbólico y cultural que este sitio representa a nivel mundial. La Manzana Jesuítica no es pasado: es identidad, es presente y puede ser futuro.
La ciudad de Córdoba fue fundada en 1573, nunca está de más recordarlo. En 1589 llegaron los jesuitas, y apenas 10 años después el Cabildo puso en marcha la primera planificación urbana, tal como lo había solicitado su fundador, Jerónimo Luis de Cabrera.
Ese trazado –una cuadrícula con dos ejes principales– se mantuvo prácticamente intacto durante tres siglos. En 1599 la ciudad quedó dividida en cuatro sectores, asignados a distintas órdenes religiosas.
A los mercedarios les correspondió una zona que hoy concentra buena parte de la actividad bancaria. A los dominicos, el sector noroeste, de perfil más comercial. A los franciscanos, el cuadrante donde aún se encuentra su iglesia, con los restos de los fundadores. Y el sector restante fue para los jesuitas: el espacio de las escuelas, el teatro y la universidad. Nada parece haber sido casual.
La Plaza Mayor, por su parte, se reservó para las instituciones de gobierno: el Cabildo, la futura Catedral y el primer mercado.
Hacia 1600 se levantó la primera capilla en el lugar donde hoy se encuentra el patio del Rectorado histórico de la Universidad Nacional de Córdoba. A mediados de ese siglo comenzó la construcción de la Iglesia de la Compañía de Jesús, consagrada en 1671, considerada la más antigua del actual territorio argentino.

Córdoba permaneció durante siglos dentro de los límites del llamado “rondín”, una delimitación que ordenaba la vida urbana.
Sus bordes coinciden, en gran parte, con calles que aún hoy estructuran el centro: las actuales calles Santa Rosa y Lima por el norte; Santiago del Estero y Paraná por el este; Bv San Juan y Arturo Illia por el sur, y el eje Bolívar y Jujuy por el oeste.
Así lo quiso el fundador, como decía el historiador Efraín Urbano Bischoff, a quien recuerdo especialmente por las conversaciones que tuvimos y que tanto aportaron a mi mirada sobre la ciudad.
Instituciones históricas
En este mismo sector se desarrollaron instituciones clave: el Colegio Máximo de los Jesuitas en 1610 y la Universidad en 1613. Hubo momentos de incertidumbre –incluso se evaluó trasladar el colegio a Chile–, pero la intervención de Fernando Trejo y Sanabria resultó decisiva.
Con recursos propios, aseguró la continuidad del proyecto educativo en Córdoba. Su pedido fue simple: descansar en la iglesia de la universidad.
Luego se acondicionaron capillas de gran importancia histórica: la de los españoles, con sus revestimientos en mármol; la notable “capilla doméstica”, con sus pinturas barrocas, y la que se transformó en el Salón de Grados de la Universidad, escenario de la Reforma Universitaria de Córdoba de 1918.
La presencia jesuítica se interrumpió en 1767, cuando por orden del rey Carlos III de España fueron expulsados de América. Las razones nunca quedaron del todo claras, aunque es posible que su influencia y pensamiento generaran tensiones con el poder monárquico. Lamentablemente también se trasladó a Buenos Aires la primera imprenta de Sudamérica, que funcionaba en el Colegio Monserrat.
Qué hacer con el legado
En el siglo XIX, nuevas instituciones reforzaron el perfil académico. Gracias al gran Sarmiento se crearon la Academia Nacional de Ciencias en 1869 y la Facultad de Ciencias Exactas en 1876.
A fines de ese siglo se inauguró el teatro San Martín, diseñado por el arquitecto Francesco Tamburini, con inspiración en la Ópera de París. Se trata de una obra singular que aún conserva su maquinaria escénica original en funcionamiento, única en el mundo.
Muy cerca, la escuela Olmos –construida entre 1906 y 1909– tuvo luego un destino diferente al previsto. Tras el terremoto de Caucete de 1977 fue abandonada por problemas estructurales, y en los años 1990 se reconvirtió en un espacio comercial.
Es importante recordar el paso del sacerdote jesuita Jorge Bergoglio, quién vivió en la residencia contigua a la iglesia varios años, y luego sería el papa Francisco. Desde 2000 la Manzana Jesuítica es Patrimonio de la Humanidad Unesco, un reconocimiento que habla tanto de su historia como de su significado.
Y sin embargo, la pregunta es incómoda: ¿estamos a la altura de ese legado?
Quienes transitan a diario por sus calles muchas veces no perciben que caminan sobre siglos de historia. La degradación del espacio público, el descuido y la falta de apropiación ciudadana contrastan con el valor simbólico y cultural que este sitio representa a nivel mundial. Córdoba no sólo tiene historia. Tiene un activo estratégico. La Manzana Jesuítica no es pasado: es identidad, es presente y puede ser futuro.
Pero eso exige algo más que reconocimiento: exige decisión. Allí nació, en gran parte, lo que hoy somos.
Exdirector del Área Central de la ciudad de Córdoba (2015–2019)



